sábado, 8 de septiembre de 2012

Progreso y progresía

En la última entrada, además de traer los cuentos de Maupassant, comentaba la preocupante asfixia producida por el monocultivo del habla que, curiosamente, tendría que ser el último reducto de “lo público”, del espacio colectivo de lo que es común en la expresión de un pueblo.

Una de las parcelas de ese espacio que más se han corrompido con herbicidas ideológicos procede de las construcciones simbólicas que se agrupan alrededor del transcurso del tiempo: “Linealidad histórica”, “futuro” y sobre todo “progreso” son conglomerados que se han vaciado hasta la caricatura más absurda. La historia es lineal y puede describirse en términos de escalonados estadios ascendentes que se ajustarían a un orden dictatorial solo descifrable en términos de progreso. Esa linealidad mecanicista desmentiría y arrinconaría al tiempo entendido como laberinto, como escurridiza realidad cuántica, como azarosa posibilidad borgiana. Además, el tiempo se apuntala ahora no en la historia de lo común, sino en un futuro tasado que se mide y se agota en su acepción más estrecha, esto es, en la graduación hipotecaria. Por lo demás, el futuro es eso que nunca llega, edulcorada tierra prometida, jabonoso engaño inaprehensible, siempre por venir y nunca porvenir.

No me digan que esto es una abstracción especulativa para no decir nada. Pongo un sencillo ejemplo en el campo de la significación. Si acudimos a la RAE para que nos ilumine sobre el “progreso”, encontramos esto:

1. m. Acción de ir hacia adelante.
2. m. Avance, adelanto, perfeccionamiento.

¿Queda claro? Sin embargo, a esta definición tan transparente y precisa podemos oponer otras menos diáfanas, por ejemplo, la que transcribía en el blog hace algunas semanas, en la que Alejandro Gándara nos hablaba del “progreso” entendido desde el universo semántico faulkneriano:

Progreso. Es un empujón regresivo. Siempre marcha hacia atrás. La memoria del pasado histórico es más que una invención: es una herramienta de la identidad, la consagración del grupo, la tribu o la sociedad. Cumple funciones de adiestramiento e integración. De ahí que “la memoria crea antes de que el conocimiento recuerde”.

¿No les parece que, además de mucho más hermosa e intelectualmente más proteica y sugerente, contribuye en mayor medida a enriquecer nuestra lengua y a enfangar el habla en el atractivo barrizal de lo colectivo? Se me ocurre que una imagen plástica de la primera acepción sería Eurovegas. De la segunda, de la que nos propone Gándara, habremos de quedarnos con la degeneración de la familia Compson, porque según nos dicen, cualquier acepción de progreso que no se adecue al avance o a la mejora continua (desafortunada expresión muy utilizada en la verborrea de las organizaciones productivas) ha de ser forzosamente degenerada.

La mayor parte de la progresía política ha caído en esta misma trampa semántica. Así, hace unos días, al hilo de la restricción de los servicios sanitarios a los inmigrantes no regularizados, el señor Rubalcaba se rasgaba las vestiduras diciendo que esa decisión no solo era éticamente inaceptable, sino que, más importante, era absolutamente ineficiente. Ese guiño tecnócrata a la eficiencia me dejó anonadado, pero en fin, esta es la alternativa de izquierdas que nos representa, descafeinada y cada día más desértica.

En la última entrada también hablaba de la contigüidad ideológica del cristianismo con el liberalismo lingüístico que nos asola. Decía entonces que la única distorsión la constituían los judíos en tanto que pueblo elegido. Por eso tuvo que sacrificar Dios a su hijo, para rectificar su descuido colectivizante y así instaurar la primera versión del sueño americano, siempre fascinador, siempre individual, siempre liberal, siempre espejismo.

Hablando de judíos y de historia se me ocurren algunos ecos literarios, y si a la historia oponemos la biografía, entonces me quedo con las hermosísimas recreaciones de Amos Oz.



Autor: A. Oz
Título: Una historia de amor y oscuridad
Impresión: 8,7



Si las memorias de la edad infantil suelen ser, bien un cúmulo de recuerdos que el tiempo exagera o embellece, bien parábolas basadas en la ingenuidad de la mirada del niño o, lo que es más habitual, relatos de aprendizaje más o menos transitados, en estas memorias noveladas Amos Oz nos sorprende con una hermosa narración de impresiones, en muchos casos líricas, a las que no importa el orden ni la exhaustividad, sino la fidelidad a lo que el recuerdo ha dejado a través de olores, de libros, de retazos de los cuentos que le relataba su madre, de los miedos transmitidos por la generación del holocausto o, en fin, por todos aquellos recuerdos que los caprichos del tiempo y del azar han querido rescatar con más fuerza.

Amos Oz nació cuando empezaba la segunda guerra mundial. Sus padres, judíos cultos de origen eslavo, se habían conocido pocos años antes, ya en Jerusalén, tras huir de los primeros zarpazos antisemitas. La violencia que prologó la independencia de Israel es narrada con el fervor sionista de un niño educado en el obligado y amedrentado reagrupamiento de la diáspora. Poco después, cuando todavía no tenía trece años, vivió el suicidio de su madre, asidero central de las memorias, hecha de tantas luces como sombras y personaje (pues de una novela hablamos) del que solo ahora se atreve a hablar con alguna ecuanimidad, cuando cuenta más de sesenta años. El autor deja claro desde el principio que su intención es hacer literatura, y no exponer su intimidad o sus frustraciones infantiles como si se tratase del cotilleo de un famoso vertido en la prensa rosa. Y eso le da pie para criticar al mal escritor, a la mala literatura y al mal lector. Así, hablando del lector que busca la truculencia de la intransigencia judía, los detalles del suicidio de su madre o los primeros escarceos sexuales en sus memorias, el autor advierte ya desde el principio (el libro tiene 640 páginas):

«(…) deles metidas en bolsas de plástico de cadáveres las vacas sagradas que degolló usted para ellos en su último libro, gracias. Y a veces renuncian también a las ideas y a las vacas sagradas, y están dispuestos a conformarse con lo que hay detrás del relato. Quieren los chismorreos, quieren husmear, que se les diga lo que realmente te ha pasado en la vida y no lo que después has escrito sobre ello en tus libros, que se les revele de una vez, sin eufemismos ni chorradas así, quién realmente lo hizo y cómo y cuántas veces. Eso es todo lo que quieren y con eso se quedan satisfechos.».

Por cierto, aunque no es el eje central del volumen, para alguien que no viva el conflicto desde dentro, es más que interesante la coherencia de la perspectiva con que se trata la problemática convivencia con el mundo árabe. Pero también es revelador el retrato de la Jerusalén de los años cuarenta o la descripción de la frustración que sus padres destilaron en su educación. En fin, una de las memorias más hermosas que recuerdo. – (Junio 2011)

No hay comentarios:

Publicar un comentario