sábado, 27 de abril de 2013

Día del libro ¿y de la literatura?

Cuentan que el gremio de los libreros se da por satisfecho con las ventas de la semana del día del libro. Con malsana curiosidad busco las listas de lo más vendido. Según GfK, durante el pasado mes de marzo, las ventas de “literatura de ficción” en España estuvieron representadas por:

1. EL MAESTRO DEL PRADO. Javier Sierra (PLANETA)
2. LA REINA DESCALZA. Ildefonso Falcones (GRIJALBO)
3. CINCUENTA SOMBRAS DE GREY (CINCUENTA SOMBRAS I) E.L. James (GRIJALBO)
4. CINCUENTA SOMBRAS MÁS OSCURAS. (CINCUENTA SOMBRAS II) E.L. Janes (GRIJALBO)
5. CINCUENTA SOMBRAS LIBERADAS (CINCUENTA SOMBRAS III) E.L. James (GRIJALBO)
6. EL CUMPLEAÑOS SECRETO. Kate Morton (SUMA DE LETRAS)
7. BRÚJULAS QUE BUSCAN SONRISAS PERDIDAS. Albert Espinosa (GRIJALBO)
8. TRILOGÍA CINCUENTA SOMBRAS (ESTUCHE). E.L. James (GRIJALBO)
9. TIEMPO DE CENIZAS. Jorge Molist (TEMAS DE HOY)
10. EL TANGO DE LA GUARDIA VIEJA. Arturo Pérez Reverte (ALFAGUARA)

¿Alguna apostilla? En fin, cualquier comentario estaría de más, a excepción de mis felicitaciones a Grijalbo, editorial que debería recibir, como mínimo, el Príncipe de Asturias por su denodado esfuerzo por mejorar el horizonte intelectual de los españolitos. Por su parte, la no ficción, aunque con números menos escandalosos podría hacernos pensar que no todo está perdido. Vean lo más vendido en el mismo período, también según GfK:

1. LADIES OF SPAIN: SOFIA, ELENEA, CRISTINA Y LETICIA ENTRE EL DEBER Y EL AMOR. Andrew Morton (LA ESFERA DE LOS LIBROS)
2. NADIE ES MÁS QUE NADIE. Miguel Ángel Revilla (ESPASA-CALPE)
3. TODO LO QUE ERA SÓLIDO. Antonio Muñoz Molina (SEIX BARRAL)
4. CINCUENTA SOMBRAS DE GREGORIO. Rosella Calabro (PLANETA)
5. EL ARTE DE NO AMARGARSE LA VIDA. Rafael Santandreu Lorite (ONIRO)
6. PAPA FRANCISCO: CONVERSACIONES CON JORGE BERGO. Sergio Rubín / Francesca Ambrogetti
7. LA MAGIA. Rhonda Byrne (URANO)
8. UNA MOCHILA PARA EL UNIVERSO. Elsa Punset (DESTINO)
9. ENRIQUE PONCE, UN TORERO PARA LA HISTORIA. Enrique Ponce / Andrés Amorós (LA ESFERA DE LOS LIBROS)
10. SOBRE EL CIELO Y LA TIERRA. Papa Francisco / A. Skorka (DEBATE)

Ciertamente la lista se nos presenta como una broma de dudoso gusto ¿verdad? Así pues parece probado que tesis catastrofistas como las de Lars Iyer en absoluto andarían desencaminadas. Vulgarizando la tesis (a juego con el zumo intelectual de lo más vendido), podríamos decir que en términos de difusión cultural una librería no aventajaría ni en un solo centímetro a una carnicería o a una frutería.

Creo que Sánchez Piñol o Albert Espinosa han escalado posiciones esta semana ayudados por la afilada espada de San Jordi. Por cierto, esta mañana oía en la Cadena SER una entrevista a Albert Espinosa en la que, entre otras perlas literarias, decía que sus novelas surgen de la imaginación de un final, a partir del cual reconstruía toda una historia, supongo –eso lo digo yo- que con dosis parecidas de autoayuda ramplona y lagrimeo a espuertas. Solo nos falta Paulo Coelho para completar la fiesta del libro. Ciertamente, empiezo a pensar que no son mala cosa para nuestra salud mental los raquíticos datos estadísticos que describen nuestras costumbres lectoras. De esta forma, los únicos que parecen leer algo de interés, aunque solo sea el diccionario de sinónimos, son los asesores gubernamentales que nos enseñan que el paro es ahora un reajuste de la competitividad, o que la desvinculación del IPC para actualizar las pensiones no es otra cosa que una desindexación de la previsión social. La dramática situación de dos millones de hogares (según nos decía la EPA del primer trimestre) nos impide reír la gracieta.

En fin, para contrarrestar el “top ten”, les traigo hoy un par de muestras de lo que todavía es literatura; y tal vez por eso, se trata de títulos que nunca aparecieron en las listas de lo más vendido.



Autor: I. Svevo
Título: La conciencia de Zeno
Impresión: 9,0

Se ha dicho del autor triestino que escribía con sonoridades similares a las de Joyce o Kafka. De hecho, Joyce y Svevo fueron mutuamente mentores, uno del otro, en sus respectivos círculos. Creo que se acerca más a la literatura centroeuropea de Zweig, de Musil, o de Joseph Roth, pues como ellos, Svevo se inclina por moverse y describir una sociedad provinciana anclada en el siglo XIX y que hace aguas en las primeras décadas del XX.

Su narrativa es también de corte clásico, aunque no la temática, huyendo de la disonante experimentación orquestal de Joyce o del retorcido universo del escritor checo. El volumen, publicado prácticamente al mismo tiempo que veía la luz el Ulises, es la obra de madurez de un Svevo que todavía no había sido reconocido fuera de su ciudad, de Trieste. Y allí se desarrolla la novela, inmediatamente antes de iniciarse la primera guerra mundial, cuando la adormecida ciudad fronteriza todavía pertenecía al imperio austrohúngaro.

Zeno es un comerciante acomodado que, ya casi anciano, decide psicoanalizarse para tratar de alejarse del tabaco. Con el fin de hacer aflorar su inconsciente, el terapeuta le recomienda que escriba sobre su vida y Zeno decide recrear con detalle y delectación unos pocos capítulos: la muerte de su padre (el mejor pasaje del volumen), el rocambolesco compromiso con su futura esposa, las andanzas con su primera amante y, por fin, las relaciones de negocios establecidas con su cuñado, terminando, en la última parte, repudiando el tratamiento psicoanalítico y la veracidad de su propio manuscrito, al darse cuenta de que al recordar se reconstruye, y de que uno solo escribe sobre lo que le habría gustado haber sido. Ese es, ciertamente, el enorme mérito de la obra de Svevo, haber recreado como nadie la figura del burgués moderno, a la vez multidimensional y espantajo, autoconsciente y engreído, pero también alienado por una sociedad tan vacua como su fe en el futuro. Esa alienación es la que nos hace vivir de esperanzas vanas, de pecados blanqueados o de rutinas absurdas a las que solo con una lente extremadamente deformada encontramos sentido.

