Acabo de terminar la última entrega de la trilogía biográfica de Jean Echenoz, Relámpagos, esta vez dedicada al científico Nicola Tesla, tras haber publicado con anterioridad dos volúmenes también biográficos, uno sobre Ravel (del que algo comenté en otro momento) y otro sobre el atleta Zátopek. No soy demasiado amigo de este tipo de lectura y, de hecho, mi impresión sobre la trilogía es más bien ambivalente. Sin embargo, Echenoz no es sospechoso de nada (me refiero a que no recurre al relato biográfico como si se tratase de un voyeur falto de inspiración), pues desde el principio se aprecia que lo que le entrega al lector es casi exclusivamente una obra de ficción. De este modo, los personajes reales se manosean y distorsionan hasta convertirlos en verdaderos protagonistas extraídos de la ficción. No he leído la segunda de las entregas de Echenoz, y como de la primera algo dije ya, para respetar el cuerpo aún caliente de Nikola Tesla (al que rebautiza para favorecer el encuentro con la ficción), me referiré a otros dos volúmenes que algún espacio comparten con la memoria. El primero, el de Buñuel, es puramente biográfico, aunque uno no encuentre en él lo que esperaba; al menos eso me ocurrió a mí. El segundo, también memorialístico, es de más reciente publicación y en él Jaume Cabré nos entrega un enjambre de memorias que, a modo de carta interminable, introduce temas de grueso calado. Recomendables los dos.
Autor: J. Cabré
Título: Yo confieso
Impresión: 7,6
He de decir, en primer lugar, que es la primera vez que me acerco a la obra de ficción del escritor catalán, aunque recuerdo haber leído algún ensayo suyo sobre la interpretación literaria que me pareció sugerente y atinado. Sí me habían llegado críticas favorables de su obra, interesándome especialmente Las voces del pamano, la recopilación de relatos Viaje de invierno (todavía no traducida al castellano) y su acercamiento a la música clásica a través de la similitud de las estructuras de algunas de sus novelas con otras tantas composiciones orquestales.
No puedo, por tanto, contextualizar la novela en el resto de su obra, lo cual es siempre una limitación no menor. Pues bien, obviando esta dificultad, lo que sorprende en primer lugar es la desmesura de la ambición con la que se planifica la obra; realizar un tratado sobre el mal, sea este lo que sea, pero el bagaje intelectual del autor (una de las facetas más atractivas de la publicación que se va destilando a lo largo de todo el relato), hace que olvide su intención inicial para decantarse por erigir un volumen a modo de catálogo –que se presta en mayor medida a la ficción literaria- en el que el mal se desvincula de contextos éticos, filosóficos, históricos o culturales y se expone en un álbum de fotos casi familiar, porque la mejor manera de transmitir su esencia es catalogar sus diferentes graduaciones a través de una selección fotográfica que podríamos encontrar en cualquier colección doméstica. Así, el manuscrito de las memorias (cuerpo central del volumen) se escribe -como brillante metáfora- en la parte de atrás de un bloque de folios en el que ya se había ensayado un texto teórico sobre el mal en nuestra cultura, anverso y reverso de la misma moneda.
El argumento no es fácilmente resumible, pero podría parecerse a esto: Un individuo culto escribe una larguísima carta urgente a su compañera (muerta hace pocos años) antes de que el incipiente Alzheimer imposibilite la tarea. La idea es estructurar la carta a modo de memorias, como si se tratara de una saga familiar (el volumen transcurre a lo largo de más de ochocientas páginas), pues la imponente presencia de su padre, anticuario y coleccionista de textos originales, se erigirá en figura central. Sin embargo, la enfermedad degenerativa ya empieza a mostrar algunos de sus síntomas iniciales, lo que permite al autor construir la novela con diferentes registros, intercalando con tino las voces narrativas y con una secuencia temporal que no solo intercambia épocas, escenas y personajes (desde la edad media hasta finales del siglo XX de forma aparentemente caótica, con una medalla y un valioso violín del XVIII como únicos nexos materiales), sino que ocasionalmente las mezcla en éxtasis oníricos que, sin duda, enriquecen la propuesta narrativa, magnífica en algunos de sus pasajes.
