En la última entrada refería mis lecturas durante 2012, ciñéndome exclusivamente al espacio de la ficción. Sin embargo, con algún asombro leo en Babelia que el volumen mejor valorado según sus colaboradores es Pensar el siglo XX, un título hecho a base de conversaciones con Tony Judt, una especie de testamento intelectual del historiador británico que leí hace unos meses, eso sí, con interés decreciente, pues en ningún momento fui capaz de sentirme cómodo con la propuesta de los autores.
En primer lugar, las conversaciones entre Judt y quien publicaría posteriormente el volumen, el también historiador Tim Snyder, se producen con un Judt ya muy enfermo, hecho que se enfatiza en el prólogo y que funciona bien como chantaje emocional a modo de reality durante toda la lectura. Además, el libro se sitúa en un plano intelectual en el que la biografía de Judt y su bagaje humanista juegan con el lector, capítulo a capítulo, como si la vertiente personal del autor hiciera más accesible su pensamiento a un lector no especializado. Y así es, porque Judt se considera a sí mismo un “outsider” intelectual, rasgo que ha definido su manera de relacionarse y de entender el mundo y su historia. Judío desencantado, marxista desencantado, liberal desencantado: Judt se define y construye así mediante lo que no es, o sea, a través de las etiquetas que ha ido dejando en el camino. Tal vez por eso su posición es radicalmente relativista, tanto en el plano político como en el historiográfico. Y es esta posición defensiva, en la que ética y metodología se mezclan de manera no siempre transparente, la que le hace equiparar marxismo y fascismo, porque tanto Hitler como Stalin fueron aberraciones de la historia. ¿No parece algo simplista? Ni Hitler es la única cara del fascismo del pasado siglo, ni puede rechazarse la contribución intelectual de la historiografía marxista porque Stalin alimentase al monstruo con sus propios hijos. Al final, Judt solo se queda con una perspectiva socialdemócrata insulsa e intelectualmente empobrecida, aunque el camino hasta ahí no haya carecido de interés.
En fin, no soy un especialista en Judt, ni siquiera en los debates historiográficos entre escuelas, pero si este es el mejor volumen que se publicó en 2012, el de más enjundia, apañados vamos, porque tanto su estructura como la presentación y el contexto (al que se nos remite de manera subliminar casi permanentemente) me han parecido algo tramposos, y, ya digo, en ningún momento he conseguido encontrarme cómodo en esa frontera chantajista que confunde de manera premeditada historia y memoria. Tal vez por eso les haya parecido interesante a los críticos de Babelia, tan familiarizados con los artificios periodísticos. Por cierto, no puedo dejar de mencionar la notable calidad literaria del volumen, lo que no suele ser habitual en este tipo de obras.
Volviendo a la ficción, acabo de terminar otro volumen de cuentos de Barnes, de quien ya traje al blog su magnífica La mesa limón, recopilación de relatos que no me cansaré de recomendar. Pulso es una colección más heterogénea e irregular, aunque algunos de las narraciones recuerdan al mejor Barnes. Mientras dejo reposar el volumen, traigo hoy otro título del autor, sin duda su publicación más lograda y la mejor lectura con la que me topé en 2012. Imprescindible.
Autor: J. Barnes
Título: El loro de Flaubert
Impresión: 9,1
Lo que Barnes nos presenta no es una novela, pero tampoco un ensayo al uso. Se trata más bien de un acercamiento poliédrico e inesperado a la genialidad de las luces y las sombras del novelista francés. La singularidad y el encanto del volumen reside precisamente en la originalidad del acercamiento: siempre desde la periferia, desde los ángulos menos previsibles.
A medio camino entre la sucesión de relatos y la de microensayos, el volumen comienza con el loro que Flaubert pidió prestado para escribir uno de sus cuentos, se detiene en una cronología vital poco convencional, en unas cartas inverosímiles, en un animalario, en los cambiantes ojos de Emma Bovary, en una supuesta guía ferroviaria del autor, en lo que el novelista no escribió, en sus críticos, en los tópicos, etcétera, para culminar, como no podía ser de otra forma, en la versión interesada de Louise Colet.
El desvaído hilo ficcional que reúne el collage viene dado por un estudioso aficionado a la vida y a la obra flaubertiana, ni más ni menos que un trasunto del propio Barnes, que en absoluto pasa desapercibido y que cobra también cierto protagonismo que contribuye a proporcionar consistencia a los diferentes capítulos. Flaubert, claro, no fue un modelo de nada: engreído, contradictorio, arribista, cínico, crítico de la burguesía a la que siempre perteneció, neurótico, temeroso de las relaciones de pareja duraderas y aficionado a los prostíbulos, sifilítico amargado… Como muestra, he aquí una entrada de un irónico diccionario posible sobre el autor:
‹‹Prostitutas: necesarias en el siglo XIX para contraer la sífilis, enfermedad sin la cual nadie podría afirmar que era un genio. Entre otros portadores de la Roja Enseña del Valor destacan Flaubert, Daudet, Maupassant, Jules de Goncourt, Baudelaire, etc. ¿hubo algún escritor que no la padeciese? Si lo hubo seguramente era homosexual.››
Barnes no hace leña de nada de esto, pues poco añade a la dimensión de la obra del escritor normando, sino que fija su atención en perspectivas tan interesantes y nimias como poco transitadas, introduciéndoles un eco de ficción más que sugerente. El clarividente capítulo sobre Colet, por ejemplo, es excepcional.
‹‹Gustave desconfiaba de los sentimientos, le tenía miedo al amor y elevó su neurosis a la categoría de credo artístico.››
En fin, aunque imposible de encasillar en género alguno, el volumen es magnífico, y su lectura obligada para quienes hayan disfrutado alguna vez con Gustave Flaubert. – (Abril 2012)
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