Al hilo de una reseña de Magma, la primera novela de una trilogía escrita por el filósofo Lars Iyer (editada y traducida al castellano recientemente por Pálido fuego, un experimento editorial arriesgado de José Luis Amores) leía hace unos días en Revista de Letras un estimulante artículo firmado por Elisa Rodríguez Court en el que volvía a plantearse por enésima vez el papel de la literatura, su más que anunciada muerte por un mercado del espectáculo (la alusión a Vargas Llosa es obvia, pero también a Vila-Matas o a Félix de Azúa) que en su ansia de engordar y de acaparar cualquier espacio que todavía pudiera quedar relativamente limpio, se comió a la gallina pero aprendió a clonar los huevos de oro. Iyer ya había expuesto su tesis a modo de ensayo, pero ahora se atreve a relatarla y a ponerla en boca de dos escritores mediocres y frustrados.
El problema suele plantearse desde la perspectiva del escritor. Si la obra literaria, como cualquier otro producto expuesto al mercado, se valora en función de las ventas y del beneficio que estas producen, desaparece la posibilidad de la singularidad, de lo no vendible, de lo no sujeto a la réplica del molde. Kafka, Musil, Beckett o Joyce serían hoy, sin ninguna duda, unos muertos de hambre sin esperanza de ser redimidos. El mercado, en su misión homogeneizadora (todos somos iguales si tenemos dineritos) ha pulverizado todos los límites inimaginables hace algunas décadas. Ahora que celebramos ritualmente el día del libro acérquense a una librería y fíjense en qué hay allí dentro que podamos llamar literatura.
Pero el problema no está en el que escribe. Después de todo, siguiendo la doctrina divina, este solo ¿crea? Lo que pueda ser consumido. Lo que se consume desaparece, pues solo ese es su valor; vayan al diccionario de la RAE y comprueben también esa acepción. Porque en efecto, el consumo nos consume como lectores. Nuestra capacidad lectora es consumidora, engullidora de tramas intercambiables y vacuas, vaciadas de cualquier contenido de lo que en otro tiempo pudimos llamar creación literaria. Lars Iyer lo tiene claro y por eso se limita a insuflar un aliento efímero a sus dos personajes para boquear lamentos sobre lo que podía haber sido. Kafka existió (incluso en su condición de mito) porque, aunque remotas, se dieron algunas condiciones que lo permitieron. Esas condiciones se han enladrillado ahora hasta el último resquicio. No es que no haya escritores, es que no hay lectores. Nos hemos reconvertido en masturbadores de Grey, en voyeurs que nos solazamos en que nos repitan una y mil veces la misma historia, en intercambiables clones de contraportada.
Por eso les propongo hoy un par de lecturas que se salen de lo corriente. La primera, la de Walser, escrita hace más de un siglo, le da la vuelta al cuento como si de un calcetín se tratase y nos devuelve al principio, al relato sin cauce previo. Por su parte, Frisch, un magnífico autor con cierto reconocimiento allá por los años setenta, nos propone una parábola cuya ironía mantiene hoy toda su ácida vigencia.
Autor: R. Walser
Título: Jacob von Gunten
Impresión: 7,9
Robert Walser fue un autor centroeuropeo poco conocido por estos lares hasta que lo redescubrieron escritores como Vila-Matas no hace muchos años. Sin embargo, según parece, influyó y deleitó a nombres ahora tan consagrados como Kafka, Canetti o Walter Benjamin. Y, efectivamente, su obra es, como mínimo, tan personal y desapacible como la de esos escritores.
Jacob von Gunten data de 1909 y es una de sus primeras obras publicadas y, tal vez, con la que hoy más se le reconozca. Se la suele encasillar en la novela, aunque como el resto de su producción, es poco clasificable y mucho menos reseñable. El argumento, de tintes claramente biográficos, es tan sencillo como original: Un joven de buena familia huye de su casa e ingresa en el Instituto Benjamenta, que se dedica a adiestrar a adolescentes sobre el noble arte de la servidumbre. Así comienza el relato:
«Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada; es decir, que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada. La enseñanza que nos imparten consiste básicamente en inculcarnos paciencia y obediencia, dos cualidades que prometen escaso o ningún éxito.»
