jueves, 6 de diciembre de 2012

Comentario de texto

"Habla, pueblo, habla, / tuyo es el mañana / habla y no permitas / que roben tu palabra. (…)"

Los que tengan cierta edad, bien pasados los cuarenta, sin duda recordarán la canción que popularizó Jarcha, aunque la autoría no fuese de ellos. Si treinta y cuatro años después de votar la Constitución tratamos de desprendernos del velo nostálgico y volvemos a leer la letra con alguna atención, el ejercicio no deja de tener interés, aunque sea retórico. Con estos cuatro versos iniciales será más que suficiente.

1. “Habla, pueblo, habla”: ¿En qué idioma hablar, oficial, cooficial o clandestino? Oficial es ahora el dinerito que ayer era clandestino y tomaba el sol en las Islas vírgenes. Cooficial era ayer el catalán y hoy ha pasado a ser un arma arrojadiza que viaja en el AVE Madrid Barcelona. Oficial sigue siendo, hoy más que nunca, el español, con el que nos llenamos la boca cara al sol sin apenas saber hablarlo, y mucho menos escribirlo.

2. ¿Quién ejerce el habla en la canción? Según se nos canta, se refieren al pueblo, y no crean, no es cuestión baladí, pues el pueblo es el que proporciona aliento a una lengua, quien hace que esta crezca, se desarrolle, se manche, se caiga y se vuelva a levantar, a pesar de los intentos publicitarios por esclerotizarla, por domesticarla, enjaularla y alejarla del impulso popular que le dio sentido. Pero el pueblo dormita. Admitimos con indolencia que el nuevo proyecto educativo nos haga elegir entre una moral privada y otra pública, entre la doctrina de un crucificado y la condición de ciudadanía. Porque (lean el preámbulo del proyecto legislativo, ciertamente es revelador) el sistema educativo, suponiendo que funcione, fabricará ingenieros clónicos que no tendrán ni idea de lo que significa (o alguna vez significó) ser ciudadano. Eso no importa porque es irrelevante, una cicatriz apenas visible, una muestra arcaizante y museística de lo que una vez quiso hablar (y por tanto ser) el pueblo.

3. “…tuyo es el mañana”. Hay que joderse: el mañana que nos emocionaba entonces es el desértico hoy. No voy a extenderme sobre la condición ideológica que nos hurta el presente (la vida en tiempo real) para vendernos la expectativa de un futuro que se oferta mediante la experiencia empaquetada y delincuente, por ejemplo, en las opciones preferentes con las que las cajas públicas engañaron a unos cuantos cientos de miles de incautos, ofertándolas preferentemente (así instruían a sus comerciales) a gente mayor que hubiera cometido el pecado de confiar en su banco de toda la vida. A eso se ha reducido la esperanza en un futuro en el que el centro de gravedad constitucional fueran los derechos fundamentales. ¡Ilusos!

4. “habla y no permitas…”: El habla comienza a menguar y a desdibujarse hasta alcanzar mensajes que no admiten más de 140 caracteres. Lo que antes era diálogo ahora es ruido; la conversación es ahora tiempo improductivo, pues en ella se divaga, se desparrama, se solaza… en fin, todo lo contrario a la fórmula cerrada, a la orden, a la instrucción ingenieril, a la doctrina omnímoda y dictatorial que nos inoculó el crucificado.

5. “…que roben tu palabra”. Pues sí, también aquí acertó el profeta. El habla, la palabra manoseada y hermosa, dejan de ser multidireccionales, multiformes y vivas para encontrarlas ahora enlatadas en las acartonadas jergas de lo mensurable, de lo escalable, de lo consumible, de la competitividad y de la planificación que facilita la expectativa de futuro. La palabra madura apenas es ahora su eco, una prima de riesgo comparativa y culpable.

6. “Y el verbo se hizo carne”. Esto no es de la canción, pero sí forma parte de la nueva reforma educativa. El verbo ha de impostarse, solidificarse, hacerse carne, para poder asirlo, encauzarlo, apresarlo y juzgarlo. Solo después de unos añitos a la sombra, perdida su frescura y su vigor, le otorgamos el tercer grado para que arrastre su vergonzante sanbenito, su condición instrumental por las hacinadas aulas en las que moldeamos a nuestros futuros ingenieros. Los demás, los incapaces, que repitan el catecismo, que con tanto misal, tanta cruz y tanta hostia se nos han acabado los dineros para financiar las clases de refuerzo educativo.

Y ahora, mientras busco el buey y la mula, en una oferta navideña de 2x1, les dejo con alguien que no solo conoció la palabra, sino que jugó con la estructura literaria como pocos lo han hecho en castellano.



Autor: F. Ayala
Título: Muertes de perro
Impresión: 7,4

La novela se publicó a finales de los años cincuenta del pasado siglo en lo que había sido el exilio del autor en Argentina. Ahora estamos ya muy habituados a lo que casi podría ser un subgénero de la ficción, esto es, los relatos de la dictadura o los que se ceban en la figura del dictador. Pero en aquella época, hace más de medio siglo, no eran tan habituales.

