martes, 8 de diciembre de 2009

Bienvenido Mister Marshall (y V)

¿Cómo terminar esta saga americana? Se me había ocurrido finalizar con algún autor descubierto recientemente, como la canadiense Nancy Huston. También había pensado en literatura más popular, de la que nos ha llegado en aluvión, como la representada por Stephen King o Arthur, C. Clarke; pero… ¿Y cuentistas como Carver? Pues no. Buscando autores representativos, ya me había decidido por el sugestivo y no muy conocido Kurt Bonnegut –y su “Matadero Cinco”, cuando me topo casualmente con la ficha correspondiente a “Carpe Diem” del Nóbel (en esta ocasión con todos los merecimientos) judío Saul Bellow.

Aunque no viene muy a cuento, me he preguntado en muchas ocasiones cómo es posible que los judíos (que no deben superar los quince millones de almas en todo el mundo) han podido proporcionar a la ciencia y a las artes tantos y tan notables genios. Pues, sea cual sea la respuesta, Saul Bellow es uno de estos judíos sobresalientes que dieron un barniz ético a la narrativa norteamericana posterior a la segunda guerra mundial. La novela que hoy hago asomar al blog no es la más lograda, pero sí tiene todos los elementos que han singularizado al autor, además de otros rasgos menos repetidos en obras posteriores. Ya sea ésta o cualquier otra, hay que leer a Bellow, entre otras cosas porque refleja como pocos algunas de las quiebras e inconsistencias más flagrantes del pasado siglo.

Al finalizar la saga (también podía continuarla o haberla acabado antes), se me ocurren dos rasgos que pueden encontrarse en buena parte de la novela norteamericana. El primero, fiel al estereotipo, es la reiterada fijación con el propio ombligo (porque cultura soberbia sí que lo es), hallando dificultades evidentes para elevar la mirada un poco más allá. Pero –como segundo rasgo distintivo- creo que esa mirada no es en absoluto autocomplaciente. De hecho encuentro cierto paralelismo con la que tuvieron de España los del 98, aunque por muy distintas razones. Pocas literaturas han ejercido con tanto tino esa necesaria función autocrítica, de efectos purgantes, como la novela norteamericana de las últimas seis décadas, tras el “subidón patriótico” que generó el final de la guerra. Esta función crítica se observa fácilmente en casi todos los Pulitzer de los últimos veinte o treinta años. En fin, un permanente “sí pero no” que desconcierta y abruma a los que allí no hemos nacido.


Autor: S. Bellow
Título: Carpe diem
Impresión: 8,0



La novela, una de las primeras del autor, recuerda por el escenario escogido y por los guiños teatrales a Arthur Miller, con el que, curiosamente, Bellow comparte año de nacimiento y de defunción, además de un mismo origen judío. El relato hurga en la decadencia del individuo en la gran ciudad, engullido y atormentado por una estructura mecánica que se le va haciendo ajena. Nueva York es la metáfora en la que Bellow desarrolla un argumento sencillo basado en la narración de un solo día en la vida de un individuo anónimo, el cual, en unas pocas horas rompe amarras y asideros para enfrentarse al naufragio, a la caída a los infiernos cuyos primeros síntomas son la extrañeza y perplejidad de lo cotidiano: un padre que lo desprecia y al que no comprende, una exesposa que no le deja volver a vivir, un trabajo idiota que nunca tuvo sentido o un estafador financiero al que confió sus últimos recursos. La obra se queda a mitad de camino entre la novela y el teatro, sin la tensión necesaria de éste y sin la fuerza narrativa de aquella, pero con un desarrollo argumental que nos descubre el reflejo psicológico de las más flagrantes quiebras personales en una sociedad que de manera continua nos transmite órdenes dispersas que cada vez se nos hacen más incomprensibles. El argumento no es original, pero el mimo con el que se “construye la destrucción” del protagonista –unas veces con cariño y otras con resignado humor- imprime a la historia un sello personal, marcado por la preocupación ante una sociedad hostil, que se nutre de la incomunicación y del esperpento urbano. Es verdad que en obras posteriores (sobre todo en “Herzog”) desarrollaría con mayor lucidez y acierto sus preocupaciones éticas, pero los trazos con los que aquí se perfila la ingenuidad, la perplejidad o la inocencia resultan más que interesantes. - (Diciembre 2004)

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