domingo, 20 de enero de 2013

Sin comentarios superfluos

Autor: R. Davies
Título: El quinto en discordia (Trilogía de Deptford – I)
Impresión: 8,6

Antes de retomar la trilogía con Mantícora y El mundo de los prodigios, releo este primer volumen que tanto me impactó hace unos años. Claro está, lo bueno de las relecturas es que uno deja en un segundo plano el argumento, ya conocido, y centra su atención en otros aspectos de la saga, aunque de vez en cuando la relectura desilusione por no adecuarse al recuerdo inicial. En este caso, el reencuentro renueva mi admiración por la construcción de las palancas que hacen evolucionar a la trama, por la transparencia y la falta de artificiosidad del lenguaje –casi siempre magnífico- y, sobre todo, por la manufactura de los personajes, sin duda, el mayor acierto del espléndido escritor canadiense.

Se ha escrito de Davies que no es un narrador pretencioso, que con un lenguaje sencillo y preciso solo busca reflejar la realidad de personajes que actúan movidos por hilos tan mundanos como los del propio lector que asiste anonadado a su crecimiento, a sus dudas y a sus pequeñas caídas. No lo creo así. Davies es absolutamente pretencioso; su ambición es tal que trata de elaborar un manual novelado sobre el comportamiento humano y, ciertamente, lo consigue con creces. Es verdad que a lo largo de la trilogía (1200 páginas) encontramos equilibrios argumentales que se sostienen con alguna dificultad, además de desviaciones de la trama principal que, ocasionalmente, se diluyen en tonos más bien opacos y faltos de vigor. Esto ocurre en todas las sagas que conozco, pero las variaciones argumentales que dan relieve y verosimilitud a los personajes son aquí frescas, honestas, creíbles y absolutamente cercanas, dotándolas de una solvencia y una profundidad (de un subtexto, como explicitará el autor en la tercera parte de la trilogía) que aventaja con creces a los grandes narradores norteamericanos contemporáneos, puesto que aquí, la verosimilitud no implica previsibilidad, con lo que la trama no se ve perjudicada.

El trasfondo argumental de este primer volumen es muy similar al de las sagas biográficas decimonónicas. Tras un accidente inicial, casi una anécdota que sobrevolará toda la trilogía (uno de los mejores inicios novelescos que recuerdo), el narrador se adentra en la figura de Dunstan Ramsay, un profesor que enseña a adolescentes historia en un centro grisáceo, que se cree obligado a escribir sus memorias cuando afronta su jubilación, a fin de despojarse de un sambenito oscuro, opaco y vulgar que se le ha asignado en el centro escolar. De esta forma, a modo autobiográfico, el narrador y protagonista Se remonta así al Canadá rural de principios del siglo XX, a Deptford, su pueblo natal y a algunos personajes que lo acompañarán a lo largo de la trilogía: un amigo que posteriormente se convertirá en un acaudalado prócer del país durante los años treinta y cuarenta, una atormentada mujer que irá perdiendo los vínculos con la realidad y de la que Ramsay se sentirá responsable, un niño que sufrirá las consecuencias del accidente con el que se inicia la narración y, en fin, un abanico de personajes secundarios que van enriqueciendo el volumen y que lo hacen crecer, sin materiales efectistas, hasta proporcionarle una dimensión que lo equipara con las mejores sagas escritas durante el pasado siglo. – (Julio 2012)



Autor: R. Davies
Título: Mantícora (Trilogía de Deptford – II)
Impresión: 7,9

En algún sitio he leído que buena parte de la fuerza de la obra de Davies reside en el exquisito equilibrio entre la carga emocional y el peso intelectual de su obra. Sí, me parece una percepción aguda de este canadiense genial, especializado en trilogías basadas en sagas de corte más o menos clásico. En la primera parte, El quinto en discordia, Davies relataba, a modo de memorias, a través de la primera persona de Dunstan Ramsay, un profesor jubilado que recrea tres cuartos del siglo XX canadiense, su infancia en un pequeño pueblo de Ontario (el Deptford que da título a la trilogía), su experiencia en la Gran guerra de 1914, su vuelta a Canadá y su aparente desapego mundano con el voluntario encierro en un colegio en el que enseñará historia a jóvenes estudiantes que no verán en él más que a un curioso y algo excéntrico profesor especializado en hagiografías y mitos cristianos.