«Yo había acariciado ya la esperanza de poder vivir de nuevo un día de inocencia y de ingenuidad. Durante meses y meses esta esperanza me sostuvo y me animó. ¿Acaso no se trataba de conseguir con el recuerdo vivo las rosas de mayo en pleno invierno?»

En el debe de la obra tal vez pueda apuntarse que en determinados momentos Svevo utiliza demasiadas y prolijas explicaciones para representar un estado de ánimo o para justificar una determinada forma de actuar, es decir, que necesita atar todos los cabos, dejando poco espacio a la actividad recreadora del lector. Es posible, pero casi un siglo después de su publicación, su lectura todavía sigue estando tan vigente como entonces. – (Enero 2012)



Autor: R. Musil
Título: Las tribulaciones del estudiante Törless
Impresión: 8,8

Musil es uno de los mejores exponentes de esa literatura centroeuropea de entre guerras que tantas obras memorables nos han dejado. Las tribulaciones del estudiante Törless es una obra temprana (1906) de tintes autobiográficos. No es, desde luego, comparable a su obra inacabada, El hombre sin atributos, pero nos encontramos con una de las mejores narraciones de aprendizaje o de madurez que se hayan escrito. De hecho en ocasiones se la ha situado junto a novelas como La ciudad y los perros, de Vargas Llosa o Sidharta, de Herman Hesse, aunque solo tiene en común con ellas la temática, pues la profundidad y complejidad del tratamiento de la obra de Musil hace inútiles las comparaciones.

Törless realiza sus estudios de enseñanza media en un internado para chicos procedentes de clases medias y altas. Su sensibilidad sin encauzar le llevará a una concepción particular del sexo iniciático, de la ciencia, de la filosofía, del arte y, sobre todo, de la ética. Amigo de dos compañeros soberbios y dados a la violencia, un día descubren que otro estudiante, Basini, un chico atractivo, débil y poco sobresaliente, ha robado dinero. Cuando sus amigos deciden explotar la situación mediante chantajes para vejar física y sexualmente a Basini, las concepciones del protagonista, con bases morales e intelectuales todavía muy débiles, comenzarán a chirriar. A ello se añade una tensión sexual abrupta, sin cauces definidos que contribuirán a torturar la endeble conciencia del adolescente.

La narrativa de Musil se adapta con naturalidad a la sinuosa turbulencia informe de la conciencia juvenil, con largos párrafos digresivos y turbios que unas veces ensalzan y otras mortifican y denuncian una realidad interpretada con unos ejes tan endebles como efímeros. El autor andaba por la veintena cuando publicó esta primera novela y la madurez que demuestra a la hora de trasladar al lector la oscuridad del internado en el que se van consolidando las conciencias adolescentes, es encomiable. – (Mayo 2012)

sábado, 20 de abril de 2013

Líneas rojas

Al hilo de una reseña de Magma, la primera novela de una trilogía escrita por el filósofo Lars Iyer (editada y traducida al castellano recientemente por Pálido fuego, un experimento editorial arriesgado de José Luis Amores) leía hace unos días en Revista de Letras un estimulante artículo firmado por Elisa Rodríguez Court en el que volvía a plantearse por enésima vez el papel de la literatura, su más que anunciada muerte por un mercado del espectáculo (la alusión a Vargas Llosa es obvia, pero también a Vila-Matas o a Félix de Azúa) que en su ansia de engordar y de acaparar cualquier espacio que todavía pudiera quedar relativamente limpio, se comió a la gallina pero aprendió a clonar los huevos de oro. Iyer ya había expuesto su tesis a modo de ensayo, pero ahora se atreve a relatarla y a ponerla en boca de dos escritores mediocres y frustrados.

El problema suele plantearse desde la perspectiva del escritor. Si la obra literaria, como cualquier otro producto expuesto al mercado, se valora en función de las ventas y del beneficio que estas producen, desaparece la posibilidad de la singularidad, de lo no vendible, de lo no sujeto a la réplica del molde. Kafka, Musil, Beckett o Joyce serían hoy, sin ninguna duda, unos muertos de hambre sin esperanza de ser redimidos. El mercado, en su misión homogeneizadora (todos somos iguales si tenemos dineritos) ha pulverizado todos los límites inimaginables hace algunas décadas. Ahora que celebramos ritualmente el día del libro acérquense a una librería y fíjense en qué hay allí dentro que podamos llamar literatura.

Pero el problema no está en el que escribe. Después de todo, siguiendo la doctrina divina, este solo ¿crea? Lo que pueda ser consumido. Lo que se consume desaparece, pues solo ese es su valor; vayan al diccionario de la RAE y comprueben también esa acepción. Porque en efecto, el consumo nos consume como lectores. Nuestra capacidad lectora es consumidora, engullidora de tramas intercambiables y vacuas, vaciadas de cualquier contenido de lo que en otro tiempo pudimos llamar creación literaria. Lars Iyer lo tiene claro y por eso se limita a insuflar un aliento efímero a sus dos personajes para boquear lamentos sobre lo que podía haber sido. Kafka existió (incluso en su condición de mito) porque, aunque remotas, se dieron algunas condiciones que lo permitieron. Esas condiciones se han enladrillado ahora hasta el último resquicio. No es que no haya escritores, es que no hay lectores. Nos hemos reconvertido en masturbadores de Grey, en voyeurs que nos solazamos en que nos repitan una y mil veces la misma historia, en intercambiables clones de contraportada.

Por eso les propongo hoy un par de lecturas que se salen de lo corriente. La primera, la de Walser, escrita hace más de un siglo, le da la vuelta al cuento como si de un calcetín se tratase y nos devuelve al principio, al relato sin cauce previo. Por su parte, Frisch, un magnífico autor con cierto reconocimiento allá por los años setenta, nos propone una parábola cuya ironía mantiene hoy toda su ácida vigencia.



Autor: R. Walser
Título: Jacob von Gunten
Impresión: 7,9

Robert Walser fue un autor centroeuropeo poco conocido por estos lares hasta que lo redescubrieron escritores como Vila-Matas no hace muchos años. Sin embargo, según parece, influyó y deleitó a nombres ahora tan consagrados como Kafka, Canetti o Walter Benjamin. Y, efectivamente, su obra es, como mínimo, tan personal y desapacible como la de esos escritores.

