martes, 29 de enero de 2013

Biografía lectora

No es relevante para la literatura, pero sí para el lector, la asociación de muchos de los títulos leídos con su biografía (hablo de la del lector), por darle alguna unicidad a ese conglomerado de momentos que rutinizamos para favorecer la nómina mensual y el sempiterno poder del pagador.

Para los que tenemos el equilibrio siempre en nebulosa, siempre “al borde de”, asociar títulos con momentos sobre los que se haya instalado un mojón en la memoria es relativamente sencillo, pues son muchos los mojones desperdiciados en momentos que solo la alucinación, la fascinación, la enajenación o el aturdimiento han creído perdurables. En mi caso, esa relación de la memoria la asocio especialmente con el cuento. Sí, recuerdo momentos especiales leyendo relatos cortos de Pío Baroja (el que traje al blog se debía exactamente a eso, a un instante iniciático), a algunos cuentistas norteamericanos, a Cortázar, a Borges, a Calvino o, cómo no, también a Chejov. Pero también mantengo recuerdos asociados con nombres menos manoseados. Me vienen ahora a la memoria nombres como Mrozek, Fonseca, Rosa Chacel, las fabulaciones marcianas de Bradbury o, en fin, tantos otros.

Lo que no me había ocurrido es olvidar un cuento especialmente adictivo y tropezar con él de manera inesperada cuando te lo ponen delante como señal de STOP, perder un momento la respiración, controlar el mareo y, algo más preparado, volver a beberlo con la misma imprudencia. El resultado no puede ser otro que una acidez casi instantánea, pues el estómago está ahora más castigado que hace veinte años.

Sí, de esta manera me tropiezo otra vez con Kafka, pero ahora de forma inesperada, casi abrupta y desazonante. El origen del texto no debió ser un relato, sino más bien un apunte ocurrente en algún momento aburrido de oficina. De hecho, a Kafka no le importa trampear la historia del mito y encadenar a Ulises en lugar de a los remeros. Pero eso no invalida nada. La mezcla de vanidad, de silencio, de astucia, de seducción y de farsa es el mejor coctail que uno se puede tomar a estas alturas. En fin, no me hagan mucho caso, pero vuelvan a leerlo.



El silencio de las sirenas
Franz Kafka

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:

Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.

Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.

En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.

Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.

Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

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