domingo, 30 de septiembre de 2012

El arco de Juana y la Flecha de Mario

La semana pasada también se asomó por aquí la señora Aguirre, pues no podía obviar ni su talla política, ni su incansable lucha en soledad por una justicia que pocos entendían, ni la incomprensión de una progresía que no supo resistir la transparencia de su mirada. No, no tengo delirios febriles ni el caletre recalentado, al menos no más que hace una semana. Si no creen lo que les digo lean a continuación un extracto del artículo que Vargas Llosa publicaba en El País dedicado a la susodicha y que titulaba “Esa Juana de Arco liberal”.


No sólo ha sido uno de los escasos políticos de convicción de estos años en España; también, uno de los más populares, que más elecciones ha ganado y que, en todos los cargos que ha ejercido —concejala, senadora, ministra, presidenta del Senado y presidenta de la Comunidad—, ha conseguido impulsar más medidas y reformas de corte liberal, gracias a las cuales la provinciana capital de España de hace tres decenios es la metrópoli de hoy día y la región más próspera, menos endeudada, una verdadera potencia industrial y la de vida cultural más rica y diversificada de todo el país. Con ella al frente del Gobierno jamás se hubiera hundido España en la crisis que hoy padece

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Esperanza Aguirre libró en todos estos años un doble combate. Contra una izquierda dura, dogmática y vanidosa que se creía dueña no sólo de la verdad ideológica, sino también de la compasión, de la solidaridad y de la “justicia social” y contra una derecha conservadora y ultra, acomplejada y acobardada frente a la izquierda, desconfiada del mercado y la apertura económica, favorable al rentismo y con más intereses que convicciones y principios.

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Cuando fue ministra de Educación y Cultura del primer Gobierno del Partido Popular, la enemistad hacia Esperanza Aguirre de artistas, escritores, cineastas, periodistas, profesores, fue enorme y el ensañamiento contra lo que hacía y decía no conoció límites, sobre todo de los caricaturistas a los que, la inmutable calma con que la ministra ejercía su función como si la tempestad no fuera con ella, atizaba la ferocidad. A juzgar por las barbaridades que le decían y atribuían, la educación y la cultura en España habían caído en manos de una antropófaga, o poco menos. ¡Vaya injusticia! Pocos políticos he conocido que tengan más respeto por el trabajo creativo —artístico o intelectual— que Esperanza Aguirre y que hayan hecho más esfuerzos que ella, en su vida privada, en los escasos recreos que le deparaba su enloquecedora agenda de trabajo, para leer, asistir a conciertos o exposiciones y estar enterada del ir y venir de la vida cultural. Y, también, que haya llevado ese respeto al extremo de no haber querido nunca instrumentalizar las actividades artísticas en provecho personal.

Y, sin embargo, discretamente, lo que ella ha hecho para impulsar la vida cultural en su esfera de influencia ha sido enorme. A ella se debe, en buena parte, que en las últimas décadas la oferta cultural en la comunidad madrileña se haya multiplicado por diez, dejando muy rezagadas a todas las otras ciudades y regiones de España, entre ellas a Cataluña, que en los años sesenta o setenta era la capital cultural de España, y que esta vida cultural sea libre, diversa, múltiple, y, en ella, la iniciativa privada coexista con la pública.


Les recomiendo la lectura del artículo completo, pues no tiene desperdicio. Este caballero es el premio Nobel de literatura de hace dos años; es también el que escribió esa fantástica novela que es Conversaciones en la catedral, o ese magnífico retrato de dictador con palmera de fondo que es La fiesta del chivo o, en fin, también es el que nos hizo disfrutar con esa fascinante lucha de poderes que se destila con delicadeza y buen gusto en La guerra del fin del mundo.

Pues bien, señor Vargas Llosa, ciertamente es una pena; o le han engañado, o miente sin asomo de vergüenza o se le ha ido la cabeza o, lo que parece más creíble, un poco de las tres cosas. En todo caso, buena muestra de su insolencia es ese desprecio prepotente a “artistas, escritores, cineastas, periodistas o profesores” que, según usted, se ensañaron con su heroína con insultos y bárbaras injurias. ¿Acaso escuchó alguna vez lo que tenían que decir esos profesores que alzan su voz, por ejemplo, con injurias que muestran su desacuerdo con la segregación de niños y niñas en los colegios? Eso que a usted le parecen injurias a otros se nos antojan razones, pues esas injurias a las que usted alude las asimilamos mejor con los elevados comentarios –de alto nivel intelectual- que su Juana de Arco escupía ante micrófonos que ella creía mudos.

También afirma sin un pestañeo que conoce a pocos políticos que hayan respetado tanto el trabajo creativo, artístico e intelectual. En efecto, es usted un cínico. Ahora entiendo a los peruanos que hace dos décadas voceaban lo injusto de la encrucijada que les abocaba a elegir entre un sanguinario como Fujimori y usted, a quien dedico el primer volumen que traigo hoy al blog, por si el título le sugiere algún comedimiento. El segundo de los volúmenes también tiene dedicatoria; esta vez a los que con tanta estulticia debaten sobre nacionalismos y banderines.



