Hoy me contento con referir una anécdota. El día que anunció su dimisión la señora Aguirre, un compañero de trabajo que tiene muchas cualidades pero no la de ingenuo, se asombraba por los exaltados comentarios (algunos irreproducibles) que vertíamos el resto: unos a modo de chanza, otros de alivio, alguno simplemente a modo de exabrupto, algún otro de abierta animadversión hacia la figura de la presidenta y, en fin, ninguno de nosotros mostrábamos la más mínima empatía hacia la representante del “ultracentrismo” en Madrid.
Dos días después, comentando la muerte de Carrillo, las opiniones eran menos unánimes. El mismo compañero que mostraba antes su extrañeza ahora manifestaba con rígida firmeza su versión al respecto: “No diré una sola palabra redentora del asesino de Paracuellos, como no lo haría sobre ningún otro asesino”.
Como anécdota el relato no merece comentario alguno. El filtro ideológico es fascinador y nos permite vivir en una ficción cotidiana, simplificada y fácilmente explicable en la que nos encontramos más o menos cómodos. Ficción y realidad son, por tanto, concepciones que comparten más espacios de intersección de los que cabría esperar. Vean si no la muestra que hoy traigo al blog, la cual, por otra parte, también nos remite de manera tangencial a algunas de las luces y de las sombras de Santiago Carrillo. Sobre la otra, sobre la señora Aguirre, no creo que merezca la pena el esfuerzo de relacionarla con ningún volumen de ficción, o tal vez sí. ¿Qué tal alguno de esos cuentos clásicos en blanco y negro, en los que la moralina maniquea que se transmitía se representaba a través de personajes tan planos como insostenibles?
Autor: J. Cercas
Título: Anatomía de un instante
Impresión: 8,1
Creo que es del todo coherente incluir este volumen entre las obras de ficción, porque más allá de los denodados y convincentes esfuerzos de Cercas por no salirse de lo verosímil, de no alejarse de los hechos, tanto la estructura narrativa como la construcción de los personajes proceden fundamentalmente del taller de la ficción. Pero además, como el propio autor se encarga de enfatizar, muchos de los acontecimientos del 23 de febrero, buena parte de sus precedentes y algunas de sus consecuencias han pasado a formar parte de una ficción colectiva hecha de clichés y de medias verdades que han calado en el espacio común del recuerdo.
«El último protagonista del golpe fue el teniente coronel Tejero. Es el icono del golpe, y es evidente que tenía vocación de icono y que su aspecto de guardia civil de viñeta costumbrista, o de guardia civil de poema de Lorca, o de guardia civil de película de Berlanga, el cuerpo robusto, el mostacho tupido, la mirada ardiente, la voz gangosa y el acento andaluz, beneficiaba su vocación de icono. Pero también es evidente que no era el fantoche irreflexivo que quiere el cliché del 23 de febrero.»
La intención de la obra consiste en interpretar desde diferentes perspectivas los pocos segundos en que, mientras los guardias civiles disparaban en el interior del hemiciclo, el presidente Suárez, el general Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo permanecieron en sus asientos, en un gesto lleno de otros muchos gestos, pero aparentemente heroico, mientras los demás parlamentarios escondían sus vergüenzas bajo sus escaños. Y las interpretaciones no son especialmente halagadoras para nadie, ni para los partidos políticos, ni para el ejército, ni para los medios de comunicación, ni para los tres héroes. Y es aquí, en la reconstrucción de los tres personajes donde percibimos la vocación de Cercas, que no puede olvidar su condición de escritor de ficción, pues el esmero con el que reelabora sus figuras, fundamentalmente la de Suárez, es encomiable, independientemente del acierto historiográfico de los resultados. La perspectiva de Cercas es retórica y sin duda interesada: la saña con que se reconstruye a Suárez, el paso de puntillas por los comportamientos del rey (parecería que una de las causas fundamentales del fracaso del golpe fue el acierto de Fernández Campo cuando sugirió al monarca que no recibiera a Armada en La Zarzuela) o, en fin, el desinterés por enfocar las maniobras socialistas. En todo caso, repito, desde una óptica puramente literaria, el volumen tiene un valor independiente y superior a la especulación historiográfica.
«(...) mientras que el monarca no acababa de ver claro que aquel chisgarabís servicial y ambicioso, que aquel gallito falangista, simpático, trapacero e inculto, que tan útil le resultaba como ayuda de cámara o chico de los recados, fuese el personaje idóneo para llevar a cabo la tarea sutilísima de desmontar sin descalabros el franquismo, y montar sobre él alguna forma de democracia que asegurara el porvenir de la monarquía.»
– (Septiembre 2011)
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