domingo, 16 de septiembre de 2012

Nacionalismo y ruido

Hace ahora más o menos una década, cuando todavía se fumaba en los pubs dublineses, recuerdo haberme encontrado en uno de ellos con un joven barcelonés. La memoria no alcanza para devolverme el motivo por el que la conversación derivó hacia los nacionalismos, tal vez atraídos por la historia irlandesa, aderezada con unas cuantas pintas y algún whisky bien seleccionado. Como el que enseña sus cartas para mostrar la honradez de su postura, mi compañero de barra se identificó como nacionalista catalán y, ante algún gesto reflejo por mi parte que no debía ser muy favorable, se defendió diciendo que los españolistas éramos la hostia, entre otras cosas porque cuando él venía a Madrid casi tenía que pedir disculpas por ser catalán y, desde luego, por ser catalanista. No recuerdo más de aquello, pero tras la masiva manifestación de intenciones y de gentes que las sostenían el pasado 11 de septiembre en Barcelona, me vino a la memoria aquel razonamiento exculpatorio.

No conozco ningún nacionalismo que no se base, al menos, en dos vigas de carga que le dan solidez. Por una parte se definen “frente a”, oponiendo muchas banderas, muchos agravios pasados y presentes, mucho desprecio del Estado opresor que nos explota, mucho de todo eso y, en general, muy pocas ideas de alguna enjundia. En segundo lugar, cualquier nacionalismo se basa en una concepción mítica de la historia que la filtra y la convierte en memoria colectiva, o algo así. Las hazañas de nuestros antepasados se funden con el sufrimiento de nuestro pueblo, casi siempre amenazado, casi siempre a punto de sucumbir, pero siempre dispuesto a rehacerse, a remontar el vuelo y a… en fin, a todas esas cosas de historieta infantil que tanto lucimiento dan a banderas y a himnos. Por último, cuando esa construcción nacionalista excluyente y mítica se apoya en un idioma propio, en una lengua que me identifica con mi gente y frente a otra gente, entonces tenemos toda una nación como Dios manda, porque la lengua se vive en el habla y esta adquiere el poder de nombrar y de innominar, de crear y de destruir, de salvar y de hundir.

No sé mucho de derechos, pero no tengo ninguna duda de que los catalanes, como cualquier otro pueblo, colectivo, nación, o lo que quieran ser, tienen el derecho a ser independientes. Sin embargo, no puedo evitar cierta sensación de vaciedad, de torcedura conceptual, de corrupción ideológica. Siempre me han producido algún miedo y bastante aversión las banderas: la española la primera por ser la más cercana y porque la suelen airear grupos de descerebrados que necesitan ese tipo de telas simbólicas para argumentar cuatro simplezas pueriles. Pero cuando estos días escuchaba y leía muchas de las razones que aducían algunos ciudadanos catalanes para manifestarse a favor de la independencia de su pueblo, la verdad, no podía evitar cierto encogimiento visceral debido a la entelequia intelectual que las animaba.

Los nacionalistas, como casi todos los subproductos ideológicos que se sedimentaron durante el pasado siglo, tienen al Estado como referente. Los marxistas reivindicaron el internacionalismo del que se alejaron cuando se percataron de las ventajas de un Estado fuerte que a todos iguala, atribuyéndose las funciones que en otras economías tiene el mercado, entre otras, las de oprimir y explotar. Los fascistas fueron, sin duda, quienes mejor exprimieron la mitología que daba coherencia a las parafernalias nacionalistas. El problema –que no está de más recordar- es que con tanta vuelta de tuerca marearon al bicho y lo convirtieron en un monstruo al que solo le funcionaban bien las garras. Sin embargo, los liberales tienen menos problemas con el Estado: cuanto más lo adelgacemos más dineritos tendremos para invertir y para fortalecer a los mercados que, a fin de cuentas, son los que garantizan el bienestar de la ciudadanía. ¿Les suena, verdad? Por último, los anarquistas, a sabiendas de su impugnabilidad conceptual, optan por la destrucción material del Estado y, sobre sus ruinas proponen construir otros mitos, pero numerosos y muy chiquititos, cortándoles las raíces como si de bonsáis se tratara, para limitar las posibilidades de que resurja la bestia.

No estaría mal que antes de dar el carnet nacionalista, se examinara al aspirante de algunas lecturas, entre otras, de la que hoy traigo al blog.



Autor: I. Andric
Título: Un puente sobre el Drina
Impresión: 8,2



En éste relato central (el más difundido) de una trilogía sobre los Balcanes se ha querido ver en muchas ocasiones un mapa histórico explicativo de los conflictos regionales modernos. Esto es sólo cierto en parte y, desde luego, no creo que fuera el primer objetivo del autor (uno de los galardonados con el Nobel menos conocidos en la actualidad) cuando publicó la novela en los turbulentos años cuarenta del pasado siglo.

El Drina es un río que dibuja parte de la frontera actual entre Bosnia y Serbia. En una de sus ciudades, Vichegrado, un visir turco decidió construir en el siglo XVI un imponente puente de piedra como magna obra pía que facilitase las comunicaciones entre el imperio otomano y Serbia. La novela es la historia del puente desde su construcción hasta 1914. Pero el valor literario no coincide con el histórico, sino que se apoya en el sabor de la multitud de microhistorias de la ciudad, del puente y de sus gentes narradas por Andric como si se tratara de sucesos que el recuerdo popular ha ido erosionando y deformando, pero que todavía están ahí, petrificados y convertidos en viejas historias que los ancianos se encargan de transmitir de unas generaciones a otras. A partir de esos relatos, en muchos casos anecdóticos y mínimos, sin importancia particular, el autor reconstruye la vida de un pueblo fronterizo que, mal que bien, hizo convivir durante cinco siglos a gentes y a religiones diversas.

Se trata por tanto de un collage en el que conviven los ecos que dejaron en la ciudad los grandes acontecimientos históricos (como la conquista austro-húngara en el siglo XIX) junto a anécdotas basadas en situaciones y personajes anónimos que también hicieron del puente parte de sus vidas: las peripecias domésticas de la posada, la intrepidez del tonto del pueblo o el fatal desenlace en el puente de una boda mal parida. Otras interpretaciones más grandilocuentes de la novela parecen excesivas, aunque ciertamente, en España contribuyó a publicitarla el conflicto en los Balcanes de los años noventa, medio siglo después de su publicación. En todo caso, junto a su valor como documento histórico, su lectura merece la pena en mayor medida por su peso literario. Todo un descubrimiento. – (Julio 2010)

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