Lo que Ayala nos propone es una parodia cargada de ironía, de estridencias y de genio narrativo. En este aspecto transita una senda que ya había pisado con maestría Valle-Inclán y que, por otra parte, lo distancia de otras novelas sobre la figura del dictador, como La fiesta del chivo de Vargas Llosa, en la que la arbitrariedad y el desatino prefieren contarse desde la seriedad documental que requiere el asunto.

Para narrar su historia Ayala escoge a un tullido resentido con el régimen y con su propia suerte que, en su madurez, decide oficiar de aprendiz de historiador y, con la ayuda de unos cuantos documentos más o menos burocráticos (como los del embajador español) o con la traslación al relato de testimonios de allegados al dictador (el diario de su secretario personal especialmente), va erigiendo un collage con elementos poco historiográficos, pero tremendamente efectivos.

El autor no centra su objetivo en la figura del dictador, ni siquiera en su sombra. De hecho, Bocanegra –el jefe- es tal vez el personaje más diluido, poco más que una tosca viga de carga necesaria para edificar el resto de la obra, pero apenas nada más. A Ayala le interesa más reflejar el ambiente de los alrededores, el que va creándose con la figura de su mujer, de su secretario, de algunos de sus ministros, del jefe de los servicios secretos y, sobre todo, de la acidez del propio narrador. Y ese ambiente, como no podría ser de otra forma, está impregnado de podredumbre, de miedos, de inseguridad, de bajezas, de miasmas, de secretos, de traiciones y en fin, de todos esos ingredientes con los que se suelen adornar las dictaduras más rutilantes. Por cierto, la trama no se localiza en ningún sitio en particular, aunque sí sabemos que se trata de un pequeño país caribeño.

Merece especial mención el motor del desarrollo argumental, materializado en la interesada visión que nos quiere transmitir el narrador. A través de más de veinte pildoritas a modo de cortos capítulos, Pinedito (así se llama el aprendiz de vocero de la historia) va introduciendo situaciones y acontecimientos que se desgranan de forma azarosa. Algunos de ellos ni siquiera tienen que ver con el meollo argumental, y su presencia hay que atribuirla exclusivamente a la resentida arbitrariedad de quien se apropia de la historia que, en una última pirueta novelesca, se desprenderá de su disfraz de narrador para saltar a la arena y protagonizar su desenlace.

En definitiva, se trata de un relato muy recomendable, no tanto por la historia en sí, que podría parecerse a tantas otras, sino por la magnífica figura del narrador. Sin él, personajes y argumentos serían una alegoría del totalitarismo de las que encontramos a puñados. – (Octubre 2012)



Autor: F. Ayala
Título: El fondo del vaso
Impresión: 7,1

Esta obra se suele presentar emparejada con Muertes de perro, la novela que Ayala publicó en 1958 y que situó en un pequeño país centroamericano, en el que la dictadura y sus entresijos más oscuros, picarescos y esperpénticos son los verdaderos protagonistas. El fondo del vaso comienza, en efecto, como si se tratase de una segunda parte de la publicación anterior, pues el narrador y protagonista (la obra se construye a modo de caótico diario) trata de contrarrestar el libelo escrito por el narrador de Muertes de perro, que no tenía otro objetivo que caricaturizar al dictador. Sin embargo, ya en las primeras páginas, se advierte que la conexión entre ambos volúmenes no es más que una tenue excusa inicial.

El relato se publicó en 1962 y, más o menos, coincidiría con el lustro que habría transcurrido en el país caribeño desde la caída del dictador. Estructurado en tres partes, en la primera se nos muestra el narrador, un rico comerciante que poco sabe de letras, pero que quiere poner los puntos sobre las íes de la historia

«Pues es el caso que, a quien esto escribe, cronista de ocasión, retórico improvisado, oficioso redentor, le falta –y debo aunque me pese confesarlo- el empuje, el método, la habilidad, el olfato, el sentido de lo que conviene decir y de lo que es necesario callar.»

Poco a poco se va alejando de su propósito inicial y se dedica a narrar, a modo de relato de sociedad, lo que ocurre a su alrededor, hasta que, sin previo aviso, muere un joven, novio de una empleada del protagonista que había sido su amante. La segunda parte es una sucesión de artículos de prensa sobre el asesinato y sus incógnitas y, por fin, en la tercera, volvemos a encontrar al narrador, ahora en la cárcel, injustamente culpado de la muerte del chaval.

Lo que pretende el autor es, otra vez, burlarse de una sociedad que, ahora en democracia, continúa siendo tan pobre y pacata como siempre. Así, para caracterizar al narrador, le basta con un estilo ampuloso y retorcido, como las triquiñuelas infantiles que dictan las normas de la cortesía diplomática en una sociedad que se ahoga en su propia torpeza. Igual de significativo es el estilo periodístico de la segunda parte, hermano dignísimo de nuestro ampuloso NODO y que, claro está, no solo refleja una forma de escribir, sino un tipo de visión periodística antediluviana, ni más ni menos que la que por aquí teníamos en aquellos años.

El resultado es una obra más elaborada de lo que podría parecer en una primera lectura, en la que Ayala nos muestra sin tapujos, pero con una carga irónica que a veces moverá a la abierta carcajada y a veces al más torcido gesto, un elenco de personajes que recuerdan épocas incluso todavía más grises que las que ahora transitamos. – (Noviembre 2012)

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