Es muy probable que el porta(voz) del Partido Popular en el Congreso no haya caído en la profundidad de su oxímoron “pijo ácrata”. Ser de manera simultánea ácrata y pijo (suponiendo algún consenso en cuanto al significado del último vocablo) no parece posible, o tal vez sí. Veamos pues. Si por algo se caracteriza la cultura posmoderna (además de su dudoso gusto por el pastiche y de su manía por disgregar y mofarse de los cuatro referentes éticos y estéticos que sostenían la modernidad) es por hacer posible lo imposible, por conciliar lo irreconciliable en un espectáculo totalizador, vouyerista, indoloro, enajenado y servil al que rebautizamos y volvemos a llamar “cultura”. Y así claro que cabe en el mismo saco lo pijo y lo ácrata, los perros y las flautas o el qué y el cómo. Porque hemos aprendido a etiquetar para así domesticar conceptualmente. Al decir domesticar me refiero a la capacidad de asignarle a cualquier cosa la cualidad de ser medible en términos de cantidad, de que pase así a ser intercambiable y por tanto vendible en cualquier mercado. Por eso, el indocumentado portavoz tal vez no lo sea tanto. Si etiquetamos al juez podremos mofarnos de su auto y podremos también hacerle bailar en este luminoso y artificioso circo de mercadillo en el que estos políticos de mierda quieren convertir el ruedo de la convivencia.
La literatura, cómo no, no se escapa –y cada vez menos- de ese espacio de intercambio y de mercadeo. Pego a continuación una cita un poco larga (para que no se diga que está descontextualizada) de La ética de la crueldad, de José Ovejero, último volumen de no ficción que he leído y premio Anagrama de ensayo 2012. La cita puede encontrarse entre las páginas 36 y 40 del volumen.
«La literatura debe ser entretenida, afirman con frecuencia los propios escritores, y el público asiente. Qué obligación más rara; no debe ser profunda, sino entretenida. El mayor pecado de la literatura, dicen también, es aburrir. Sin embargo, a mí me gustan algunos libros que a ratos me aburren y a ratos me inquietan y sobre todo que a ratos me exigen trabajo. Porque he ahí el quid: lo que entretiene no exige esfuerzo; es inocuo, anodino, puede ser gracioso e ingenioso, ocurrente e incluso inteligente, quizá, en el mejor de los casos, provocar una emoción estética, pero no debe costar trabajo. La literatura como laxante, que no haya que apretar. La literatura como sorna, para que no se nos vaya a ocurrir ocupar la mente con algo desagradable o inquietante; no inquietante como un serial killer de mentirijillas, sino inquietante como algo que no nos deja seguir siendo como éramos antes de leer el libro, que nos saca de la cómoda horma en la que hemos ajustado nuestras vidas.
La defensa del entretenimiento como rasgo principal del arte es una manera de congraciarse con el público, que desconfía de todo lo que huela a elitista, es decir toda obra que se sitúe por encima o más allá de lo que sabíamos de antemano; este lenguaje para las masas no es ni mucho menos un síntoma democrático, sino que está al servicio de la ideología hegemónica, la impuesta por el mercado, poco interesado en las minorías, pues el beneficio se encuentra sobre todo en productos de consumo masivo, y aún menos interesado en transformaciones no tuteladas. En nuestra cultura posmoderna, producto del capitalismo tardío como ya explicó Jameson, la defensa del pasatiempo cultural frente a cualquier consideración ética parece la respuesta lógica; en este mundo en el que las cifras priman sobre cualquier argumento de calidad o utilidad social, la inmensa mayoría de los escritores ha abandonado la idea de que el arte pueda transformar siquiera mínimamente la realidad. Lo que vende es lo que importa, porque el mercado no conoce otra moral que la eficiencia. Es bueno lo que se multiplica. Necesita generar consenso y evitar las disensiones que puedan perturbar la distribución de los productos. Importa la paz social, no la justicia; si se acepta la voluntad de las mayorías es porque se trata de mayorías conformes, es decir, con voluntad pasiva, convencidas de que el cambio es imposible e incluso peligroso. Y los medios de comunicación, que por supuesto no son ajenos al mercado, amplifican ese credo abriendo sus páginas a aquello que tiene éxito; la calidad es un criterio elitista con el que no puede flirtear un director de un suplemento literario. También porque hablar de lo exitoso significa aumentar el número de lectores potenciales que podrían interesarse por las páginas del periódico, muchos más de los que lo harían si se dedicasen a escritores minoritarios.
