miércoles, 21 de noviembre de 2012

Caprichosos devaneos adventistas

Antes de preparar los bolsillos para recibir la paga extra que no llegará a unos cuantos millones de trabajadores (sin mencionar a los parados, para no introducir ni una pizca de frivolidad al argumento) y de congeniarme con la raza humana volviendo a dilapidar los dineros entre las añoradas comidas de trabajo, los inútiles regalos a mayor gloria de los reyes magos del Corte Inglés y las demás idioteces rituales que se esperan de nosotros en fechas tan señaladas, para flagelarme en el Adviento me he auto regalado la última publicación del tan traído y llevado Paul Krugman que se ha traducido al castellano, en la que vuelve a reivindicar sin reparos una salida de tintes keynesianos para esta crisis económica.


Me han gustado varias cosas del volumen, aunque las dotes pedagógicas del profesor son muy mejorables (a excepción de algunos pasajes ingeniosos y lúcidos como la presentación del clásico ejemplo de la cooperativa de canguros). La primera de ellas es la observación que hace en la introducción, en la que se nos advierte de que, si bien el contenido del libro es fundamentalmente macroeconómico, ello no puede obviar la consecuencia más grave y extendida de la recesión, esto es, el sufrimiento causado a millones de personas, difícil de abstraer en juegos intelectuales y modelos matemáticos. Y eso que, como se encarga de subrayar, sus hipótesis se basan fundamentalmente en la experiencia recesiva americana, porque la europea, a la que dedica poco más de un capítulo, tiene rasgos propios, diferenciales y distintos, derivados sobre todo, de la integración monetaria en un espacio políticamente arenoso en el que no se habían previsto cimientos fiscales ni financieros comunes, además de que los países miembros han perdido una de las armas más eficaces para ganar competitividad, como es la autonomía monetaria basada en la devaluación. La otra gran herramienta competitiva es, claro está, la pérdida porcentual de masa salarial con relación al PIB, medida que, desgraciadamente, junto a la ignorancia del desempleo desbocado, es prácticamente la única a la que se agarran nuestros empresarios y mandatarios.


Un segundo elemento a destacar es que, a diferencia de los estigmas socializantes que sobre Krugman ha generalizado la tribu cavernaria más inculta, su planteamiento es fundamentalmente liberal, aceptando de buen grado muchos de los postulados correctores monetaristas que abanderó Milton Friedman desde Chicago. A este respecto llega a afirmar que los partidarios actuales del laisez faire son mucho más radicales y favorables a la desregulación total que el propio Friedman.


De manera premeditada, Krugman se empeña en desenredarse y desligarse todo lo posible de planteamientos éticos para situarse en un plano puramente pragmático; y tratar de demostrar que, desde una perspectiva exclusivamente económica, la salida de esta crisis con el menor número de platos rotos ha de acometerse desde políticas fiscales que incentiven la inversión pública, con una política monetaria expansiva que pierda los miedos inflacionistas y que ponga la recuperación del empleo hasta niveles soportables como una de las herramientas correctoras necesarias para reanimar a la maltrecha demanda. El tratamiento de las objeciones que se desprenden de las diferencias entre las razones que desembocaron en la Gran Depresión y las que nos han arrojado hasta aquí es más farragoso (conjunción inesperada de factores tales como la oferta monetaria expansiva acompañada de crecimiento del desempleo y de estancamiento de los precios, como ya nos anunció la recesión japonesa de los años noventa), igual de cenagoso que los sinuosos argumentos que le llevan a reivindicar políticas económicas similares a grandes rasgos a las del New Deal.


