jueves, 3 de diciembre de 2009

Escaso de razón

Es ésta, escaso de razón, una de las acepciones del vocablo imbécil según el diccionario de la RAE. Si hubiera ensanchado su significado un poco más, hasta acoger al individuo que se caracteriza por su nula sensibilidad y por emular la caricatura de lo caduco, casposo y podrido, podríamos apelar al adjetivo imbécil para señalar con buen tino al laureado Juan Manuel “de” Prada. Entrecomillo el “de” porque es postizo y pretencioso, fiel aditamento del personaje al que nomina.

Los comentarios con los que este torpe bufón -maleducado y grotesco aprendiz de inquisidor- ha menospreciado el secuestro de tres cooperantes catalanes hace pocos días lo descalifican en la misma o parecida medida en la que a los demás se nos retuercen los tuétanos de vergüenza y estupor. No voy a transcribir aquí sus declaraciones para no airear su hedor más de lo que ya lo ha hecho él, repitiéndolas en varias ocasiones y mostrando así su enfermizo y menguado cavilar. Tal vez haya pretendido humillar a los catalanes, deporte éste ahora de moda entre el más rancio centralismo madrileño. O quizá haya buscado algún consenso entre los que se mofan de la gente que dedica sus vacaciones y su tiempo familiar y de ocio a tratar de mejorar la vida de unas gentes marcadas con el horror de la escasez y de la violencia desde su nacimiento. Sus declaraciones también podrían deberse simplemente a la indiferencia y al desdén que le provocan esos millones de seres que para él no encajan en el paradigma de persona, porque ya hace décadas que los sobrealimentados europeos les robamos, entre otras cosas, el acceso al pan y a la palabra. O, más probablemente, sus exabruptos respondan a una mezcla informe y corrupta de éstas y otras razones igual de tenebrosas, enfermizas y depravadas.

¿Que a cuento de qué viene esta diatriba? Pues simplemente porque mi propósito inicial cuando abrí por primera vez el blog era copiar en él las fichas que había ido acumulando sobre las obras de ficción leídas durante los últimos seis años. En mi ánimo estaba censurar y omitir exclusivamente aquéllas que, por su nula aportación, sólo emborronarían páginas a tontas y a locas, haciendo perder el tiempo a un hipotético lector. Sin embargo, abro ahora otro compartimento de autores censurados en el que, por fortuna, de momento únicamente incluyo al personajillo de marras; y es una pena porque aunque así lo parezca tonto no es, sólo indeseable. De hecho, de las dos novelas que he leído, una es vana y superficial, en consonancia con el Planeta que obtuvo. Pero la otra, también galardonada con cierto relumbrón, sí merecería alguna loa.

Alguien podrá preguntarse si no sería conveniente hacer distingos entre la persona y el escritor a la hora de valorar su obra. Por supuesto que no. Este tipo de disecciones de salón, parcializadoras, engañosas y denigrantes, son las que, por ejemplo, ante la presencia de una mujer nos hace ver en muchas ocasiones a los hombres sólo sus pechos, sus caderas o sus piernas, alejando y oscureciendo el hecho esencial y obvio de que lo que tenemos delante es un todo, alguien, en este caso mujer, más enriquecedora y compleja que la suma de sus partes. Por esa misma razón me siento incapaz de separar al escritor del pelele reconvertido en macabro y siniestro esbozo de volatinero arlequín.

Para terminar, me veo en la obligación de solicitar disculpas ante una homilía tan poco usual y espero dejar a un lado este tipo de entradas, para volver al carril libresco y finalizar en la próxima página la saga dedicada a Mister Marshall. Pero también la literatura arrastra excrementos y mal haríamos en obviar su molesta existencia. Por cierto, leo en Wikipedia que el señor “De” Prada ha sido nombrado profesor de honor (o algo parecido) en un prestigioso colegio. Al indagar sobre el envidiable centro de enseñanza, se me aclara la interpretación del enigma que encierra el dicho “Dios los cría y ellos se juntan”. ¡Estos son los españolitos que forjarán nuestro mañana! Si los de hoy solicitan sin pudor ni rubor la presencia del ejército para resolver el secuestro de un atunero vasco (lo que quiere decir –imagino- ametrallar a todo bicho viviente que se encuentre en no sé cuantas millas a la redonda), ¿qué le pedirán estas “nuevas generaciones” de adocenados muchachitos a ese mismo ejército? Apañados vamos con tanta bufonada inquisitorial. ¡Si hasta los sonrosados y pacíficos suizos reniegan públicamente de los minaretes!...

2 comentarios:

  1. Escribo esto al pensar que no estoy en el centro de la diana, de otra manera, daríame por fenecido antes de "intro" empujar.
    Bueno, hay una cosa con la que no estoy en acuerdo y que estoy seguro de que otros antes que yo, lo han dicho y de mejor modo y manera. Si el mérito de una obra descansara en el mérito o meritos que el autor haya y hubiese tenido en vida, sin duda habría que aliviar en gran medida las estanterías del espíritu y las otras. la obra una vez terminada pertenece al usuario lector, mirador, escuchador, etc. aunque no le correspondan, como es natural, los derechos de autor. Gracias por el "no interés" de las gentes.

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  2. Es posible. La obra pertenece al lector como la lengua al hablante. Pero esto de "pertenecer" me hace pensar más en comprar que en leer; y entonces hablamos de otra cosa ¿tal vez de mercadeo?. No lo veo muy claro... ¿Y donde encuentra su encaje el espacio público de la biblioteca, espacio nutricio para algunos en el que dar un quiebro a la compra?

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