Es bien sabido que algunos de los mejores escritores del último siglo se han regodeado carcajeándose del lector que buscaba apuntalar sus cuatro referentes éticos en la ficción y, a cambio, les entregaban –y nos siguen entregando- una sarta de mensajes más o menos provocadores y coherentes (la incoherencia suele jugar a favor de la pérdida de asideros) que dejan al lector, al ingenuo y al avisado, con los pies en el aire, perdidos los apoyos, con ganas de enchufarse al primer programa de televisión que lo devuelva a territorios tan conocidos como anodinos, pero también reconfortantes y cálidos.
Lolita de Nabokov es un buen ejemplo, no tanto por el tema tratado (imagínense el escándalo que hubo de suponer hace medio siglo), sino por la importancia que el escritor atribuye a la forma, frente a un argumento escabroso que, a pesar de los juicios de rechazo que genera, el autor desprecia premeditadamente y lo aleja a un segundo plano más que revelador. En otros términos, los escritos de Primo Levi sobre su experiencia con el Holocausto nos dejan igualmente inermes. Muchos son los libros y películas que se han elaborado sobre los campos de concentración y el asesinato en masa de judíos y de otras minorías raciales, pero en la mayoría de ellos nos asimos a nuestros referentes y reforzamos así las categorías morales, porque sabemos con quién identificarnos y a quién repudiar. Primo Levi nos viene a decir que más que ingenuos, lo que somos es absolutamente frívolos –además de perezosos- por esa necesidad de tomar partido como sustituto de la reflexión. También nos dijo que los supervivientes de esa barbarie, él y todos esos con los que nos hemos hartado a llorar en el cine más edulcorado y convencional, eran tan culpables como los ejecutores que obedecían órdenes.
Onetti también nos ofreció en El astillero todo un tratado ético cuando supo mostrarnos una realidad que no presentaba ni un centímetro cuadrado de suelo pulido, y para ello se desentendió de los personajes y de sus actos, de sus esperanzas y de sus insomnios y los dejó vagar por un infierno tan desazonante que solo el lector enfermizo se acercará al resto de la trilogía. Canetti hace algo parecido en su Auto de fe. Se aleja de los personajes, los dirige desde el sillón y con la batuta del ángel caído y se esfuerza –y a fe que lo consigue- en que el estupefacto lector no encuentre ni un solo resquicio en el que agarrarse para identificarse con ninguno de ellos, porque la absolución y el perdón solo se conceden desde un plano ético superior (solo perdona el que tiene las riendas de la autoridad moral), y Canetti se empeña en impedir el acceso del lector a ese plano.
De esta forma podría recordar algunos otros ejemplos de literatura ética, pero no de la que espolvorea a gusto moralina sobre escenarios y personajes, sino de la que desnuda esas convenciones, las desmaquilla y nos las presenta tal como son, instrumentos para la conservación (por tanto conservadores y al servicio del poder) de un determinado modelo social. Tal vez por eso, para mimetizarme con el paisaje otoñal, hace poco quise releer otro volumen que con los ropajes de la ficción nos ofrece todo un tratado moral que todavía hoy (y de eso doy fe) nos remueve hasta lo que creíamos más firme, o más impermeable, o íntegro, o lo que sea. Me refiero a El cero y el infinito, del inclasificable Koestler, un libro imprescindible si queremos ir un poco más allá de las moralinas simplificadas con las que nos han adiestrado, pildorita a pildorita, sobre la historia del último siglo. De hecho, si lo leen en la última reedición que se ha publicado, la reflexión que Vargas Llosa vierte a este respecto en el prólogo es tan pueril como desenfocada. Más ajustada es, claro está, su valoración literaria, pues en ese terreno no hay quien le tosa.
Autor: A. Koestler
Título: El cero y el infinito
Impresión: 8,9
La piel de Koestler presenta buena parte de las cicatrices que fue marcando el siglo XX en la sufrida Europa, pero su cerebro también: desde sus tempranas veleidades sionistas, pasando por su cortejo a la muerte en una cárcel sevillana, por su abrupto alejamiento del comunismo tras el pacto germano-soviético, por su paso por el campo de concentración antes de terminar la guerra mundial, por su deriva cientifista posterior, hasta su planificado final ya en los años ochenta. Tal vez por eso se ha dicho que su vena artística está eclipsada por la de pensador, y que sus novelas son fundamentalmente ensayos camuflados.