Para Krugman, las políticas neoliberales que se agudizaron en la década de los ochenta son absolutamente ineficientes, pues aunque consiguen incrementar exponencialmente los ingresos de una parte de la población muy minoritaria, ponen las bases de una quiebra social basada en el desequilibrio creciente de la distribución de la renta que necesariamente se volverá contra el propio sistema, puesto que ni siquiera son ciertos los cuatro banderines mediáticos con los que se venden las bondades de una mano invisible fantasmal e inexistente. Las burbujas inmobiliarias, la quiebra de las neocom o los desastrosos efectos de la desregulación financiera (sobre todo la anulación de la separación entre banca comercial y de inversión) son algunos de los efectos no previstos por los gurús neoliberales que nos han abocado a la situación actual. Más o menos, estos son también los argumentos que aducen Vicenç Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón en Hay alternativas, si bien, en esta ocasión la recesión se analiza desde una perspectiva más amplia y difusa, introduciendo factores históricos (concentración oligárquica heredada del franquismo), sociales, éticos y puramente políticos, es decir, claramente intencionales. Sí, este volumen también me ha ayudado a preparar mi particular Adviento.


Con relación a Krugman, no crean que he sacado mucho en claro de la publicación, porque la rígida altivez de los aparentemente ortodoxos planteamientos económicos que han de primar en un librito como este (hay que mantener la compostura del gurú distinguido con el Nobel), cada vez me aburren más, pero en fin, todo sea por el florecimiento del gasto navideño que alegre la cara y extraiga una sonrisa al impenitente recién nacido y a sus pastorcitos, aunque los fuegos de artificio de la artillería israelí tal vez los entretengan más que el incienso y la mirra de los magos; el oro, claro, ya es otra cosa.


Podría traer algún volumen de ficción que se relacionase con estos batiburrillos económicos ahora tan en boga, pero prefiero otro tipo de relación, todo un clásico más directamente asociado a la locura que hay detrás de todo este estercolero.



Autor: J. Conrad
Título: El corazón de las tinieblas
Impresión: 8,6




¿Qué decir ahora, más de un siglo después de la publicación de este panegírico de la oscuridad, de lo más tenebroso y degenerado que sostiene y mueve al ser humano? Leída hoy, su vertiente de aventuras o la caracterización de los nativos congoleños y de su cultura puede resultarnos caricaturesca, simplona e ingenua en exceso y, en cualquier caso etnocéntrica, lo que era habitual en la narrativa de aquella época. De hecho, desde esta perspectiva Conrad tiene cuentos mucho más logrados y verosímiles, especialmente los que desarrolla en el mar.


El argumento es hoy bien conocido: Marlow, un viejo marinero, rememora una travesía por el río Congo, desde la costa hasta el desconocido corazón del continente, en busca de un hombre blanco, un pionero encargado de recolectar marfil para una compañía belga de las que arrasaron y diezmaron sin un parpadeo la fauna y la población nativa durante la colonización del país impulsada por Leopoldo II. Conrad conocía el Congo y había visto las barbaridades que los europeos eran capaces de hacer con los nativos ante el deslumbramiento producido por la inmensa riqueza del país. Es ese deslumbramiento el que enloqueció a Kurtz, el pionero al que busca el narrador río arriba, un hombre que ha enloquecido hasta el punto de mimetizarse con lo más salvaje y primitivo del paisaje selvático. Esta mímesis metafórica es la que hoy se le critica a Conrad ignorando las coordenadas culturales de la época, pero, en todo caso, ¿qué ocurre con su escandalizada tarea de denuncia?


Desde esa óptica la novela sigue siendo aún hoy reveladora, pues las técnicas impresionistas (que contrastan con las corrientes realistas y naturalistas de la época) con que se narra el descenso a los más tenebrosos infiernos del corazón humano, que se van explicitando gradualmente conforme se va remontando el río, logran su objetivo de impresionar al lector en mayor medida que si se hubiera narrado con detalle cada una de las iniquidades que aquí se dan por sobreentendidas, pues la truculencia no era en absoluto una de las herramientas literarias que el autor utilizó para cautivar al lector, sino que su interés narrativo va mucho más allá, y es esa ambición la que todavía hoy le seguimos reconociendo. En fin, uno de los clásicos cuyo trasfondo sigue siendo tan actual como cuando fue escrito. – (Mayo 2011)

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