Jacob von Gunten data de 1909 y es una de sus primeras obras publicadas y, tal vez, con la que hoy más se le reconozca. Se la suele encasillar en la novela, aunque como el resto de su producción, es poco clasificable y mucho menos reseñable. El argumento, de tintes claramente biográficos, es tan sencillo como original: Un joven de buena familia huye de su casa e ingresa en el Instituto Benjamenta, que se dedica a adiestrar a adolescentes sobre el noble arte de la servidumbre. Así comienza el relato:

«Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada; es decir, que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada. La enseñanza que nos imparten consiste básicamente en inculcarnos paciencia y obediencia, dos cualidades que prometen escaso o ningún éxito.»

Así expuesto, parecería que hablamos de un relato de aprendizaje, subgénero que proliferó en la Europa central de la época, pero si alguna relación existe –en todo caso indirecta- habría que hablar de “desaprendizaje”, pues lo que Walser muestra en una de las primeras capas semánticas del volumen, es exactamente lo contrario a los rasgos que suelen desarrollarse en la adolescencia: autoestima, independencia o capacidad de decisión. El futuro que les espera a los alumnos es distinto:

«Pero de algo estoy seguro: el día de mañana seré un encantador cero a la izquierda, redondo como una bola. De viejo me veré obligado a servir a jóvenes palurdos jactanciosos y maleducados, o bien pediré limosna, o sucumbiré.»

A partir de aquí, la práctica totalidad de la novela se destina a describir el instituto, a sus directores y a sus compañeros. Y es esta, la descripción, lo más interesante del volumen, porque el narrador se deja llevar por una especie de tranquila indiferencia que en ocasiones conduce a descripciones tan realistas como opresivas, y que otras veces acompaña al lector hacia terrenos informes, extasiados y oníricos igual de opresivos, aunque mucho más desasosegantes.

Las interpretaciones que se han hecho de la obra son muchas. Por una vez me quedaré con la contraportada, que nos califica el volumen como un cuento clásico relatado al revés, con princesa incluida y que se inicia con un final feliz que desciende vertiginosamente hasta su oscuro preludio. Creo que sería algo parecido a eso, aunque tal vez no tenga mayor relevancia. La obra sobresale por su original textura y por la verosimilitud de la angustia con la que Walser, según nos transmite, asumía los espacios más comunes. – (Octubre 2012)



Autor: M. Frisch
Título: No soy Stiller
Impresión: 7,6

Un turista norteamericano viaja por Europa procedente de México. Tras un malentendido con otro viajero cuando se dirigía a Suiza, es detenido en la frontera, acusado de tener pasaporte falso y de ser realmente Anatole Stiller, ciudadano suizo desaparecido unos años atrás. En la prisión reivindicará con denuedo y persistencia su identidad americana, por lo que el abogado al que han designado su defensa le pide que escriba “su verdad” en unos cuadernos.

La novela (primer éxito narrativo de Frisch) se publicó en 1954, cuando la memoria de la guerra era todavía reciente y está constituida por las reflexiones y memorias que el protagonista plasmó en esos cuadernos. Aunque durante los años sesenta y setenta Frisch fue más conocido por su Homo faber (publicada tres años después), no cabe duda de que esta primera entrega es, como ficción literaria más sólida y consistente. Se trata de una metáfora sobre la identidad, pero no en sentido abstracto, sino vista desde ópticas tan cercanas y heterogéneas como la identidad nacional, la identidad del individuo en una sociedad capitalista, o percibida desde una perspectiva temporal, es decir, desde la identidad como acumulación de un pasado que nos determina y nos pesa a tal punto que sólo percibimos la angustia que nos alimenta, la náusea existencial que desarrolló Sartre.

«Otra vez esa sensación conocida, tener que volar, porque me encuentro en el alfeizar de la ventana, en una casa en llamas, y no queda otra salvación que de pronto saber volar. Y al mismo tiempo la certidumbre: No sirve de nada echarse a la calle, el suicidio es una ilusión. Eso significa tener que volar confiado en que el vacío me sostendrá, es decir, un salto sin llevar alas, un salto en la nada, una vida jamás vivida, la culpabilidad por omisión, el vacío en tanto que única realidad que me pertenece, que me puede sostener.»

Pero la identidad también se forja junto o frente a la pareja, en la relación con el trabajo o en la gestión del futuro entendido como vacua esperanza o como desencantado proyecto. Sin embargo, la novela no es un tenebroso ladrillo dramático, pues el autor se pierde con frecuencia en microhistorias digresivas, muchas de ellas ágiles y divertidas. De hecho, si bien los años transcurridos pueden haber hecho perder cierta frescura al sustrato argumental, Frisch se nos muestra aquí como un excelente narrador, por lo que los cuentos (sueños, desvaríos o historias inventadas sobre la marcha) conservan su color original. – (Enero 2011)

domingo, 14 de abril de 2013

Almas cándidas

Sí, todavía puede ser peor. Si no teníamos bastante con las actuaciones del Gobierno español durante los últimos meses, cada vez más alejadas de la realidad del país que dicen gobernar, ahora la desvergüenza supera la caricatura más valleinclanesca. Tras desechar la iniciativa popular que pretendía proteger a los desahuciados que diariamente pierden su primera vivienda, el único techo que tienen para seguir malviviendo, tildan de “nazismo puro” las protestas callejeras ante los domicilios de algunos de los mangantes que permitieron que el año pasado 30.000 familias perdieran el único techo que tenían.

Y es que Margaret Thatcher tenía razón, y por eso hemos de ponerle su nombre a una calle en Madrid. Un país está hecho de individuos; el tejido social es una quimera. Aquí no lo llamamos quimera. Aquí, la señora Cospedal califica de nazis las manifestaciones sociales más espontáneas. ¡Ay Lolita, con lo que prometías allá en el pueblo! Los lloriqueos de algunos correligionarios pensando en el niño de la Vicepresidenta, pobrecito, qué culpa tendrá esa alma cándida, son la traca final. ¿Cuántas almas cándidas habrá entre esas 30.000 familias, algunas de las cuales pagarán además una multa por gritar su desesperación en la calle, a 300 metros de la casa de algún político de alma cándida?

Bien, ya que por aquí los brotes verdes de una sociedad oxigenada parecen enladrillados, me alejo a La India, donde los mangantes son aproximadamente los mismos, multinacionales de todo pelo y condición, y transcribo la noticia que el boletín de Médicos sin fronteras ofrecía hace unos días.


El pasado lunes 1 de abril, nos llegó una buena noticia desde India.

El tribunal supremo de ese país decidió rechazar la demanda de la farmacéutica suiza Novartis para que se cambiase la ley de patentes.

Ha sido una larga batalla desde que, en 2007, Novartis trató de que se patentara un medicamento contra el cáncer ya conocido en ese país.

Ante el rechazo de su petición, la empresa presentó una demanda para que la ley india se cambiase para obstaculizar la producción de genéricos.


