Este es el enigmático mensaje que podía leerse en una pancarta durante la manifestación que ayer volvía a pedir misericordia rumbo a Colón: "Solo Chejov nos salvará". Ignoro si tiene algún significado concreto, pero al leerla me pareció que no estaba fuera de lugar, porque la gente estaba cansada, porque el ambiente era desesperanzado, porque la calle es ahora solo un rito agrietado, porque los gritos eran esporádicos y afónicos, porque el Papa en Colón o el Real Madrid en Cibeles todavía congregan más energía y concitan más ilusión, porque aún podemos llegar más bajo, porque arrastrábamos los pies, porque los huelguistas empezamos a ser souvenirs turísticos, fenómeno al que fotografiar junto al toro de Osborne, porque toda esa desidia y ese tufo a rendición ya lo captó mejor que nadie Chejov dos décadas antes de que se incendiara su patria.
En fin, siempre nos quedará París, o el pataleo, o la literatura; aunque no crean. También aquí hay deserciones. Durante las últimas semanas he leído declaraciones de Philip Roth y de Inre Kertesz, sin duda dos de los mejores narradores del último medio siglo, en las que nos dicen que están cansados, que no encuentran la palabra, que se retiran. ¿Y qué nos queda entonces? No lo sé, pero me vienen a la memoria agoreros lúcidos como Foster Wallace o Houellebecq, quienes ya hace tiempo nos decían que la única institución verdaderamente moderna, sólida y digna de admiración es el mercado. Me gustaría poder oír otras voces, pero deben de estar dormidas. Pues eso, que aquí les dejo otra vez a Kertesz y a uno de sus magníficos relatos.
Autor: I. Kertesz
Título: La bandera inglesa
Impresión: 7,9
No cabe duda de la genialidad de Kertesz para hacernos respirar lo irrespirable, para transmitir el ahogo de la opresión que imposibilita el raciocinio o la distinción moral. Esta se reduce a sensaciones deshilvanadas, a percepciones desnortadas de la oscuridad castradas ya las referencias, del oprobio y de la inutilidad de la esperanza, esto es, como habría dicho Primo Levi (macabra expresión del liberalismo ideológico en su estado puro), solo quedaba distinguir entre hundidos y salvados.
El volumen está compuesto por tres relatos. El primero de ellos, La bandera inglesa, no es que sea el mejor, es que se trata de un cuento –o novela corta- simplemente magnífico. Los otros dos abundan en la misma perspectiva, introduciendo un guiño evidente a la tradición kafkiana, pero su factura, especialmente la del tercero, Expediente, es muy inferior, en absoluto comparable a la plasticidad del horror nihilista transmitido en La bandera inglesa, plasticidad que se desarrolla mediante recursos líricos que sorprenden por su radical oposición al referente relatado.
El relato que da título al volumen lo escribió Kertesz en 1991, con la perspectiva suficiente para poder rememorar la ciudad de Budapest inmediatamente posterior a la segunda guerra mundial, cuando el estalinismo les alcanzó de pleno y sin avisar, corrompiendo hasta los espacios más íntimos y privados del individuo, sin nada que envidiarle a los regímenes fascistas más eficaces. Muchos años después, en una fiesta que le organizan los alumnos a un viejo profesor, le piden que cuente la anécdota de La bandera inglesa, hermosa anécdota en la que se apoya el narrador para desmentir juicios apresurados sobre los supervivientes de aquella época que, en general, fueron cualquier cosa menos héroes o villanos, pues se limitaron a vivir únicamente desde las entrañas, superando un día más con el mismo miedo y las mismas incertidumbres que el anterior o el siguiente.
«En aquel entonces el afán de formular aspiraba, por contra, a mantener a oscuras lo informulable, esto es, la esencia, o sea, la vida que transcurre en la oscuridad, que se mueve a tientas en la oscuridad, que carga con el peso de la oscuridad, pues solo así podía ese joven, yo, vivirla. »
Sólo la literatura o alguna representación operística permitirán al protagonista vislumbrar, a modo de efímero fogonazo, la posibilidad de un resbaladizo resquicio en el que entrever la sombra de cierta privacidad. La anécdota de la bandera inglesa, referida en unas cuantas líneas al final del relato, es una imagen adecuada que, a modo de conclusión, sirve al autor de obsesiva referencia para que el lector no se haga una composición de lugar equívoca, en la que pudiera caber la más mínima esperanza o la más leve ráfaga de aire fresco. Pero para evitar sorpresas, en la cita introductoria ya se nos previene del sustrato del cuento:
«Delante de nosotros la niebla, detrás la niebla, y debajo un país hundido.»
El segundo relato, El buscador de huellas, es claramente kafkiano en cuanto a la confusión de medios y fines, a través de la experiencia de un enviado que debe investigar no se sabe muy bien ni el qué, ni el dónde ni el cómo, situándolo en una transitoriedad imposible:
«Poco a poco la sensación de desamparo propia de la irrealidad se adueñó del enviado. Había ido a parar a un sitio equivocado. Si allí no había nada de lo que tenía que haber quizás eran erróneas sus hipótesis, y falsas y abstractas las pruebas. Entonces, ese lugar tampoco era lo que era, sino tan solo su idea fija, y él tampoco era el que era y su misión era un error. El espacio, el tiempo, la tierra bajo sus pies, nada de eso era verdad. »
Por último, la tercera historia, Expediente, nos remite a un episodio autobiográfico también kafkiano, relacionado directamente con las barreras administrativas con las que ya topara el agrimensor K, aunque en esta ocasión el autor traslada la historia a un viaje en ferrocarril, en pleno derrumbamiento del comunismo en Hungría.
En definitiva, nos encontramos con tres cuentos sugerentes pero desiguales, si bien, el primero de ellos debería formar parte de cualquier antología del género que se precie. - (Octubre 2012)
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