En esta segunda parte, el peso de la obra recae en David Stauton, el hijo de un potentado paisano, coetáneo y amigo de Ramsay que acude a Suiza para someterse a una terapia jungiana tras el aparente suicidio de su padre, quien ya había aparecido como uno de los secundarios más relevantes en la primera entrega de la trilogía. Por supuesto, no es la primera vez que una narración literaria o cinematográfica se asienta en la memoria relatada mediante el disparador de una terapia psicológica. Sin embargo, la maestría de Davies para hacer verosímil y creíble –a la vez que entretenida- la historia del paciente y de las personas que más han influido en él, especialmente de su padre, hace olvidar al lector la pereza inicial de otra novela que, en vez de abundar en los trillados clichés psicoanalíticos, sirve solo como sustrato argumental de otra historia en la que destaca especialmente la construcción de los personajes, poliédricos y complejos, profundos y cercanos.

El lenguaje es aquí tan sencillo y transparente como en la primera parte, pero la trama terapéutica se presta en mayor medida a una continua reelaboración de personas, de relaciones y de interpretaciones de situaciones y roles, posición en la que el autor se encuentra especialmente cómodo.

Se trata, en definitiva, de una vuelta de tuerca a la saga inicial, de una sagaz segunda cara del prisma con el que construir una envolvente narración de la historia canadiense que abarca siete décadas del pasado siglo, pero realizada con materiales basados en el detalle, en la relación personal, en la coincidencia o en la emoción más nimia. En el debe, señalar únicamente la incursión de algunos personajes y situaciones algo forzados, basados en estereotipos, aunque su función es solo energética, esto es, engranajes de la maquinaria transitorios, que hacen avanzar la narración hacia nuevos escenarios. En fin, una segunda entrega que en nada desmerece la magnífica novela inicial. – (Agosto 2012)



Autor: R. Davies
Título: El mundo de los prodigios (Trilogía de Deptford – III)
Impresión: 7,0

La primera parte de la trilogía parecía homenajear a las sagas decimonónicas. En la segunda, el autor fija la atención del lector en el problema que subyace tras cualquier memoria relatada: la imposibilidad de hacer coincidir la historia narrada con los hechos ocurridos, pues la biografía del cronista distancia necesariamente ambas caras de una moneda forzosamente cargada.

En esta ocasión, El mundo de los prodigios se sirve del universo escénico (cine, teatro e ilusionismo) para seguir contándonos, desde otro prisma del impresionante poliedro construido por Davies, las historias de Deptford, es decir, todo aquello que se desencadenó tras una anécdota accidental inicial en la que un niño falla al arrojarle a otro una bola de nieve.

La voz narrativa vuelve aquí a un Dunstan Ramsay ya anciano, liberado de sus actividades docentes, que ha decidido trasladarse a Suiza, tras encontrar casualmente a una insólita pareja, uno de los cuales es otro anciano, también nacido en Deptford, que en la primera parte de la trilogía aparecía como un niño estigmatizado que termina escapando de los rigores calvinistas del pueblo en un circo ambulante. Ese niño es ahora Magnus Eisengrim, el mayor ilusionista de todos los tiempos, que desgrana su biografía como subtexto para el personaje de una película. Tras alejarse de Deptford (más bien de ser secuestrado) trabaja dentro de un artilugio mecánico en un circo ambulante, a las órdenes de un morfinómano pedófilo. Después huirá a Europa, haciendo de doble de una estrella del teatro que no ha sido capaz de adaptarse al arte conceptual del siglo XX, y que va agonizando anclado en un romanticismo victoriano crepuscular. Por fin, en los años de la Segunda guerra mundial se refugia en Suiza, donde encontrará a una fascinante y grotesca joven acaudalada, mientras trabaja en el mantenimiento de viejos juguetes mecánicos. Con ella creará su propia compañía y llegará a ser el más grande, con la carga de egoísmo y de soledad que ha de soportar alguien como él, con su biografía y muchas de sus heridas sin cicatrizar.

Esta secuela de Deptford es la más floja; en primer lugar porque se rompe ese equilibrio emocional e intelectual que proporcionaba tensión a las entregas anteriores y, en segundo término, porque la narración, basada como siempre en la fuerza del detalle rememorado, es menos rica, adoleciendo del exquisito cromatismo de los volúmenes anteriores. No es, sin embargo, una mala novela, ni siquiera un relato simple, pero el magnífico nivel alcanzado en El quinto en discordia y en Mantícora es imposible de mantener durante 1200 páginas. Como siempre, resulta especialmente destacable la verosimilitud, la solidez y la profundidad de los personajes, aunque el desarrollo argumental adolezca de la necesaria frescura y espontaneidad. Por cierto, desde hace algún tiempo, puede encontrarse la trilogía completa en Libros del Asteroide, lo que agradecerá cualquier lector mínimamente sensible. En general, se trata simplemente de una trilogía memorable. – (Agosto 2012)

No hay comentarios:

Publicar un comentario