La literatura entonces se vuelve juego seductor, cosa a la que habría poco que objetar -¿por qué vamos a condenar el juego o la seducción?- si no fuese porque deja de ser todo lo demás que puede ser la literatura. El espacio para la disidencia militante se reduce a unas cuantas voces que por discordantes acaban sonando machaconas, de predicadores obsoletos que no se enteran de por dónde va el mundo. Como esos individuos de mirada extraviada que se pasean por algunas calles de Estados Unidos con un cartel que dice: EL FIN ESTÁ CERCA. Y los que pasan a su lado cambian de acera o sonríen con condescendencia.
En este marco de cultura liviana, incluso la violencia se transforma en representación inocua. La violencia y la crueldad en la literatura y el cine son, la mayoría de las veces, puro entretenimiento, están ahí para producirnos el cosquilleo que nuestras vidas ya no nos producen. No es una violencia subversiva, al contrario, es lenitiva porque hace soportable nuestro insoportable aburrimiento. Igual que de los viajes, extraemos de las películas y las novelas experiencias que echamos en falta pero que no nos atrevemos a buscar en nuestras vidas. Somos turistas de las grandes emociones, nos acercamos a ellas pero no demasiado, visitamos los campos de batalla de la existencia cómodamente sentados en una butaca. Miramos la muerte de frente pero nadie muere. Matamos a través de intermediarios y por tanto no necesitamos sentirnos culpables de nuestros impulsos agresivos. Somos voyeurs espiando por un agujero de la pared a los vecinos, que hacen el amor mientras nos masturbamos tristemente.
Aunque en algunas obras gore sí hay una voluntad de transgresión –y toda transgresión pone en tela de juicio la validez de los límites existentes y es por tanto una invitación al cambio-, también en estos casos la mayoría suelen limitarse a dar a su público exactamente lo que esperan, las emociones fuertes que no puede encontrar en el mainstream destinado con frecuencia a un público familiar o más conservador que no está para sobresaltos y prefiere que los libros “acaben bien” y que siempre el mal sea castigado. La profusión de sangre y vísceras, la brutalidad empleada en las relaciones sexuales que podemos encontrar en películas que concurren a festivales de cine de terror y en algunos libros de este género, suelen ser tan poco transgresoras como las películas pornográficas que ofrecen muchos canales a partir de ciertas horas de la noche. Más que atacar la moralidad establecida, son una válvula de escape a la represión que toda moral impone, pero no cuestionan esta, sencillamente invitan a olvidarla durante unas horas en la oscuridad del cine o en la clandestinidad de la propia vivienda. Son obras perversas, en el sentido que da Zizek a la perversión, porque permiten la transgresión sin cuestionar la autoridad. Gracias a ellas nos asomamos al horror pero con la seguridad de que no nos perseguirá en nuestras vidas una vez que hayamos cerrado el libro. ¿No es magnífico? Vivir experiencias intensas que no afecten lo más mínimo al discurrir de lo cotidiano, soñar pesadillas pudiendo decidir cuándo abrir los ojos. Y todo ello sin enfrentarnos a la pesadilla de lo real, sin mancharnos las manos, sin desafiar al poder ni a sus perros guardianes. Refugiados en el sueño de la razón, abrimos la puerta a monstruos que no pueden hacernos daño, evitando a un tiempo la confrontación con aquellos que exigen nuestra sumisión: sustituyendo el horror real por la pesadilla, nos despojamos de cualquier posibilidad de acción y aceptamos nuestra condición de espectadores. Obtenemos el placer no de nuestros actos sino de nuestras representaciones.»