¿Quiénes son aquí los nazis, Lolita? En fin, volvamos a los libros. Hablando de farmacéuticas, lo primero que se nos viene a la cabeza es la novela de denuncia que John Le Carré escribiera hace unos años. Y de propina, si de venenos hablamos, les traigo también una novelita amable (muy sobrevalorada entre los reseñistas profesionales) que leí hace unas semanas.



Autor: J. Le Carré
Título: El jardinero fiel
Impresión: 6,1

Una joven blanca bien situada, activista en favor de los derechos de los pueblos africanos es asesinada junto a un apuesto médico cooperante negro cuando juntos investigaban los efectos no deseados de un fármaco antituberculoso que se estaba probando con cobayas humanas en Kenia. Su marido, un anodino diplomático inglés de mediana edad y con una carrera profesional siempre mediocre y ahora descendente, nunca se entrometió, ni siquiera conoció, el fondo de sus actividades. Tras el crimen, el diplomático se decidirá a investigar la muerte por su cuenta, en vista de la actitud más bien pasiva de las autoridades. Su interés inicial es redescubrir y hacer pervivir la obra de su mujer, descubriendo poco a poco todo un entramado político y empresarial que utiliza a África como estercolero del mundo rico.

El autor, muy experimentado en novelas de espionaje, utiliza en esta ocasión la industria farmacéutica como motor de oscuros entramados y turbias intrigas. Como es habitual, cuida especialmente el tratamiento de los personajes y la verosimilitud de sus relaciones. No obstante, en esta ocasión se excede en el barniz ético que les da color, con un trasfondo algo maniqueo, añorándose a veces el necesario y complejo entramado que justifica y explica formas de ser y de hacer, incluidas las más abyectas, como ocurría, por ejemplo, en su magnífico y ya clásico “El espía que surgió del frío”. Por lo demás, el tratamiento literario es lineal y excesivamente mecánico, con recursos de enganche no demasiado limpios, a excepción, ya digo, de la construcción de los personajes, mucho más reales y frescos que lo que solemos encontrar en el género. En fin, una novela con oficio que mantiene algunos ecos del mejor Le Carré, pero en la que las argucias del best seller sustituyen a menudo una elaboración de mayor complejidad y compromiso literario. - (Septiembre 2008)



Autor: A. Paasilinna
Título: La dulce envenenadora
Impresión: 5,8

Arto Paasilinna es otro de los nórdicos que nos han llegado a racimos durante los últimos años, pero poco tiene que ver con el tan difundido relato policial. Es este mi primer acercamiento a su obra y, aunque dicen de él que una de sus constantes es el ecologismo, este título debe ser una excepción, pues el hermoso bosque finlandés aparece solo como un idílico escenario paródico que contrasta con la brutalidad de los que lo pisotean.

La protagonista es una anciana viuda de militar que se traslada desde Helsinki a una pequeña casa de campo. Ese inicio de cuento infantil choca pronto con las visitas que tres maleantes, encabezados por su sobrino, hacen a la anciana una vez al mes, para robarle su pensión una vez se han hartado de destruir, corromper y vejar. En otro golpe de efecto, la protagonista escapa y se instala con un antiguo amigo, un médico que la acogerá con todo el cariño de un anciano de postal mientras ella comienza a experimentar con venenos, para poder quitarse la vida a voluntad, cuando vuelvan a sucederle acontecimientos como los que la alejaron de su casa. Los tres vándalos no se han olvidado de ella y, tras obligarla a firmar un testamento bajo coacción, decidirán eliminarla. Otro cambio de registro; esta vez para acompañar a la anciana en una serie de aventuras que, aunque rondando siempre el asesinato, se nos cuentan con la sencilla facilidad de la ingenuidad senil, incluso con cierto humor irónico que nos instala en una sonrisa a veces amarga, pero alejada de la truculencia de las situaciones que relata.

Paasilinna nos entrega una historia sin dobleces, con un argumento directo y llano, alejado de digresiones o de sesudos análisis de personalidades tortuosas. Este es, sin duda, su principal acierto, pero también su defecto, porque el lector se encontrará con unos cuantos personajes esquemáticos, modelados lo justo para que puedan correr unos tras otros y aguantar las peripecias (de todo punto de vista imposibles, exageradas y alejadas de cualquier recreación de la realidad) que el autor va desgranando con fluidez, sin importarle en absoluto su verosimilitud.

La propuesta de Paasilinna es interesante en lo que atañe a los cambios de ritmo y de recursos que sostienen la narración. De este modo, en pocas páginas pasamos de la descripción idílica de la casita a otra descripción, esta vez la de las vejaciones del sobrino y sus colegas, y de ahí a un tratamiento humorístico de las escenas en las que los delincuentes pretenden hacer efectivo el testamento. Sin embargo, a pesar de las críticas favorables que había leído, el resultado es un relato entretenido, sí, pero superficial, con personajes a medio construir e infantil en muchas ocasiones. En todo caso, se trata de un entretenimiento elaborado con cierto gusto narrativo. – (Marzo 2013)

martes, 2 de abril de 2013

Primeras impresiones

Estoy leyendo simultáneamente dos volúmenes de ficción de autores más que reconocidos en los últimos años. Por una parte, las reseñas que la crítica viene realizando sobre la obra del chileno Alejandro Zambra son más o menos unánimes y tentadoras, aunque tras alcanzar aproximadamente la mitad del libro, le sobre, a mi juicio, algo de artificio retórico. En cualquier caso, su literatura es en la forma aterciopelada y absorbente, pero corrosiva y poco indulgente con la historia reciente de su país. Por eso, en Formas de volver a casa, se decide a matar a ese padre moralmente dubitativo y culpable. Ya les contaré.

Por otra parte, siguiendo mi fascinación por la literatura errante de un puñado de los escritores judíos (creo que hace pocas semanas mencionaba una relectura de Herzog, ese volumen demoledor y apabullante de Saul Bellow) me he interesado por el ya archiconocido David Grossman. Hacía tiempo que, salvo un par de magníficos libros de Amos Oz, no leía nada de un narrador israelí, lo que me provocaba cierta prevención, no en sentido ideológico (de eso ya me había asegurado), sino porque no parecía fácil que en tan poco tiempo un país con una población más bien reducida produjera dos monstruos. Pues bien, otra vez me equivoqué. Grossman no es comparable a Oz en lo estilístico, pero sí en la calidad de su obra.

Digo todo esto porque en ambos casos es mi primer acercamiento a los dos narradores. En otras ocasiones, el primer contacto con un autor me ha generado expectativas que luego se han ido frustrando. Es lo que me ocurrió por ejemplo, con Philipe Claudel, de quien hoy traigo el que para mí es sin duda su relato más equilibrado e interesante. Las experiencias posteriores con otros dos de sus volúmenes fueron francamente decepcionantes, a pesar de los numerosos elogios de críticos y editores, pues el escritor francés pierde definitivamente el equilibrio y se decanta por una sensiblería blandurria poco edificante.