Cabré sabe que ha de marcar unas coordenadas mínimas que orienten al lector, para lo cual, en un catálogo plástico del mal, lo primero que hay que establecer son los límites del intervalo que permitirán construir una escala que lo someta a cierta razón ordenadora: el mal absoluto y el mal cotidiano, nimio y casi siempre inocuo. Para expresar el primero de los límites que conformarán la escala, el mal absoluto, Cabré acude a categorías históricas tan asumidas y trilladas como el holocausto nazi o los procesos inquisitoriales, lo que implica apoyarse necesariamente en escenas cuyo único valor es su truculencia explícita. Esto supone una primera decepción para el lector, que habría preferido un esfuerzo mayor de originalidad en la confección de ese orden escalar, aunque el tratamiento y algún golpe de efecto narrativo inesperado salva con discreción y oficio esta faceta de la trama argumental.
Ya digo que la estructura de la novela es tal vez su principal punto fuerte, pero su relación con la trama argumental se apoya en exceso (es esta su segunda y última debilidad) en recursos retóricos muy efectistas, pero que, al repetirse en demasía llegan a formar parte de esa estructura, evocando a veces el desagradable aroma del best seller.
En cualquier caso se trata de una novela bien escrita, bien planificada, con un relato contundente a la vez que adictivo y con una estructura encomiable. Muy recomendable. – (Septiembre 2012)
Autor: L. Buñuel
Título: Mi último suspiro, memorias de Luis Buñuel
Impresión: 7,2
Sí, estas memorias se convirtieron efectivamente en su último suspiro, pues se escribieron en 1982, un lustro después de dirigir su última película, sordo y casi ciego, apenas unos meses antes de morir. Con esta plácida y personal manera de vivirlo, así describía esos años finales:
‹‹El resto del tiempo, soledad, ensoñación, un vaso de agua o un café, el aperitivo dos veces al día, un recuerdo que me sorprende, una imagen que me visita, y luego una cosa lleva a la otra, y ya es de noche
Buñuel nació con el siglo, vivió la época dorada de La Residencia de estudiantes entre cafés madrileños y devaneos ultraístas, se fue a París y abrazó la estética surrealista (que nunca abandonaría por completo pese a ser expulsado del movimiento), vivió la guerra española en París como agente republicano teniendo ya en su haber un par de grandes y polémicas películas en las que colaboró entre otros Dalí, se exilió en Méjico, país en el que sin apenas medios ni dineros descubrió al mundo otra forma de hacer cine, volvió a España a principios de los sesenta estrenándose con Viridiana y, a caballo entre México, Francia y España, realizó sus últimas grandes creaciones, reconocidas incluso por los premios más netamente institucionalizados.
Las memorias pueden decepcionar a un lector que busque en ellas sus orígenes intelectuales o sus motivaciones artísticas. De hecho, eso me ocurrió durante las primeras cien páginas, hasta que uno decide dejarse llevar por su sinuoso relato. Lo que Buñuel nos propone no es un estudio biográfico ni un análisis crítico de su obra, sino una colección de fogonazos de la memoria, a veces caóticos y a veces sujetos a un mínimo orden temporal, pero siempre caprichosos, en los que la excentricidad, la anécdota y la digresión ocupan buena parte del volumen.
‹‹Mis errores y mis dudas forman parte de mí tanto como mis certidumbres.››
Así, dedica un capítulo al alcohol y al tabaco (Cómo no, inolvidable el Zeno fumador de Svevo), otro a sus filias y fobias personales y, en fin, entreverado entre todo ello, nos entrega unas cuantas perlas relacionadas con su manera de percibir –más atávica que intelectual- sus relaciones con la política, con el arte, con la ciencia o con la religión. Ateo confeso, estuvo sin embargo siempre atraído por la iconografía católica.
‹‹(…) ¿Y la ciencia? ¿No intenta por otros caminos [no religiosos] reducir el misterio que nos rodea? Quizá, pero la ciencia no me interesa. Me parece presuntuosa, analítica y superficial. Ignora el sueño, el azar, la risa, el sentimiento y la contradicción, cosas todas que me son preciosas. Un personaje de La Vía Láctea decía: "Mi odio a la ciencia y mi desprecio a la tecnología me acabarán conduciendo a esta absurda creencia en Dios".››
Además, aunque reconoce que no es lo suyo, los relatos están bien contados, con una lúcida socarronería aragonesa que nunca pudo ocultar y que hacen de sus memorias un volumen que perdurará en la memoria del lector, entre otras cosas por lo que suponen de desmitificación, no solo de su figura y de sus películas (algunas de las cuales despacha con un par de frases anodinas), sino de muchos intelectuales que marcaron la historia artística e intelectual del siglo XX. – (Septiembre 2012)
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