Autor: B. Scepanovic
Título: La boca llena de tierra
Impresión: 7,8



Ya estamos acostumbrados a relatos que, a modo de fábula, de alegoría o de parábola nos transmiten un texto que puede leerse en dos, en tres o en más niveles sucesivos. De hecho, algunos escritores han utilizado este recurso cuando los regímenes totalitarios que los amparaban hacían funcionar la censura a pleno rendimiento. Pero otros autores como Calvino, Golding o el propio Buzzati no necesitaron sortear censores para escoger esta forma de contar y de transmitir.

Un problema de los textos alegóricos es que las imágenes relatadas a partir de las cuales se generan los espejismos, los subtextos, o, más en general, los referentes simbólicos, han de estar muy bien seleccionadas, desarrollándose con la suficiente sutileza como para no caer en la tosquedad y la vulgaridad, trampas estas en las que se resbala con mucha más frecuencia de lo que pudiera parecer.

Scepanovic es uno de los autores serbios más reconocidos de las últimas décadas y este volumen, una novela corta, es tal vez su relato más difundido. La nouvelle vio la luz por primera vez a principios de los setenta y, efectivamente, lo que en ella se nos transmite no era fácil contarlo en aquel momento a modo de ensayo o de ficción más explícita.

El relato se va tejiendo con dos voces narrativas diferentes intercaladas que van haciendo que el lector se haga una composición de lugar imposible. El primero (al que se aleja y se pone en perspectiva desde la tercera persona más o menos omnisciente) nos enfrenta a un individuo que vuelve a su Kosovo natal para decidir el modo en el que morir, tras habérsele diagnosticado un cáncer de rápida evolución degenerativa. Cuando baja del tren en una perdida estación encuentra a dos excursionistas, uno de los cuales pasará a ser el segundo narrador, este cercano, relatado en primera persona. El encuentro fortuito desconcierta al primer protagonista, quien sin otra razón más allá que el desconcierto y lo inesperado del encuentro, inicia una huída monte abajo buscando la íntima soledad que necesita para realizar su propósito. La curiosidad de los excursionistas les mueve a seguirlo, iniciándose así una persecución sin sentido a la que se irán uniendo otros lugareños. Las razones del que huye y de los que lo siguen se van diluyendo en el esfuerzo de la persecución, quedando esta como único y tautológico motor explicativo de la alocada carrera.

«Y luego todos, curiosamente –sin importar si tenían motivos para acompañarnos o, después de vernos por casualidad en nuestra carrera frenética, descubrieran una posibilidad inesperada de vivir algo insólito y emocionante-, se adaptaban con facilidad a nuestro odio y se incorporaban a nuestra multitud acelerada que, cual viento enloquecido, cual fuego mismo, se acercaba cada vez más a aquel hombre exhausto, y a juzgar por todo, ya perdido.»

Sorprende en primer lugar la fuerza expresiva de un argumento tan sencillo, que se hace todavía más transparente con un lenguaje parco que huye de adjetivaciones y circunloquios, especialmente en la primera mitad de la novela, pues después el autor introduce algunos elementos secundarios para enriquecer el relato y que, al contrario, tienen como inmediato efecto enturbiar esa transparencia inicial. La primera lectura, claro está, se relaciona con la extrema facilidad con que somos capaces de moldear víctimas y victimarios, además de la función del grupo para absorber con eficiencia las posibles culpas. Sin embargo, más me ha fascinado lo intercambiable de la relación entre perseguidor y perseguido, entre víctima y verdugo o entre amo y esclavo, su mutua dependencia y la fragilidad ética que los configura.

«Es que nosotros no estamos huyendo, ¡sino persiguiendo a alguien!»

En fin, una novela corta sorprendente, tan recomendable como poco complaciente, rasgo sobre el que se nos previene ya en el prólogo. – (Septiembre 2012)





Autor: M. Vázquez Montalbán
Título: El hombre de mi vida
Impresión: 6,4



Poco antes de agotarse el milenio, Carvalho se ve envuelto en un laberíntico entramado relacionado con oscuras y escurridizas sectas a la sombra de poderes nacionalistas, cuando inicia la investigación del asesinato de un joven perteneciente a una conocida familia en el escenario político y económico catalán. Por su parte, Charo vuelve después de siete años con él, con el hombre de su vida. Mientras tanto, un tercer hilo argumental nos remite al fax de su despacho, que no deja de escupir románticas letanías de una extraña mujer.

Con esos mimbres, el autor nos dibuja a un Carvalho cansado, casi viejo y más cínico que nunca, que se queda con las liturgias icónicas y desecha los ampulosos contenidos de los neonacionalismos y las sectas de diseño, que no son más que nuevas religiones que ni siquiera respetan los ritos. Novela menos fresca que las primeras entregas de la serie, algo turbia y tal vez confusa en algunos pasajes, pero que, sin embargo, consigue desmitificar desde la distancia, en un tono acertadamente paródico, algunas de las banderas cotidianas más respetadas en nuestro desbocado conglomerado autonómico. - (Agosto 2008)

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