Tampoco supe digerir al indomable Bolaño en mi primer acercamiento que, por si acaso, se trataba del monumental 2666. Desde luego, como cabría esperar, la sensación inicial fue parecida a la de pasar junto a una apisonadora sin control, sensación absolutamente diferente a la que tuve con otras de sus obras. Y es que esa es una de las características de Bolaño, la imposibilidad de su encasillamiento.

En fin, aquí les dejo mi impresión sobre los dos volúmenes; eso sí, solicitando alguna indulgencia. Esto es lo que tienen los primeros escarceos, también en literatura.


 
Autor: R. Bolaño
Título: 2666
Impresión: 8,5

Lo que Bolaño nos propone es un largo viaje por diferentes paisajes. Se trata de una larguísima, monumental y muy ambiciosa novela póstuma compuesta de cinco relatos (que iban a publicarse en principio de forma independiente y que afortunadamente vieron la luz como “novela total”) y que tienen como única conexión el hilo desvaído del rastro de la sangre vieja y ancestral que dejan las violentas muertes inexplicadas de más de doscientas mujeres en Santa Teresa (remedo de Ciudad Juárez). Por su carácter póstumo es también relato inacabado, lo que supone que convivan, no siempre de manera estable, brillantes pasajes de la trama principal con abundantes intrahistorias secundarias, digresivas, circulares y recurrentes, que moldean un enorme e intrincado andamio, a veces inútil, a veces digresivo o retórico, pero siempre colosal y omniabarcador.

Con algún tiempo adicional concedido al autor, la sensación que nos queda es que, efectivamente, algo más depurada, podría haberse convertido en novela total, en referencia monumental del nuevo siglo, por la desestructurada integración de individuos, relaciones, situaciones o vidas circulares (de ahí su insistencia en el mito de Sísifo); novela que, a fin de cuentas, integra la brutalidad de las muertes en la cotidianeidad del magma vital, en la frontera miserable, salvaje y animal, manteniendo sin embargo un tono vitalista y débilmente esperanzado, aunque sea en el lejano escenario temporal del inexplicado título. Por cierto, tampoco aquí falta la ácida crítica a los circuitos literarios de consumo, en el primero de los relatos, en el que el hilo argumental se centra en la búsqueda de Archimboldi.

No sé como la historia literaria calificará al indomable Bolaño; yo me quedo, en este caso, especialmente con su literatura de frontera que vertebra la narrativa de dos siglos, o con la tenebrosa muerte de mujeres que suceden y se explican también por la frontera en la que las leyes se diluyen en una falla que produce detritus y muertos, pero que, justamente por eso, por encontrarse en la periferia de casi todo, hace posible ocasionalmente manifestaciones artísticas en estado puro.

¿Qué habría ocurrido si la novela se hubiera publicado en cinco partes? Sin duda habría perdido ese estigma de pesadez, de enorme masa informe y genial, de abrumadora narración mastodóntica, de dolorosa circularidad o de múltiples planos yuxtapuestos que dificultan y enriquecen la lectura: la frontera como falla, como promesa de regeneración, el absurdo determinismo de la muerte reiterada o la irónica caricatura de la mitomanía literaria son, a mi juicio, los tres ejes a partir de los cuales se genera el inimitable y fascinador universo Bolaño, y aquí se nos muestran los tres en estado puro. - (Noviembre 2005)



Autor: P. Claudel
Título: Almas grises
Impresión: 7,1

Sorprendente novela en la que el título resume, como en pocas, el contenido torturado, cruel, sensible, vergonzante y mísero de unas almas que sólo podían ser lo que son, opacas y grises.

En un invierno francés, húmedo y frío de la guerra del catorce, una pequeña ciudad junto al frente se empeña en vivir, con sus pequeñeces de cotidiano e insípido provincianismo. El autor, bajo una aparente trama inicial de investigación policial tras el asesinato de una niña, nos va mostrando distintos retratos sencillos de personajes provincianos, de almas que, aun pudiendo cometer atrocidades -y también heroicidades-, no son ni blancas ni negras, simplemente grises, descripción ésta que, por otra parte, podría calificar con poco margen de error a casi toda la especie humana.

Relato equilibrado que rehúye los golpes emocionalmente bajos utilizados con alguna frecuencia en este tipo de tramas. De hecho, salvo algunas recreaciones de postal de suvenir, el texto es más o menos limpio, estableciéndose una relación generalmente transparente y honesta con el lector. De este modo, como cuando se pela una cebolla, vamos descubriendo poco a poco las distintas capas de personajes que, en otras condiciones, podríamos haber sido cualquiera de nosotros. Y ya digo, se agradece especialmente la sencillez de la trama y el alejamiento de las lecciones moralizantes que tanto abundan ahora en los mercados eclesiásticos y en los librescos. - (Octubre 2006)

lunes, 25 de marzo de 2013

Relámpagos de la memoria

Acabo de terminar la última entrega de la trilogía biográfica de Jean Echenoz, Relámpagos, esta vez dedicada al científico Nicola Tesla, tras haber publicado con anterioridad dos volúmenes también biográficos, uno sobre Ravel (del que algo comenté en otro momento) y otro sobre el atleta Zátopek. No soy demasiado amigo de este tipo de lectura y, de hecho, mi impresión sobre la trilogía es más bien ambivalente. Sin embargo, Echenoz no es sospechoso de nada (me refiero a que no recurre al relato biográfico como si se tratase de un voyeur falto de inspiración), pues desde el principio se aprecia que lo que le entrega al lector es casi exclusivamente una obra de ficción. De este modo, los personajes reales se manosean y distorsionan hasta convertirlos en verdaderos protagonistas extraídos de la ficción. No he leído la segunda de las entregas de Echenoz, y como de la primera algo dije ya, para respetar el cuerpo aún caliente de Nikola Tesla (al que rebautiza para favorecer el encuentro con la ficción), me referiré a otros dos volúmenes que algún espacio comparten con la memoria. El primero, el de Buñuel, es puramente biográfico, aunque uno no encuentre en él lo que esperaba; al menos eso me ocurrió a mí. El segundo, también memorialístico, es de más reciente publicación y en él Jaume Cabré nos entrega un enjambre de memorias que, a modo de carta interminable, introduce temas de grueso calado. Recomendables los dos.



Autor: J. Cabré
Título: Yo confieso
Impresión: 7,6

 
He de decir, en primer lugar, que es la primera vez que me acerco a la obra de ficción del escritor catalán, aunque recuerdo haber leído algún ensayo suyo sobre la interpretación literaria que me pareció sugerente y atinado. Sí me habían llegado críticas favorables de su obra, interesándome especialmente Las voces del pamano, la recopilación de relatos Viaje de invierno (todavía no traducida al castellano) y su acercamiento a la música clásica a través de la similitud de las estructuras de algunas de sus novelas con otras tantas composiciones orquestales.

