sábado, 16 de febrero de 2013

Crímenes equidistantes

"Estimado Antonio Muñoz Molina,

El anuncio de su viaje a Israel el próximo 10 de febrero para recoger el premio Jerusalén, ha decepcionado a muchos de sus lectores y lectoras. En calidad de personas que nos dedicamos a la literatura, el arte y la cultura, comprometidas con la defensa de la paz y la justicia, le rogamos que cancele su viaje, por las razones que le explicamos a continuación.

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El Ejército israelí ha cometido innumerables crímenes de guerra contra la población civil y asesinatos selectivos de líderes políticos palestinos. Israel ha intensificado el ritmo de construcción de colonias ilegales en Cisjordania. La anexión de tierras, acuíferos y demás recursos naturales palestinos, y la edificación del Muro del Apartheid constituyen violaciones del derecho internacional y representan graves obstáculos para la paz. Prácticas que atentan contra la dignidad humana, como son los encarcelamientos ilegales, detenciones administrativas y uso de la tortura, han sido normalizadas por el sistema israelí. Además, Israel es el país que ha violado durante el periodo de tiempo más largo, el derecho inalienable de las personas refugiadas a retornar a sus hogares y propiedades.

El premio que le ha sido concedido es patrocinado por la Municipalidad de Jerusalén. Esta Municipalidad ha sido, desde sus inicios, el cerebro e instrumento de la colonización ilegal de Jerusalén Este y su Ciudad Vieja. Es responsable del diseño y desarrollo de uno de los sistemas de Apartheid urbano más crueles del mundo, y ha sido activamente implicada en la limpieza étnica de Jerusalén Oriental, demolición ilegal de casas, confiscación arbitraria de propiedades, y en la supresión sostenida y sistemática del desarrollo económico, social y cultural en los barrios palestinos.

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Los artistas que aceptan participar en eventos oficiales israelíes como es esta ceremonia de entrega, prestan sus nombres, indirecta y a menudo inconscientemente, a laHasbara o propaganda sionista. En el ámbito de la literatura, el premio Jerusalén es una pieza central de la propaganda cultural y mediática que el gobierno israelí financia con el fin de distraer a la opinión pública de sus violaciones de la legalidad internacional y de normalizar su ocupación ilegal del territorio palestino. La sola declaración de que el premio tiene como objetivo el reconocimiento de escritores y escritoras por su contribución a la “libertad de los individuos en la sociedad”, ofende los principios básicos de humanidad, solidaridad y honestidad. El concepto de libertad entra en total contradicción con las políticas israelíes de Apartheid, que eliminan de facto cualquier tipo de libertad en Territorio Ocupado Palestino, especialmente en la Franja de Gaza, que no es más que una cárcel a cielo abierto.

Si va a recibir el premio Jerusalén, no solamente ayudará al gobierno israelí a crear la falsa imagen de un estado que respeta y promueve la “libertad de los individuos en la sociedad”. Aceptar un premio financiado por las autoridades israelíes, de las manos de sus más altos representantes, desoyendo el llamamiento de un movimiento que lucha por la justicia, como es el movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones contra Israel, equivale a renunciar a comprometerse con la lucha contra las violaciones del derecho internacional, los crímenes de guerra y el sistema de Apartheid israelíes. Llevaría a sus seguidores y seguidoras a cuestionarse, no el compromiso individual que Usted probablemente tenga con los derechos humanos, la libertad y la dignidad humana, sino el valor que debería tener para activar este compromiso, y apoyar el movimiento global no-violento que busca acabar con el Apartheid israelí, en vez de posicionarse en contra.

Conscientes de las intenciones de las autoridades israelíes de lavar sus crímenes a través de la cultura, personalidades del mundo del arte han renunciado a los supuestos honores del estado israelí, o han cancelado sus actuaciones en Israel, como medio de presión para acabar con este régimen colonial. Pensamos que como artistas, tenemos la obligación de revelar al público lo que los opresores intentan mantener oculto, renunciar a que nos hagan cómplices de sus violaciones, y reclamar en alto y fuerte, “Justicia, Libertad y Dignidad” para los oprimidos.

Porque estamos convencidos de que comparte esta visión, le rogamos, estimado compañero, que reconsidere su posición y renuncie al Premio Jerusalén, como se lo han pedido el movimiento global de Boicot, Desinversión y Sanciones, la Campaña Palestina de Boicot Académico y Cultural, el movimiento israelí Boicot Desde Dentro y la Red Solidaria contra la Ocupación de Palestina.

Atentamente,

Stephane Hessel, Roger Waters, Ken Loach, John Berger, Luis García Montero, Alice Walker, Breyten Breytenbach, Paul Laverty"


Por supuesto, el señor Muñoz Molina acudió a Jerusalén y recogió su premio. ¿Por qué? Los argumentos de su decisión pueden leerse todavía en la prensa de esos días, y yo no voy a recogerlos aquí. En su última novela, La noche de los tiempos, ya mostraba cierta equidistancia justiciera entre los dos bandos que en 1936 pusieron esta tierra patas arriba. Porque en esa estulticia lógica que todo iguala, en ambas Españas se mató, se violó, se vejó y se cometieron bárbaras obscenidades. Esa percepción de la justicia histórica, además de simple e inmadura, es corrupta y tremendamente culpable. Porque sí hay culpables; y el hecho de que los inocentes defiendan su territorio con piedras del siglo XII contra un apocalíptico ejército del siglo XXI no invalida esa realidad.