El cero y el infinito fue escrito en 1940, cuando la contienda mundial estaba recién comenzada e inmediatamente después de su desafección con el comunismo. Y lo que en ella se refleja es esa desafección, el desencanto con otra causa que le había llevado incluso a bailar con la muerte durante muchas noches tres años antes. Pero Koestler no escribe una novela de buenos y malos ni un panfleto como los que abundarían unos años después al calor de la guerra fría. Koestler construye un minucioso edificio con toda la frialdad de la lógica marxista en el que ellos, los que exterminaron en masa a la primera generación de compañeros revolucionarios en los años treinta, esto es, a los que lucharon desde las mazmorras zaristas, sí, ellos tenían razón, porque la razón nunca es individual y asume que el fin justifica cualquier medio. Por eso la lógica estalinista es siempre explicable en términos matemáticos, aunque en esa lógica no quepan ni el cero ni el infinito: el cero porque es una “ficción gramatical” que parte del “yo” (capitalista y romántico) frente a la apisonadora del “nosotros” que construirá la historia. Por su parte, el “infinito”, por su propia indeterminación, siempre es sospechoso. Y esta es la única falla de esa lógica cubista, hecha de hormigón y acero, que planificó sin pestañear la muerte de unos cuantos millones de agricultores. Esa lógica materialista solo quiebra cuando causa y efecto se confunden, cuando medios y fines son indisolubles, pues entonces los primeros moldean a los segundos.
«El Partido enseña cómo el infinito era una cantidad políticamente sospechosa, el yo una cualidad sospechosa.»
Rubashov es un revolucionario de la primera hornada que llegó a estar en la cima del poder, detenido ahora como tantos otros bajo el mandato de Stalin (en la novela El número uno). Está acusado de numerosas falsedades que se resumen en el complot contra el Estado con fines contrarrevolucionarios. Con el fin de que confiese, en los interrogatorios apenas se utiliza la coacción física, sino que se apela a su fidelidad a la lógica de la revolución para que entienda que, si bien no ha cometido exactamente los crímenes contra el Estado de los que se le acusa, su indecisión y su apertura a la “ficción gramatical” (a la sugestión del YO) podría hacer peligrar la revolución. Las acusaciones formales no son más que simplificaciones para que las masas poco instruidas las entiendan con facilidad; lo importante es que el acusado ha perdido la fe ciega en la construcción colectiva de un país sin esclavos. Rubashov terminará firmando su acuerdo con todas las acusaciones y con ello su pena de muerte, pues en buena lógica ellos se han apropiado de la razón y, de esta forma, el último favor que puede hacerle a la revolución es capitular y aceptar voluntariamente el tiro en la nuca que dictará el veredicto.
«Las tentaciones de Dios siempre han sido más peligrosas para la humanidad que las de Satanás. Mientras el caos domine al mundo Dios será un anacronismo y todo compromiso con nuestra conciencia una perfidia.»
Eso es lo que nos transmite Koestler, un tratado práctico de ética que se aleja de las parábolas moralizantes para explorar su origen hasta las últimas consecuencias, hasta dejar sin aliento al lector.
«Nosotros os traíamos la verdad y en nuestra boca sonaba a mentira, os hemos traído la libertad y en nuestras manos se parece a un látigo, os hemos traído la verdadera vida y allí donde se eleva nuestra voz los árboles se desecan y se oyen crujir las hojas muertas, os hemos traído la promesa del porvenir pero nuestra lengua tartamudea y se traba.»
El fiscal acusador diría que sí, que todos esos artificios lingüísticos (además de unos cuantos millones de asesinatos necesarios) pueden ser ciertos en el capitalismo corrupto, pero si no somos capaces de diluir al individuo en la colectividad, en el Estado común, cueste lo que cueste, el enemigo habrá vencido. En fin, un volumen que todavía hoy sigue siendo indispensable. – (Octubre 2012)
No hay comentarios:
Publicar un comentario