No puedo, por tanto, contextualizar la novela en el resto de su obra, lo cual es siempre una limitación no menor. Pues bien, obviando esta dificultad, lo que sorprende en primer lugar es la desmesura de la ambición con la que se planifica la obra; realizar un tratado sobre el mal, sea este lo que sea, pero el bagaje intelectual del autor (una de las facetas más atractivas de la publicación que se va destilando a lo largo de todo el relato), hace que olvide su intención inicial para decantarse por erigir un volumen a modo de catálogo –que se presta en mayor medida a la ficción literaria- en el que el mal se desvincula de contextos éticos, filosóficos, históricos o culturales y se expone en un álbum de fotos casi familiar, porque la mejor manera de transmitir su esencia es catalogar sus diferentes graduaciones a través de una selección fotográfica que podríamos encontrar en cualquier colección doméstica. Así, el manuscrito de las memorias (cuerpo central del volumen) se escribe -como brillante metáfora- en la parte de atrás de un bloque de folios en el que ya se había ensayado un texto teórico sobre el mal en nuestra cultura, anverso y reverso de la misma moneda.

El argumento no es fácilmente resumible, pero podría parecerse a esto: Un individuo culto escribe una larguísima carta urgente a su compañera (muerta hace pocos años) antes de que el incipiente Alzheimer imposibilite la tarea. La idea es estructurar la carta a modo de memorias, como si se tratara de una saga familiar (el volumen transcurre a lo largo de más de ochocientas páginas), pues la imponente presencia de su padre, anticuario y coleccionista de textos originales, se erigirá en figura central. Sin embargo, la enfermedad degenerativa ya empieza a mostrar algunos de sus síntomas iniciales, lo que permite al autor construir la novela con diferentes registros, intercalando con tino las voces narrativas y con una secuencia temporal que no solo intercambia épocas, escenas y personajes (desde la edad media hasta finales del siglo XX de forma aparentemente caótica, con una medalla y un valioso violín del XVIII como únicos nexos materiales), sino que ocasionalmente las mezcla en éxtasis oníricos que, sin duda, enriquecen la propuesta narrativa, magnífica en algunos de sus pasajes.

Cabré sabe que ha de marcar unas coordenadas mínimas que orienten al lector, para lo cual, en un catálogo plástico del mal, lo primero que hay que establecer son los límites del intervalo que permitirán construir una escala que lo someta a cierta razón ordenadora: el mal absoluto y el mal cotidiano, nimio y casi siempre inocuo. Para expresar el primero de los límites que conformarán la escala, el mal absoluto, Cabré acude a categorías históricas tan asumidas y trilladas como el holocausto nazi o los procesos inquisitoriales, lo que implica apoyarse necesariamente en escenas cuyo único valor es su truculencia explícita. Esto supone una primera decepción para el lector, que habría preferido un esfuerzo mayor de originalidad en la confección de ese orden escalar, aunque el tratamiento y algún golpe de efecto narrativo inesperado salva con discreción y oficio esta faceta de la trama argumental.

Ya digo que la estructura de la novela es tal vez su principal punto fuerte, pero su relación con la trama argumental se apoya en exceso (es esta su segunda y última debilidad) en recursos retóricos muy efectistas, pero que, al repetirse en demasía llegan a formar parte de esa estructura, evocando a veces el desagradable aroma del best seller.

En cualquier caso se trata de una novela bien escrita, bien planificada, con un relato contundente a la vez que adictivo y con una estructura encomiable. Muy recomendable. – (Septiembre 2012)





Autor: L. Buñuel
Título: Mi último suspiro, memorias de Luis Buñuel
Impresión: 7,2

Sí, estas memorias se convirtieron efectivamente en su último suspiro, pues se escribieron en 1982, un lustro después de dirigir su última película, sordo y casi ciego, apenas unos meses antes de morir. Con esta plácida y personal manera de vivirlo, así describía esos años finales:

‹‹El resto del tiempo, soledad, ensoñación, un vaso de agua o un café, el aperitivo dos veces al día, un recuerdo que me sorprende, una imagen que me visita, y luego una cosa lleva a la otra, y ya es de noche

Buñuel nació con el siglo, vivió la época dorada de La Residencia de estudiantes entre cafés madrileños y devaneos ultraístas, se fue a París y abrazó la estética surrealista (que nunca abandonaría por completo pese a ser expulsado del movimiento), vivió la guerra española en París como agente republicano teniendo ya en su haber un par de grandes y polémicas películas en las que colaboró entre otros Dalí, se exilió en Méjico, país en el que sin apenas medios ni dineros descubrió al mundo otra forma de hacer cine, volvió a España a principios de los sesenta estrenándose con Viridiana y, a caballo entre México, Francia y España, realizó sus últimas grandes creaciones, reconocidas incluso por los premios más netamente institucionalizados.

Las memorias pueden decepcionar a un lector que busque en ellas sus orígenes intelectuales o sus motivaciones artísticas. De hecho, eso me ocurrió durante las primeras cien páginas, hasta que uno decide dejarse llevar por su sinuoso relato. Lo que Buñuel nos propone no es un estudio biográfico ni un análisis crítico de su obra, sino una colección de fogonazos de la memoria, a veces caóticos y a veces sujetos a un mínimo orden temporal, pero siempre caprichosos, en los que la excentricidad, la anécdota y la digresión ocupan buena parte del volumen.

‹‹Mis errores y mis dudas forman parte de mí tanto como mis certidumbres.››

Así, dedica un capítulo al alcohol y al tabaco (Cómo no, inolvidable el Zeno fumador de Svevo), otro a sus filias y fobias personales y, en fin, entreverado entre todo ello, nos entrega unas cuantas perlas relacionadas con su manera de percibir –más atávica que intelectual- sus relaciones con la política, con el arte, con la ciencia o con la religión. Ateo confeso, estuvo sin embargo siempre atraído por la iconografía católica.