He leído en prensa muchas loas de conocidas firmas del mundillo cultural que respaldan la actitud del escritor jienense, subrayando su multiperspectivismo enraizado en los argumentos más individualistas; algo así como que en Israel también hay gente decente que apoya una convivencia pacífica entre ambos pueblos. ¿Y qué tiene que ver eso con el neofascismo de fondo? En efecto, Muñoz Molina acude a la actitud de algunos judíos bienpensantes, como Amos Oz o Daniel Barenboim, para situarse en la equidistancia intelectualoide más cobarde. En Marruecos, en Siria o en Corea del norte también ha de haber mucha gente digna, y no por eso son mejores los regímenes políticos que los gobiernan. El problema, o al menos una de sus vertientes más relevantes, es que en el fondo los israelíes representan la cultura occidental, la nuestra, colonialista y autosuficiente, mientras que los palestinos, los que viven en esa cárcel a cielo abierto que cada día es un poco más vergonzante, son los árabes que nos amenazan con su intransigencia medieval. ¿Hay algo de eso en su posicionamiento neoyorkino, señor Muñoz Molina? Los que acuden al argumento de la complejidad de las situaciones (denigrando así por simplistas a los que pensamos de otra forma supuestamente menos elaborada, más primitiva) para retratarse y rehuir el compromiso son, en la inmensa mayoría de los casos, culpables, y usted también lo es.

Por cierto, para que no se olvide, estoy hablando, a mi juicio, de uno de los mejores escritores en lengua castellana de las últimas décadas. La literatura no tiene por qué ser compromiso, ni leer nos hace mejores, pero actitudes como la suya, como la de Vargas Llosa o como la de algunos otros intelectuales liberales que se esconden tras la complejidad de las situaciones y la equidistancia justiciera, contribuyen a emponzoñar un espacio literario ya de por sí poco oxigenado.

Pero no voy a traer hoy al blog a Muñoz Molina, ni a Amos Oz, ni siquiera a John Berger, de quien acabo de terminar su última obra ficcional, un hermoso tapiz epistolar trenzado a base de micro relatos enamorados. Traigo hoy a otro de los grandes, que además abrazó el compromiso político y cultural sin tibios titubeos. Me refiero al inolvidable Alejo Carpentier y a su última publicación, El arpa y la sombra, una retorcida y deformada alegoría histórica en la que el lector podrá solazarse con las ácidas ironías historicistas del autor de El siglo de las luces, sin olvidar, claro está, la magia colorista de su explosión lingüística, marca de la casa.

Traigo hoy al maestro porque hace unos días, en la sección cultural de El País, al hilo de la dimisión papal, del desguace de B16 (la similitud con el bombardero exterminador no es mía, sino del propio diario), el periódico acudía a El arpa y la sombra, en un divertido artículo que jugaba con Papas, descubridores y demás deformaciones culturales para terminar rindiéndose a Carpentier.



Autor: A. Carpentier
Título: El arpa y la sombra
Impresión: 8,3



En esta delirante y provocadora recreación que se dedica con fruición, sin trabas ni una pizca de conmiseración a carcajearse de la tradición histórica instituida, publicada poco antes de la muerte del autor, una vez alejado del estilo que él mismo había bautizado como “real maravilloso”, Carpentier elabora un original tríptico paródico, compuesto por “El arpa”, “La mano” y “La sombra”, esperpénticas metáforas respectivamente de la banalidad del enjuiciamiento de la historia canónica (y católica), de la plasticidad de un primer plano de la mano ejecutora del glorioso descubrimiento y, claro está, como inevitable colofón, del católico castigo en el consecuente infierno de la heterodoxia más escandalosa y punible.

En la primera parte de la novela, el Papa Pío IX, basándose en su paródica y a todas luces inverosímil experiencia vital latinoamericana, expone sus dudas sobre la conveniencia de iniciar el proceso de beatificación de Colón. En el cuerpo central del tríptico, “La mano”, el relato se retrotrae a las memorias del descubrimiento rememoradas por el propio Colón poco antes de morir, en las que su escultórica y ejemplificadora figura se nos desvela como la caricaturesca sombra de un personaje mediocre, pícaro, avaricioso, zalamero, de escasa cultura y, en fin, tendente a la zafiedad más ruin. Por último, en la tercera parte, ebria de cinismo retórico, nos encontramos en el tribunal eclesiástico que sopesa las pruebas para la beatificación del magno descubridor, mientras un Colón ya incorpóreo sobrevuela la escena con irónica y descreída mirada.

La novela se ha interpretado en ocasiones como un capricho postrero del escritor caribeño, como un degenerado divertimento en el que se introducen elementos paródicos (poco habituales en obras anteriores del autor de Los pasos perdidos) que movilizan y proporcionan consistencia y relieve a una revisión histórica no sólo de la figura del descubridor, sino del propio descubrimiento, de las relaciones entre colonizadores y colonizados en una comedia sin sentido que entroniza a uno de los golfos y farsantes más ensalzados en las rancias ideologías de salón militar que todavía hoy siguen moldeando la memoria común de la descafeinada y ajada metrópoli. Y, desde esta perspectiva, el relato es magnífico y demoledor, pues se dedica a desmembrar y a jugar con la habitual lucidez literaria del autor, con los símbolos más sólidos sobre los que se ha querido forjar la edulcorada historia común del nacimiento de la cultura del continente latinoamericano, desmontando y enseñándonos las vergüenzas del perfil más ridículo de los iconos marmóreos que sustentaban (y que cuatro siglos después todavía sustentan) esa rancia construcción cultural que se sigue reproduciendo en los manuales en los que se empapan de gloria histórica nuestros jóvenes. - (Julio 2009)

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