Así expuesto, parecería que hablamos de un relato de aprendizaje, subgénero que proliferó en la Europa central de la época, pero si alguna relación existe –en todo caso indirecta- habría que hablar de “desaprendizaje”, pues lo que Walser muestra en una de las primeras capas semánticas del volumen, es exactamente lo contrario a los rasgos que suelen desarrollarse en la adolescencia: autoestima, independencia o capacidad de decisión. El futuro que les espera a los alumnos es distinto:
«Pero de algo estoy seguro: el día de mañana seré un encantador cero a la izquierda, redondo como una bola. De viejo me veré obligado a servir a jóvenes palurdos jactanciosos y maleducados, o bien pediré limosna, o sucumbiré.»
A partir de aquí, la práctica totalidad de la novela se destina a describir el instituto, a sus directores y a sus compañeros. Y es esta, la descripción, lo más interesante del volumen, porque el narrador se deja llevar por una especie de tranquila indiferencia que en ocasiones conduce a descripciones tan realistas como opresivas, y que otras veces acompaña al lector hacia terrenos informes, extasiados y oníricos igual de opresivos, aunque mucho más desasosegantes.
Las interpretaciones que se han hecho de la obra son muchas. Por una vez me quedaré con la contraportada, que nos califica el volumen como un cuento clásico relatado al revés, con princesa incluida y que se inicia con un final feliz que desciende vertiginosamente hasta su oscuro preludio. Creo que sería algo parecido a eso, aunque tal vez no tenga mayor relevancia. La obra sobresale por su original textura y por la verosimilitud de la angustia con la que Walser, según nos transmite, asumía los espacios más comunes. – (Octubre 2012)
Autor: M. Frisch
Título: No soy Stiller
Impresión: 7,6
Un turista norteamericano viaja por Europa procedente de México. Tras un malentendido con otro viajero cuando se dirigía a Suiza, es detenido en la frontera, acusado de tener pasaporte falso y de ser realmente Anatole Stiller, ciudadano suizo desaparecido unos años atrás. En la prisión reivindicará con denuedo y persistencia su identidad americana, por lo que el abogado al que han designado su defensa le pide que escriba “su verdad” en unos cuadernos.
La novela (primer éxito narrativo de Frisch) se publicó en 1954, cuando la memoria de la guerra era todavía reciente y está constituida por las reflexiones y memorias que el protagonista plasmó en esos cuadernos. Aunque durante los años sesenta y setenta Frisch fue más conocido por su Homo faber (publicada tres años después), no cabe duda de que esta primera entrega es, como ficción literaria más sólida y consistente. Se trata de una metáfora sobre la identidad, pero no en sentido abstracto, sino vista desde ópticas tan cercanas y heterogéneas como la identidad nacional, la identidad del individuo en una sociedad capitalista, o percibida desde una perspectiva temporal, es decir, desde la identidad como acumulación de un pasado que nos determina y nos pesa a tal punto que sólo percibimos la angustia que nos alimenta, la náusea existencial que desarrolló Sartre.
«Otra vez esa sensación conocida, tener que volar, porque me encuentro en el alfeizar de la ventana, en una casa en llamas, y no queda otra salvación que de pronto saber volar. Y al mismo tiempo la certidumbre: No sirve de nada echarse a la calle, el suicidio es una ilusión. Eso significa tener que volar confiado en que el vacío me sostendrá, es decir, un salto sin llevar alas, un salto en la nada, una vida jamás vivida, la culpabilidad por omisión, el vacío en tanto que única realidad que me pertenece, que me puede sostener.»
Pero la identidad también se forja junto o frente a la pareja, en la relación con el trabajo o en la gestión del futuro entendido como vacua esperanza o como desencantado proyecto. Sin embargo, la novela no es un tenebroso ladrillo dramático, pues el autor se pierde con frecuencia en microhistorias digresivas, muchas de ellas ágiles y divertidas. De hecho, si bien los años transcurridos pueden haber hecho perder cierta frescura al sustrato argumental, Frisch se nos muestra aquí como un excelente narrador, por lo que los cuentos (sueños, desvaríos o historias inventadas sobre la marcha) conservan su color original. – (Enero 2011)
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