‹‹(…) ¿Y la ciencia? ¿No intenta por otros caminos [no religiosos] reducir el misterio que nos rodea? Quizá, pero la ciencia no me interesa. Me parece presuntuosa, analítica y superficial. Ignora el sueño, el azar, la risa, el sentimiento y la contradicción, cosas todas que me son preciosas. Un personaje de La Vía Láctea decía: "Mi odio a la ciencia y mi desprecio a la tecnología me acabarán conduciendo a esta absurda creencia en Dios".››

Además, aunque reconoce que no es lo suyo, los relatos están bien contados, con una lúcida socarronería aragonesa que nunca pudo ocultar y que hacen de sus memorias un volumen que perdurará en la memoria del lector, entre otras cosas por lo que suponen de desmitificación, no solo de su figura y de sus películas (algunas de las cuales despacha con un par de frases anodinas), sino de muchos intelectuales que marcaron la historia artística e intelectual del siglo XX. – (Septiembre 2012)

lunes, 18 de marzo de 2013

Benditos raros

Es toda una bendición seguir encontrando autores clásicos desconocidos que nos siguen maravillando. Hace ya tiempo que había leído diferentes críticas sobre la obra del irlandés Flann O’brien, que no es más que uno de los muchos seudónimos que utilizara el escritor Brian Nuall’in (recuérdense entre otros enamorados de los heterónimos al propio Pessoa), contemporáneo de Joyce (quien parece ser que fue admirador de una de sus primeras obras, En nadar-dos-pájaros) y de Beckett, pero hasta ahora no había tenido ocasión de acercarme a sus relatos fantásticos (tanto en cuanto a la experimentación argumental como a la propuesta puramente literaria, juguetona y desvergonzada).

Bien, me dejaré de tanto paréntesis para limitarme a agradecer la labor de editoriales como Nórdica, que nos están descubriendo talentos clásicos absolutamente desconocidos u olvidados. Acabo de terminar una de sus novelas más arriesgadas; tanto que nadie se atrevió a publicarla en vida del autor. Y es que me imagino a un editor de los años cuarenta o cincuenta del pasado siglo con un manuscrito como el de El tercer policía, tan divertido como inclasificable, y no me extraña en absoluto que fueran rechazando su edición, editorial tras editorial, incluso con la experiencia de literaturas tan arriesgadas como la del propio Joyce.

No romperé la costumbre de dejar reposar durante algún tiempo las lecturas más recientes, para que la distancia les proporcione alguna perspectiva. Por eso dejo descansar (merecido se lo tiene) al protagonista de la narración de O’Brien y busco entre los volúmenes a otros raros. El primero, claro, es G. K. Chesterton, pues los desvaríos argumentales de El tercer policía nos remiten en distintas ocasiones a las magníficas parodias que tanto gustaban al escritor londinense. Sigo buscando y encuentro otro volumen raro que leí hace un año y que, como le ocurre a O’Brien, ha ocultado a su autor durante muchos años, tal vez porque no se identificó con las corrientes más señaladas de la época en Latinoamérica, especialmente con el Boom. Ambas propuestas, la de Chesterton y la de Lebrero, muy diferentes entre sí, harán pasar un muy buen rato a los lectores desafectos al aburrido y tan manoseado realismo.



Autor: G. K. Chesterton
Título: El Napoleón de Notting Hill
Impresión: 7,7



Un personaje poco cuerdo, hacedor de chistes que nadie entiende y amante de un cierto romanticismo trasnochado y añejo, es proclamado rey de Inglaterra por las ilusorias virtudes del azar. Una de sus primeras decisiones consiste en dotar de autonomía, murallas, fueros o ejército a cada uno de los barrios londinenses. En uno de los más insignificantes, Notting Hill, otro loco romántico se levantará en armas contra toda la ciudad a causa de la disputa por unos terrenos sin valor.

Con esta inverosímil y caricaturesca trama, Chesterton juega con el lector a suplantar las creencias más enraizadas a través de paradojas y frases de cartel. Resultan especialmente vituperadas las nociones de modernidad, democracia, progreso y, sobre todo, las de imperialismo y pacifismo. Aunque ingeniosa, la obra (primera novela personal del autor) nos resulta ahora algo trillada y reiterativa en cuanto a la presentación del delirio y la locura de los enfrentamientos. Sus frases ampulosas –también ingeniosas- destilan cierta grandilocuencia artificial; y como botón de muestra:

«El género humano, al que muchos de mis lectores pertenecen, ha jugado desde siempre a juegos de niños y es probable que lo siga haciendo hasta el final (…).»

«Por separado, los hombres pueden parecer más o menos racionales cuando comen, duermen o urden algo. Pero la humanidad en su conjunto es veleidosa, mística, inconstante, encantadora.»

«Las antiguas repúblicas idealistas solían basar la democracia en la idea de que todos los hombres eran igualmente inteligentes. Créame, la democracia más saludable y duradera se basa en el hecho de que todos los hombres son igualmente idiotas.»

En fin, Chesterton en estado puro. Cierto es que en este volumen se muestra menos profundo y más ruidoso que en obras posteriores, pero ya nos enseña toda su incisiva acidez, deformando hasta destrozar, como quien no quiere la cosa, los agotados estilos narrativos del realismo decimonónico. Se trata de un autor al que hay que volver y releer periódicamente, aunque sólo sea por higiene mental y por cierto gusto literario, sobre todo porque todavía hoy asombra la modernidad de su propuesta, y no me refiero solo al planteamiento literario. – (Febrero 2009)



Autor: M. Lebrero
Título: La ciudad
Impresión: 7,2

Mario Lebrero fue un escritor uruguayo de los considerados “raros”, tanto por el paso inadvertido de su obra durante muchos años como por la vaguedad de sus influencias y la imposibilidad de adscribirlo a tendencias o corrientes literarias.

La ciudad fue escrita en 1970, a comienzos de su carrera y es la primera de las entregas de la llamada Trilogía involuntaria, que continuó años (y décadas) más tarde con París y El lugar. Son reconocibles las influencias de sus paisanos Onetti y, sobre todo, de los relatos del gran Felixberto Hernández, con quien comparte la peculiaridad de las relaciones con la realidad recreada. La ciudad es una propuesta que podríamos enmarcar en el surrealismo amable, novela en la que el lector tiene, en todo momento, la sensación de transitar por un sueño.

Un individuo sale de una casa (que no es suya, pero tampoco de nadie reconocible) en busca de un almacén en el que comprar algunas provisiones. En el trayecto se pierde y lo sorprende la noche, iniciándose así una serie de peripecias que el propio trayecto (el camino como argumento) va alejando de la realidad, sin por ello perder el sostén de una normalidad que en todo momento viene definida por un condicionante normativo y etéreo, pero siempre presente y omnímodo, materializado en los “reglamentos”. Muñoz Molina, prologuista del volumen, acude a lo evidente, a la permanente sensación de desasosiego onírico que emparenta el relato con la obra kafkiana, con algunos de sus cuentos metafóricos y, especialmente, con el castillo fascinador al que se dirige su agrimensor. La ciudad es solo una metáfora, un referente ordenador que tanto vale para referirse a Montevideo como para nombrar (solo existe lo que se nombra) a un grupo de casuchas mal dispuestas alrededor de una estación de servicio fantasmal e inútil.

