miércoles, 17 de octubre de 2012

Lluvia de premios

No puedo valorar el reciente Nobel de literatura de 2012, pues nunca he leído al galardonado Mo Yan. Solo lo conocía de alguna reseña aparecida sobre sus escasas traducciones al castellano y por la espléndida versión cinematográfica de Sorgo rojo. Parecía cantado que este año al Nobel le tocaba viajar a Asia, aunque en las apuestas fuera el japonés Murakami el favorito. Los que conocen a ambos escritores no dudan del acierto del jurado. Habrá que confirmarlo.

En primer lugar me alegra por la pedrea que le ha caído a la modesta editorial Kailas, que hasta ahora se ha atrevido a publicarlo en España, aunque a la vista del negocio seguro ya se han entrometido los editores de siempre. En segundo lugar, reviso mis lecturas de la última década y compruebo con algún rubor que en ese período solo había leído a un escritor chino, Gao Xingian, que también recibió el Nobel en el 2000; si no fuera por eso tal vez andaríamos hueros. El etnocentrismo y sus erosivas rutinas hacen su trabajo con delirante rigor y envidiable eficiencia. Comprueben si no el número de galardonados suecos a lo largo de la historia del Nobel en comparación con los dos únicos premiados chinos. Comparen ahora la población de ambos países y hagan las reglas de tres que estimen convenientes a ver si les cuadra.

Sí puedo valorar, sin embargo, al reciente Premio Planeta, de quien leí una de sus últimas publicaciones protagonizadas por la pareja de la guardia civil que le ha llevado al galardón. Se titulaba La estrategia del agua y, en el mejor de los casos, podría calificarse de volumen mediocre, estereotípico y simplón. No voy a traerlo al blog porque hace algún tiempo decidí que, salvo excepciones que realmente mereciesen la pena, no perdería ni mi tiempo ni el de un posible lector con panfletos de este jaez, y mucho menos para darle publicidad a envoltorios vacuos que sobreviven exclusivamente gracias a la respiración artificial proporcionada por el marketing planetario. En este caso, el galardón sí que va a juego con el autor premiado, como viene ocurriendo durante los últimos años con este y con los otros dos premios de este grupo editorial, el Nadal y el Primavera. Si ellos se lo guisan, que también sean ellos quienes se lo coman.

¿Y qué decir del Premio Nobel de la paz? Otorgárselo a una institución que después de medio siglo todavía no ha sido capaz de darle algún protagonismo al Parlamento, la verdad, suena un tanto extraño. ¿No habría sido más diáfano premiar al Bundesbank o a la presidencia alemana directamente? Creo que el europeísmo ha de ser defendido, pero no este simulacro que solo sirve a unos pocos intereses tan concretos como despreciables. ¿Cómo construir una Europa hecha de pueblos y culturas cuando todos los Estados miembros tratan de maximizar sus réditos económicos minimizando sus aportaciones? Eso incluye a Alemania, pero por supuesto, también a España, aunque en estas horas bajas estemos en disposición bastante poco presentable para defender nuestros intereses (me refiero, claro, a los del sistema financiero y los de las grandes empresas españolas, que por lo visto, también hemos de hacerlos nuestros, imitando al gran Berlusconi cuando identificaba a su país como “Italia S.A.).

Por cierto, también se ha comunicado la ganadora del Booker, premio que se autorretrató el pasado año cuando anunció que tendría en cuenta la “legibilidad” de los finalistas, criterio que ayuda poco al arte, pero mucho al mercado que lo mueve. No se les ocurrió mencionar razones más literarias como la calidad, el riesgo, la innovación, etc. Tal vez por eso este año ha recaído en una novela histórica. ¿Tendrá razón Félix de Azúa cuando afirma que el arte murió allá por la década de los setenta del pasado siglo?

Dejándonos de farándulas y famoseo, volvamos a la literatura, al rincón del cuento, y más en concreto, a una de las parábolas más sugerentes, hermosas y características de la temática preferida del genial autor checo. Que la disfruten. No sé si es legible, aunque ciertamente mejora en una segunda lectura.



Ante la ley
Franz Kafka

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

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