Sí, todavía puede ser peor. Si no teníamos bastante con las actuaciones del Gobierno español durante los últimos meses, cada vez más alejadas de la realidad del país que dicen gobernar, ahora la desvergüenza supera la caricatura más valleinclanesca. Tras desechar la iniciativa popular que pretendía proteger a los desahuciados que diariamente pierden su primera vivienda, el único techo que tienen para seguir malviviendo, tildan de “nazismo puro” las protestas callejeras ante los domicilios de algunos de los mangantes que permitieron que el año pasado 30.000 familias perdieran el único techo que tenían.
Y es que Margaret Thatcher tenía razón, y por eso hemos de ponerle su nombre a una calle en Madrid. Un país está hecho de individuos; el tejido social es una quimera. Aquí no lo llamamos quimera. Aquí, la señora Cospedal califica de nazis las manifestaciones sociales más espontáneas. ¡Ay Lolita, con lo que prometías allá en el pueblo! Los lloriqueos de algunos correligionarios pensando en el niño de la Vicepresidenta, pobrecito, qué culpa tendrá esa alma cándida, son la traca final. ¿Cuántas almas cándidas habrá entre esas 30.000 familias, algunas de las cuales pagarán además una multa por gritar su desesperación en la calle, a 300 metros de la casa de algún político de alma cándida?
Bien, ya que por aquí los brotes verdes de una sociedad oxigenada parecen enladrillados, me alejo a La India, donde los mangantes son aproximadamente los mismos, multinacionales de todo pelo y condición, y transcribo la noticia que el boletín de Médicos sin fronteras ofrecía hace unos días.
El pasado lunes 1 de abril, nos llegó una buena noticia desde India.
El tribunal supremo de ese país decidió rechazar la demanda de la farmacéutica suiza Novartis para que se cambiase la ley de patentes.
Ha sido una larga batalla desde que, en 2007, Novartis trató de que se patentara un medicamento contra el cáncer ya conocido en ese país.
Ante el rechazo de su petición, la empresa presentó una demanda para que la ley india se cambiase para obstaculizar la producción de genéricos.
¿Quiénes son aquí los nazis, Lolita? En fin, volvamos a los libros. Hablando de farmacéuticas, lo primero que se nos viene a la cabeza es la novela de denuncia que John Le Carré escribiera hace unos años. Y de propina, si de venenos hablamos, les traigo también una novelita amable (muy sobrevalorada entre los reseñistas profesionales) que leí hace unas semanas.
Autor: J. Le Carré
Título: El jardinero fiel
Impresión: 6,1
Una joven blanca bien situada, activista en favor de los derechos de los pueblos africanos es asesinada junto a un apuesto médico cooperante negro cuando juntos investigaban los efectos no deseados de un fármaco antituberculoso que se estaba probando con cobayas humanas en Kenia. Su marido, un anodino diplomático inglés de mediana edad y con una carrera profesional siempre mediocre y ahora descendente, nunca se entrometió, ni siquiera conoció, el fondo de sus actividades. Tras el crimen, el diplomático se decidirá a investigar la muerte por su cuenta, en vista de la actitud más bien pasiva de las autoridades. Su interés inicial es redescubrir y hacer pervivir la obra de su mujer, descubriendo poco a poco todo un entramado político y empresarial que utiliza a África como estercolero del mundo rico.
El autor, muy experimentado en novelas de espionaje, utiliza en esta ocasión la industria farmacéutica como motor de oscuros entramados y turbias intrigas. Como es habitual, cuida especialmente el tratamiento de los personajes y la verosimilitud de sus relaciones. No obstante, en esta ocasión se excede en el barniz ético que les da color, con un trasfondo algo maniqueo, añorándose a veces el necesario y complejo entramado que justifica y explica formas de ser y de hacer, incluidas las más abyectas, como ocurría, por ejemplo, en su magnífico y ya clásico “El espía que surgió del frío”. Por lo demás, el tratamiento literario es lineal y excesivamente mecánico, con recursos de enganche no demasiado limpios, a excepción, ya digo, de la construcción de los personajes, mucho más reales y frescos que lo que solemos encontrar en el género. En fin, una novela con oficio que mantiene algunos ecos del mejor Le Carré, pero en la que las argucias del best seller sustituyen a menudo una elaboración de mayor complejidad y compromiso literario. - (Septiembre 2008)
Autor: A. Paasilinna
Título: La dulce envenenadora
Impresión: 5,8
Arto Paasilinna es otro de los nórdicos que nos han llegado a racimos durante los últimos años, pero poco tiene que ver con el tan difundido relato policial. Es este mi primer acercamiento a su obra y, aunque dicen de él que una de sus constantes es el ecologismo, este título debe ser una excepción, pues el hermoso bosque finlandés aparece solo como un idílico escenario paródico que contrasta con la brutalidad de los que lo pisotean.
La protagonista es una anciana viuda de militar que se traslada desde Helsinki a una pequeña casa de campo. Ese inicio de cuento infantil choca pronto con las visitas que tres maleantes, encabezados por su sobrino, hacen a la anciana una vez al mes, para robarle su pensión una vez se han hartado de destruir, corromper y vejar. En otro golpe de efecto, la protagonista escapa y se instala con un antiguo amigo, un médico que la acogerá con todo el cariño de un anciano de postal mientras ella comienza a experimentar con venenos, para poder quitarse la vida a voluntad, cuando vuelvan a sucederle acontecimientos como los que la alejaron de su casa. Los tres vándalos no se han olvidado de ella y, tras obligarla a firmar un testamento bajo coacción, decidirán eliminarla. Otro cambio de registro; esta vez para acompañar a la anciana en una serie de aventuras que, aunque rondando siempre el asesinato, se nos cuentan con la sencilla facilidad de la ingenuidad senil, incluso con cierto humor irónico que nos instala en una sonrisa a veces amarga, pero alejada de la truculencia de las situaciones que relata.
Paasilinna nos entrega una historia sin dobleces, con un argumento directo y llano, alejado de digresiones o de sesudos análisis de personalidades tortuosas. Este es, sin duda, su principal acierto, pero también su defecto, porque el lector se encontrará con unos cuantos personajes esquemáticos, modelados lo justo para que puedan correr unos tras otros y aguantar las peripecias (de todo punto de vista imposibles, exageradas y alejadas de cualquier recreación de la realidad) que el autor va desgranando con fluidez, sin importarle en absoluto su verosimilitud.
La propuesta de Paasilinna es interesante en lo que atañe a los cambios de ritmo y de recursos que sostienen la narración. De este modo, en pocas páginas pasamos de la descripción idílica de la casita a otra descripción, esta vez la de las vejaciones del sobrino y sus colegas, y de ahí a un tratamiento humorístico de las escenas en las que los delincuentes pretenden hacer efectivo el testamento. Sin embargo, a pesar de las críticas favorables que había leído, el resultado es un relato entretenido, sí, pero superficial, con personajes a medio construir e infantil en muchas ocasiones. En todo caso, se trata de un entretenimiento elaborado con cierto gusto narrativo. – (Marzo 2013)
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