domingo, 28 de octubre de 2012

La alargada sombra de Don Julián

No hemos tenido bastante con la reciente lluvia de premios, empezando por el Nobel y terminando por el Booker, que ahora viene el Señor Marías, Don Javier, y pone patas arriba el empobrecido gallinero cultural, rechaza el nacional de literatura en su modalidad de narrativa, entre otras cosas porque, según nos cuenta, ni su padre ni Benet lo recibieron, lo que sería evidencia, parece ser, del injusto compadreo que anima el cotarro.

Me parece bien que Marías rechace los premios que quiera, sobre todo si ese desplante viene motivado por la denuncia de los enredos en los que, efectivamente, se ha visto envuelto el galardón durante los últimos años, lo cual, por otra parte, a estas alturas, no debería sorprender a nadie en lo que atañe al circo de los premios. Lo que no termino de ver tan claro son las justificaciones, en las que mezcla a su padre, a Benet o a la desnutrición más severa a la que nuestros gobernantes están sometiendo a las redes públicas de bibliotecas. Ese galimatías huele un poco a ruido mediático, a remedo gestual de Sartre, o eso me parece. ¿No habría sido más efectivo aceptar los veinte mil euros, convocar a los medios y, en un gesto que muchos habríamos aplaudido, entregar el cheque a esas bibliotecas con el fin de paliar, aunque sea de manera simbólica, su escualidez, denunciando de paso el desatino de las políticas culturales?

Más importante que el gesto me parece el hecho de que se haya elegido para el premio una obra menor de Marías, que se debe estar forrando con tanta publicidad gratuita. Esto es lo que le faltaba a su autoestima, ya de por sí subidita. En fin, aquí les dejo con el descendiente de Don Julián.



Autor: J. Marías
Título: Los enamoramientos
Impresión 7,2


Partamos, para que quede claro por si todavía se dudaba, de que Marías es un buen escritor, sin duda uno de los más notables narradores españoles de las últimas décadas. Dicho eso, puesta la pica canónica en Flandes, vayamos a este libro

‹‹[Sobre argumento y novela]: Lo que le pasó es lo de menos, y lo que ocurre en ellas da lo mismo y se olvida una vez terminadas. Lo interesante son las posibilidades e ideas que nos inoculan y traen a veces de sus casos imaginarios. Se nos quedan con más nitidez que los sucesos reales y los tenemos más en cuenta.››

En efecto, algo así es lo que entiende el autor por una narración novelada, lo cual, por otra parte, es de agradecer en la mayoría de los casos, pues eso está, por ejemplo, en el universo literario de Nabokov, y de ahí (de la digresión y del detalle) surgieron obras para el recuerdo.

En esta línea, la trama argumental podría haberse reducido a no más de cuatro o cinco páginas, como suele ocurrir con los relatos del autor, que no van más allá de tenues excusas melódicas para construir las florituras orquestales a las que es tan aficionado. Una mujer todavía joven, empleada en una editorial, se entera de que un hombre al que apenas conocía, únicamente de verlo con su mujer en la cafetería donde los tres coincidían para desayunar, ha muerto asesinado por un “gorrilla” indigente que lo cosió a navajazos. Tras ir a dar el pésame a la viuda, María Dolz, la protagonista, conocerá entonces a un cuarto personaje amigo del matrimonio, con quien se establecerá una relación peculiar. No desvelo más, pero el resto podría resumirse en otras tres o cuatro líneas.

El argumento, más que novelesco es telenovelesco y a menudo inverosímil, o al menos forzado. Eso no creo que a Marías le suponga ningún problema, pues siempre le han interesado más las ondas del agua en el estanque que la piedra que las ha generado. Para él la trama es únicamente un armazón necesario en el que edificar su etéreo mundo perceptivo:, una justificación, una derivación periférica, lo que podría haber ocurrido si cambiásemos la condición más insignificante, la digresión especulativa, la tragedia de la pérdida y el diálogo con sus fantasmas (otra vez aquí tan shakesperiano como siempre), la intercambiabilidad de los personajes, la permeabilidad de sus discursos, imposibles y teatrales, la relevancia de lo no dicho o de lo no sucedido, el atisbo de múltiples futuros que habrían sido posibles, etcétera. En definitiva, Marías en estado puro, tan sólido y rocoso como siempre, ocasionalmente brillante e ingenioso a ráfagas, aunque algo más pesado, desmejorado, opaco y falto de chispa y de frescura.

La construcción de los personajes, que nunca ha sido el punto fuerte del autor, es aquí más endeble que en otras ocasiones. De hecho, da la impresión de que son idénticos a los de novelas anteriores. Lo mismo podemos decir del narrador, siempre en tercera persona, siempre observador, siempre especulativo, siempre circular… siempre lo mismo. En fin, una novela menor de un autor ahora correoso y pesado, tal vez en barbecho, tal vez en declive. Mal han de estar las cosas cuando el volumen fue considerado la mejor publicación de ficción en castellano durante 2011 por el suplemento literario español más influyente. En todo caso, hablamos de literatura y de un buen escritor, que no se olvide. – (Septiembre 2012)

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