No es que esté de acuerdo con la totalidad de la cita, aunque el grado de mi acuerdo es lo de menos. Lo que sí parece cierto es que la inmensa mayoría de la literatura ha perdido los dientes, si es que alguna vez los tuvo, es decir, que se ha desactivado su capacidad provocadora, la posibilidad de abrir grietas, de mirar de otra manera, de desnudar al poder, de subvertir el lenguaje. La literatura es, como el resto del arte, puro entretenimiento, tom-tom-tómbola, analgésico o adormidera, espectáculo y ruido, pero sobre todo, la literatura es tan trivial e intercambiable como denuncia su precio. Thomas Mann nos decía que “la cultura no es otra cosa que la devota y ordenadora, por no decir benéfica, incorporación de lo monstruoso y de lo sombrío en el culto de lo divino.” Eso, (escrito poco después de finalizar la Segunda Guerra Mundial), aunque solo fuera eso, se nos antoja ahora pretencioso e inalcanzable.
Solo un ejemplo, que esto empieza a hacerse ya muy largo. El otro día asistí a una de las réplicas de la manifestación del 25-S. Cuando subía por el Paseo del Prado rumbo a Cibeles, antes de la comitiva de furgones policiales que amedrentaban al personal, encontré un puesto en el que se vendían camisetas y sudaderas con algunos de los lemas con los que pretendíamos incendiar el Congreso. Desde luego, no pude evitar comprar por diez euros una de esas sudaderas, muestra perdurable de la larga mano de la libertad de mercado. Sin embargo, a nadie ofendió aquel puesto, aunque sí las lecheras que defendían la legitimidad de ese mismo mercado.
Por fortuna, todavía algunos autores y algunos libros tienen algo sobre lo que hablar, aunque para eso tengan que acercarse tanto al territorio de la locura como le ocurre al volumen que hoy recomiendo.
Autor: S. Sontag
Título: Estuche de muerte
Impresión: 7,7
La novela, una de las primeras publicaciones de Sontag es hoy considerada uno de sus textos “de culto”, signifique eso lo que signifique. Narra una claustrofóbica historia de tintes psicoanalíticos que poco a poco va perdiendo la conexión con la realidad para introducirse en la zona más tenebrosa del subconsciente; y todo ello a partir de un hecho tan verosímil e inocuo –incluso tan trivial- como es el apacible viaje en tren de un técnico de marketing a una convención de su empresa. El tren, sus compartimentos, sus etéreos moradores o los túneles que atraviesa (en los que los individuos se perciben y actúan con patrones oníricos pervertidos (no sujetos a una moral convencional), son algunos de los referentes simbólicos con los que la autora nos cuenta algo parecido al impulso suicida enmarcado en el sueño, pero con un estilo narrativo tan natural (similar en ocasiones al género negro), que el desprecio del lector por la aberrante irrealidad onírica se descubre falso, amedrentado e hipócrita cuando choca y contrasta con el formalismo familiar de su narración; y sin duda es este, el contraste entre la pluma que cuenta y la subversiva incomodidad de lo contado, el rasgo más interesante del relato que nos arroja Sontag.
Las obsesiones degenerativas que van minando una civilización empobrecida, el miedo ancestral a que el reflejo de Narciso no sea Narciso, esto es, a la deformidad y la desintegración que nos puede devolver el espejo, la ambivalencia de la oscuridad (barrera impune para el deseo domesticado en masturbación solitaria, a la vez que relajación de la racionalidad y de las ligaduras éticas que la constriñen), crean un escenario que Kafka (y seguro que también su Godot de compañía, el de Sontag,) habría aprobado con una torcida sonrisa, pues su vinculación con el mito, con el inconsciente colectivo, son herencia del torturado dolor expresionista.
Novela hipnótica e interesante, aunque tal vez no sea la más adecuada para introducirse en la polifacética, provocadora, inconformista y poco encasillable autora neoyorkina. - (Abril 2005)
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