¿Saben? Hay autores molestos, cínicos y precisos, incisivos y sagaces, pero en absoluto geniales, que la mediocridad de los días por los que transitamos convertirán en emblema mítico sin que pase mucho tiempo. Sin duda, el francés Houellebecq es uno de ellos. Digo esto porque estaba leyendo ahora la última de sus novelas, El mapa y el territorio, que para que a nadie pasara desapercibida fue señalada con el Goncourt, la mejor metáfora mercantil que se le habría ocurrido al propio autor; quien, con toda seguridad, se carcajeó un buen rato de la irónica broma.
¿Quién es este francesito huraño y tramposo que ha encontrado su nicho especializándose en imágenes tan plásticas como plastificadas bien escogidas y realizadas con ombliguista rijosidad sobre las quiebras del sistema? Los títulos de sus obras ya merecen no pasar desapercibidos. Las partículas elementales era una fantástica metáfora esteticista de lo que quería contar sobre la desquiciada bisagra del cambio de siglo. Y si no era contar era retorcer, o emponzoñar, o pintarrajear, o lo que sea. Pero ahora se supera a sí mismo. La superioridad metonímica del mapa con relación al territorio representa toda la fatuidad camusiana del absurdo que este francesito actualiza con saña, con tenacidad y en ocasiones con gran acierto. Por supuesto, carece de la rocosa profundidad de Camus; carece también de la genialidad artística de las distopías alegóricas de Foster Wallace o de DeLillo, más o menos coincidentes en cuanto a los referentes a los que desnudar. Sin embargo, su tenacidad, su frialdad y su precisión son envidiables, permitiéndose incluso el lujo de retratarse a sí mismo en un cameo formidable en el que de manera esquizofrénica se presenta, por una parte, como deshecho cultural (consumidor consumido que diría el otro) y, por otra, como redentor, como asidero, como referente, como el padre que nunca tuvimos. Puro Houellebecq.
Como en otras ocasiones voy a dejar sedimentar toda la acidez del libro. Ojalá fuera capaz de criticarlo con la superficialidad que han hecho otros a partir de sus tics y desmesuras, tal vez sin percibir que eso también forma parte del cebo exhibicionista untado por el francesito. Por eso releo la reseña de una obra anterior que traje al blog hace casi tres años, Las partículas elementales; y me cercioro de que yo también participo en buena medida de esa misma superficialidad lectora. Por un momento tengo la tentación de reescribirla, pero eso formaría parte de la misma trampa, pues lo haría con la perspectiva del que mira el mapa para entender el territorio, esto es, caería en el engaño que tan cuidadosamente nos ha preparado Houellebecq. Como no tengo otras referencias de su obra, se me ocurre traer a otro autor polémico, esta vez por razones muy diferentes, que mirándose el ombligo como el francesito, también aprovechó su experiencia creadora para contarla. Por cierto, lo de “francesito” no es baladí; lean el mapa, intérnense en el territorio y lo entenderán. En cualquier caso, no será una pérdida de tiempo.
Autor: P. Handke
Independientemente de la controversia de sus opiniones políticas con relación a la resistencia contra la inmolación del pueblo serbio (opiniones ciertamente tergiversadas) que en los últimos años han difuminado su figura, la obra literaria de Handke no es en absoluto desdeñable. Se enmarca en la tradición centroeuropea reconocible desde Musil o Thomas Mann hasta el posmodernismo enclaustrado de Bernhard, tradición endogámica y solipsista, de fraseo sinuoso, pesado y algo invernal.
En esta ocasión, como en otras de sus obras de madurez, Handke nos regala una novela corta e intimista, metaliteraria y oscura. Durante una tarde de diciembre, una vez acabadas las arduas tareas de la escritura, del agotamiento ante la búsqueda de la palabra justa y de la frase perfecta, un escritor se apresta a iniciar un paseo por los alrededores boscosos que le conducirá a las primeras calles de la cercana ciudad. El contraste de la soledad junto a la máquina de escribir frente a la naturaleza dormida, al claroscuro del bosque en hibernación, a los escasos paseantes que lo reconocen o lo ignoran, o a la inaplazable cita con un viejo traductor, son los escuálidos hilos argumentales con los que construir una reflexión sobre el arte y sobre el artista, sobre el impacto del entorno en la labor creadora, sobre la ambigua relación con el reconocimiento, sobre el inacabable duelo ante la palabra perdida o sobre su endeble estatus, elaborado a base de engreimiento, de cotidiana tortura, de trabajo obsesivo y de soledad en dosis altamente contaminantes.
"A ese tropel de preguntas hizo frente con la siguiente respuesta: Ya en el hecho de aislarme y hacer mi vida aparte para poder escribir ¿cuántos años hacía ya de ello? Reconocí mi derrota como persona adscrita a una sociedad. Yo mismo me excluí de los demás para el resto de mis días, y aunque siga aquí sentado hasta el final entre la gente, y me saluden, me abracen y me hagan partícipe de sus secretos, yo nunca seré uno de ellos."
La construcción literaria de la figura del escritor, casi su enjuiciamiento, es más que acertada, especialmente porque se realiza a través de argumentos metafóricos difusos, elaborados a la tenue luz de una niebla vespertina que confunde el juicio acercándolo a los cenagosos meandros de la traición nocturna. – (Julio 2012)
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