El relato es sencillo y con las pretensiones justas, pero sus continuas imágenes metafóricas (que remiten al deseo, a la espera, al orden, a la pérdida o al regreso) consigue impregnar en la piel del lector cierto aroma desasosegante que perdura por algún tiempo, como ese recuerdo desvaído a la vez que persistente de algunos de los sueños más escurridizos. Claro está, el estilo de Lebrero es desnudo, casi mecánico, a juego con la realidad en blanco y negro por la que transita en primera persona su protagonista innominado. – (Marzo 2012)

lunes, 11 de marzo de 2013

Oculto Fraile

Oculto Fraile



Nos hemos enterado estos días de la muerte de Medardo Fraile, sin duda uno de los mejores cuentistas españoles del pasado siglo. Aunque recientemente ha sido reivindicado con tesón por algunos herederos ilustres, como Ángel Zapata (prologuista de su antología) o Héctor Tizón, además de la reiterada llamada de atención por parte de algunos coetáneos que tuvieron más suerte editorial, como Carmen Martín Gaite, pues bien, con todo eso, curiosamente Medardo Fraile ha sido más conocido durante los últimos años por un volumen de memorias mediocre que por su impresionante legado cuentístico. La cosa tiene explicación, no crean. En sus memorias Fraile soltaba la lengua y le hacía un traje a algunos compañeros de generación, antes de que emigrase a Escocia en 1964. Y claro, ya se sabe, el cotilleo es mucho más interesante que un buen cuento. Así nos va.


A modo de modesto homenaje Les dejo a continuación uno de sus relatos más difundidos, publicado en el volumen Cuentos de verdad, también de 1964, por el que obtendría el premio de la crítica del año siguiente. Aquí puede percibirse claramente la distancia estilística que ya le separaba entonces de su maestro y mentor, Ignacio Aldecoa, quien moriría de manera prematura solo cinco años después. Fraile se mostrará como un maestro que, frente al realismo seco y duro de las narraciones de mediados de siglo, apuntalará sus relatos en el detalle, en la atmósfera y en el sobreentendido. En este sentido está más cerca del cuento norteamericano de las décadas posteriores que del relato que en España se hacía por aquellos años. Espero que la publicidad de su muerte nos sirva para desenterrarlo, merece la pena.




Medardo Fraile


El álbum




Entraron aprisa en el café y se sentaron. La impaciencia les encendía los ojos al dejar el paquete sobre la mesa. Ella, apenas sentada, comenzó a abrirlo, mirando con amor, alternativamente, la cinta roja sobre el papel y el rostro de él con ligero orgullo protector y expectante.


-¿Qué van a tomar?


-Café con leche. ¿Y tú?


-Lo mismo.


En la mesa apareció con pastas de color azul marino, como el traje de los días señalados, el álbum de las chocolatinas. Era un gran día. Habían hablado de él como se habla de cuando llegará un niño. Aquel álbum representaba el tesón del novio en su niñez, que había reunido una estampita tras otra hasta cubrir todas las ventanillas sin paisaje de aquel libro difícil.


Sus compañeros de colegio -él lo recordaba- habían dejado en el álbum huecos de desamor y desidia. Y el álbum, ahora flamante sobre la mesa, mostraba la solicitud en el tiempo de un hombre cuidadoso, fiel toda su vida a sus más inocentes alegrías, al objeto de su ilusión más nimia. Para la novia, aquel álbum implicaba tesón y constancia. Tenían sobre la mesa el café con leche del amor humilde, pero tenían también dentro del libro las maravillas todas del Universo, y se pusieron a deshojarlas con lentitud amorosa, como si en ello les fuera su felicidad, el sí o el no.


-No: hoy "Las Mariposas", no -decía ella con tremendo gozo-. Hemos visto ya "Los Grandes Inventos".


Cada hoja les aproximaba, día tras día, un poco más. El día de "Las Mariposas", ella balanceó sus pestañas en el aire hacia un hombre joven que estaba enfrente sentado, y él-el novio- tuvo celos. Pero ella ni había mirado siquiera a aquel hombre: quería simplemente mariposear con sus finas pestañas. El día de "Las Aves Domésticas" proyectaron un canario naranja transparentándose en el hogar que tendrían, en la ventana con sol: "Mejor, blanco", insinuaba él. "No, tiene que ser naranja", decía resuelta ella, entornando los ojos como si le dañara el agridulce color del pájaro. En "Las Aves Exóticas" pusieron sobre el pelo de ella, suave, un sombrerito atrevido de vistosas plumas en una tarde con risa en el mundo, y champaña y "confeti". En "Flores para Regalo" él la obsequió con doce tulipanes para que no olvidara alguna cosa. Al llegar a "Animales Prehistóricos", tuvo ella miedo y se acercaron más. Él quiso continuar más días viendo "Los Animales Prehistóricos", pero ella se negó y entró en la hoja rutilante de"Las Piedras Preciosas". Ante "Las Piedras Preciosas" él anduvo receloso por sentimiento atávico. Veía en los ojos de ella cierta cortesana desfachatez, ciertas desmesuradas pretensiones, que le tuvieron en desazón toda la tarde y que interpuso entre ellos una pastosa frialdad anfibia. En "Las Algas" enredaron sus dedos, manos, brazos, miradas y palabras. Con "La Evolución del Automóvil" lo pasaron bien, dieron saltos y frenazos bamboleantes sobre sus sillas. Con "Las Fieras" se identificó ella de tal forma, que los ojos se le llenaron de instinto y él se encontró como un domador trágico que de un instante a otro podía perecer. Con "La Fauna del Mar" cruzaron una y otra vez por los ojos de él y de ella los peces cariñosos, perezosos, suaves, del amor, y estuvieron pasando toda la tarde mansa, humildemente. Al llegar a "Las Frutas", ella, con un rubor, posó su mano sobre las manzanas para que él no tuviera ningún pensamiento avanzado, para que no pensara como Adán.


Terminaron el álbum, y estaban tostados y palpitantes como después de un largo viaje. Era como si volvieran con los mismos recuerdos de una luna de miel respetuosa. Ella esperó todos los días -sobre todo el último- a que él dijera: "El álbum para ti, te lo regalo." Pero no lo hizo. Llenar aquel libro de cromos había sido la gracia de su niñez, le había proporcionado entrada de honor en todas las visitas. Y cogió su álbum y se lo guardó. Ella, de haberlo tenido, le habría devuelto su regalo en palabras llenas de entendimiento y colores, en experiencia del mundo, en primores de planta y honduras de mar. Pero así las tardes fueron enfriándose, se aburrían y hacían tos de las palabras rotas. Y un día ella -que se había enamorado de aquel álbum- le dijo adiós a él. Y él tendrá que sacarlo de nuevo en su vida, cuando llegue la hora, sin atreverse a regalarlo nunca.