jueves, 8 de noviembre de 2012

Animal de compañía

Una compañera de trabajo, eficiente y simpática, de esas que facilitan el cálido clima de trabajo en grupo sin siquiera proponérselo, me decía ayer que ella no apoyaría la huelga general del próximo miércoles por la pérdida salarial que le suponía. Este argumento, junto a la extendida desesperanza y a la consiguiente desidia con relación a las posibilidades de cambio, parecen ser las respuestas más repetidas de esa mayoría silenciosa con la que se regodea nuestra derecha más juguetona y dicharachera. Le respondí que, de la misma forma que acepta con dignidad la nómina mensual, le proponía una alternativa económicamente ventajosa: una especie de contrato sociolaboral con vigencia durante un solo día. Le ofrecía una retribución equivalente a la pérdida salarial de esa jornada más un veinte por ciento extra si se sumaba a la huelga, la apoyaba en la calle y se comprometía a no ejercer sus derechos de consumidora durante esas 24 horas. «Tú eres tonto» ─me espetó─.

Sí, bien pensado, muy listo no soy, pero no por mi chulería despilfarradora, eso no es más que un pecadillo menor, sino por acudir a la misma lógica económica que nos ha inoculado esa sustancia paralizante que no nos hace levantarnos ni siquiera con el estímulo eléctrico de unos cuantos centenares de desahucios diarios. Esa derecha dicharachera le ha dado la vuelta a la tortilla y ha logrado que sea cierto aquel canto del que ya no nos llega ni su lejano eco, ¿recuerdan? “No, no, no nos moverán”. Porque efectivamente, aquí ya no se mueve ni Dios. Y menos ahora, que la divina palomita del Padre eterno ha empezado a cogerle el gusto a la cosquilleante pluma del matrimonio gay. ¡A ver si va a resultar que también él nos ha salido rana! En cualquier caso, siempre nos quedará la agudeza intelectual del Ministro del interior para poner un poco de sensatez y de orden.

La huelga, señorita, no es un derecho, empieza a ser una obligación, a pesar del exceso de retestín de los sindicatos que la convocan, a pesar de que comienza a ser una vía de descompresión con el aguijón muy mermado, admitida incluso por Botín y su séquito como exótico animal de compañía, a pesar del desánimo azuzado por el estruendo de sus risotadas, a pesar de todo eso, señorita, vaya a la huelga, porque su cicatera justificación salarial tiene todavía menos valor que el instinto animal de mi respuesta al morder e inutilizar las cuatro ruedas de su ideología ambulante. Y si no es así, tenga al menos la última decencia de callarse.

Mientras tanto, el espectáculo americano nos ha mostrado otra vez el encanto fascinador de sus farolillos y de sus intercambiables escenarios de quita y pon. Y de esta forma, los mercados financieros europeos acogían con alborozados números azules la reelección del candidato que nos encandiló con un inspirado truco de chistera  que le oscureció la piel, ingeniosa vuelta de tuerca que nos hizo olvidar que más adentro (mar adentro) el espacio era tan desértico y desolador como siempre.

Hablando de América, de desiertos y de desolación, me acerco a la estantería y vuelvo a abrir las páginas del dislate más genial, a la vez que extravagante, espinoso y huidizo, que de allí nos ha llegado durante las últimas décadas. Por cierto, la reseña más lúcida que leí sobre la publicación la encontré en The Barcelona review, firmada por el recientemente galardonado con el Herralde Juan Francisco Ferré. Tal vez no todo esté perdido.



Autor: D. Foster Wallace
Título: La broma infinita
Impresión: 9.0

‹‹[…] incongruencia figurativa, humor negro, comicidad desbordante, inventiva circunstancial, inteligencia especulativa, imaginación perversa, metáforas deslumbrantes, sátira cruel, nihilismo hilarante, ironía corrosiva, sin olvidarnos del malsano sentido de lo grotesco (marca de la casa) en la minuciosa observación de la vida cotidiana.››.

Estos son algunos calificativos con los que Juan Francisco Ferré trataba de describir ese artefacto inaprehensible y genial que es La broma infinita. En primer lugar, quien lo haya leído en castellano, seguro que más de una vez ha pensado (y se ha compadecido) en los traductores Marcelo Covián y Javier Calvo, no solo por su trabajo titánico, sino por el exquisito equilibrio entre el respeto por el original y la adaptación a los modismos de las jergas españolas. En segundo término, al cerrar el libro tras más de 1200 páginas de letra apretada, de las cuales más de cien son notas con las que el autor aguijonea con saña al agotado lector, la impresión es abrumadora. La broma infinita es, sin duda, lo que más se acerca a la novela total que yo haya leído. Para lograrlo, el autor enreda una serie de relatos, luego les quita el esqueleto que sustenta los hilos de la narración y por fin, los deja caer y los presenta como un bucle informe y adictivo, sin principio ni fin, que consigue su objetivo de agobiar de manera admirable a un lector desprevenido, que pasa de la sorpresa inicial a una suerte de antipatía irracional según va perdiendo las coordenadas de la novela (incluso de las coordenadas más posmodernas), para terminar rendido ante esta enorme catedral que consigue mantenerse solo con la fuerza de la adicción, pues el autor prescinde de cimientos, de muros y de columnas, de cúpulas, de ornamentos al uso, de una planta identificable y, en fin, de cualquier elemento sólido que le proporcione alguna identidad mínimamente estable.

Los relatos o tramas que componen la obra, novela de novelas, son variados, pero tienen en común la autoparodia, es decir, la parodia de cualquier género ficcional, incluido este pastiche: los argumentos oscilan desde la truculencia de las adicciones más cenagosas hasta la ironía política, pasando por alguna historia de amor protagonizada por una mujer sin rostro (relato lírico especialmente hermoso), una parodia de las sagas familiares nucleares, la de los Incandenza, una hilarante y caricaturesca historia de espías y terroristas, una novela de ciencia ficción sobre una película que fascina hasta el punto de asesinar a sus víctimas, una denuncia ecológica encarnada en la “gran concavidad” (enorme vertedero en el que la toxicidad ha generado todo un submundo de mutaciones y aberraciones, un ensayo social con academia de tenis como telón de fondo, etcétera. Y todo ello, en un teatral guiño al mercado (único referente sólido al que aferrarse), en un entorno temporal enajenado y subsidiado, o sea, en un tiempo vendido al mejor postor.

¿Qué más puede pedirse? Tal vez un mensaje que late a lo largo del volumen: todos somos adictos (empezando por los que hayan logrado terminar la novela), esto es, todos buscamos perchas a las que asirnos para seguir andando: dioses, drogas, artes, culturas y subculturas… En resumen, toda una experiencia que transita y supera con creces la particular senda que transitaron autores tan presuntamente contraculturales como Pynchon o Gaddis. - (Marzo 2012)

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