Es toda una bendición seguir encontrando autores clásicos desconocidos que nos siguen maravillando. Hace ya tiempo que había leído diferentes críticas sobre la obra del irlandés Flann O’brien, que no es más que uno de los muchos seudónimos que utilizara el escritor Brian Nuall’in (recuérdense entre otros enamorados de los heterónimos al propio Pessoa), contemporáneo de Joyce (quien parece ser que fue admirador de una de sus primeras obras, En nadar-dos-pájaros) y de Beckett, pero hasta ahora no había tenido ocasión de acercarme a sus relatos fantásticos (tanto en cuanto a la experimentación argumental como a la propuesta puramente literaria, juguetona y desvergonzada).
Bien, me dejaré de tanto paréntesis para limitarme a agradecer la labor de editoriales como Nórdica, que nos están descubriendo talentos clásicos absolutamente desconocidos u olvidados. Acabo de terminar una de sus novelas más arriesgadas; tanto que nadie se atrevió a publicarla en vida del autor. Y es que me imagino a un editor de los años cuarenta o cincuenta del pasado siglo con un manuscrito como el de El tercer policía, tan divertido como inclasificable, y no me extraña en absoluto que fueran rechazando su edición, editorial tras editorial, incluso con la experiencia de literaturas tan arriesgadas como la del propio Joyce.
No romperé la costumbre de dejar reposar durante algún tiempo las lecturas más recientes, para que la distancia les proporcione alguna perspectiva. Por eso dejo descansar (merecido se lo tiene) al protagonista de la narración de O’Brien y busco entre los volúmenes a otros raros. El primero, claro, es G. K. Chesterton, pues los desvaríos argumentales de El tercer policía nos remiten en distintas ocasiones a las magníficas parodias que tanto gustaban al escritor londinense. Sigo buscando y encuentro otro volumen raro que leí hace un año y que, como le ocurre a O’Brien, ha ocultado a su autor durante muchos años, tal vez porque no se identificó con las corrientes más señaladas de la época en Latinoamérica, especialmente con el Boom. Ambas propuestas, la de Chesterton y la de Lebrero, muy diferentes entre sí, harán pasar un muy buen rato a los lectores desafectos al aburrido y tan manoseado realismo.
Autor: G. K. Chesterton
Título: El Napoleón de Notting Hill
Impresión: 7,7
Un personaje poco cuerdo, hacedor de chistes que nadie entiende y amante de un cierto romanticismo trasnochado y añejo, es proclamado rey de Inglaterra por las ilusorias virtudes del azar. Una de sus primeras decisiones consiste en dotar de autonomía, murallas, fueros o ejército a cada uno de los barrios londinenses. En uno de los más insignificantes, Notting Hill, otro loco romántico se levantará en armas contra toda la ciudad a causa de la disputa por unos terrenos sin valor.
Con esta inverosímil y caricaturesca trama, Chesterton juega con el lector a suplantar las creencias más enraizadas a través de paradojas y frases de cartel. Resultan especialmente vituperadas las nociones de modernidad, democracia, progreso y, sobre todo, las de imperialismo y pacifismo. Aunque ingeniosa, la obra (primera novela personal del autor) nos resulta ahora algo trillada y reiterativa en cuanto a la presentación del delirio y la locura de los enfrentamientos. Sus frases ampulosas –también ingeniosas- destilan cierta grandilocuencia artificial; y como botón de muestra:
«El género humano, al que muchos de mis lectores pertenecen, ha jugado desde siempre a juegos de niños y es probable que lo siga haciendo hasta el final (…).»
«Por separado, los hombres pueden parecer más o menos racionales cuando comen, duermen o urden algo. Pero la humanidad en su conjunto es veleidosa, mística, inconstante, encantadora.»
«Las antiguas repúblicas idealistas solían basar la democracia en la idea de que todos los hombres eran igualmente inteligentes. Créame, la democracia más saludable y duradera se basa en el hecho de que todos los hombres son igualmente idiotas.»
En fin, Chesterton en estado puro. Cierto es que en este volumen se muestra menos profundo y más ruidoso que en obras posteriores, pero ya nos enseña toda su incisiva acidez, deformando hasta destrozar, como quien no quiere la cosa, los agotados estilos narrativos del realismo decimonónico. Se trata de un autor al que hay que volver y releer periódicamente, aunque sólo sea por higiene mental y por cierto gusto literario, sobre todo porque todavía hoy asombra la modernidad de su propuesta, y no me refiero solo al planteamiento literario. – (Febrero 2009)
Autor: M. Lebrero
Título: La ciudad
Impresión: 7,2
Mario Lebrero fue un escritor uruguayo de los considerados “raros”, tanto por el paso inadvertido de su obra durante muchos años como por la vaguedad de sus influencias y la imposibilidad de adscribirlo a tendencias o corrientes literarias.
La ciudad fue escrita en 1970, a comienzos de su carrera y es la primera de las entregas de la llamada Trilogía involuntaria, que continuó años (y décadas) más tarde con París y El lugar. Son reconocibles las influencias de sus paisanos Onetti y, sobre todo, de los relatos del gran Felixberto Hernández, con quien comparte la peculiaridad de las relaciones con la realidad recreada. La ciudad es una propuesta que podríamos enmarcar en el surrealismo amable, novela en la que el lector tiene, en todo momento, la sensación de transitar por un sueño.
Un individuo sale de una casa (que no es suya, pero tampoco de nadie reconocible) en busca de un almacén en el que comprar algunas provisiones. En el trayecto se pierde y lo sorprende la noche, iniciándose así una serie de peripecias que el propio trayecto (el camino como argumento) va alejando de la realidad, sin por ello perder el sostén de una normalidad que en todo momento viene definida por un condicionante normativo y etéreo, pero siempre presente y omnímodo, materializado en los “reglamentos”. Muñoz Molina, prologuista del volumen, acude a lo evidente, a la permanente sensación de desasosiego onírico que emparenta el relato con la obra kafkiana, con algunos de sus cuentos metafóricos y, especialmente, con el castillo fascinador al que se dirige su agrimensor. La ciudad es solo una metáfora, un referente ordenador que tanto vale para referirse a Montevideo como para nombrar (solo existe lo que se nombra) a un grupo de casuchas mal dispuestas alrededor de una estación de servicio fantasmal e inútil.
El relato es sencillo y con las pretensiones justas, pero sus continuas imágenes metafóricas (que remiten al deseo, a la espera, al orden, a la pérdida o al regreso) consigue impregnar en la piel del lector cierto aroma desasosegante que perdura por algún tiempo, como ese recuerdo desvaído a la vez que persistente de algunos de los sueños más escurridizos. Claro está, el estilo de Lebrero es desnudo, casi mecánico, a juego con la realidad en blanco y negro por la que transita en primera persona su protagonista innominado. – (Marzo 2012)
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