Mi intención era hoy traer al blog unos pocos ejemplos de esos libros que utilizamos para rellenar las maletas que en esta época nos catapultan a playas en las que el esfuerzo reflexivo desentona con el colorido de hamacas y sombrillas. La última publicación de Vicent, alguna muestra de la incombustible Rosa Montero, un volumen del elogiado Jonathan Coe, un relato agradable y liviano de J. C. Somoza o una trama policial de Mankell podían haber sido recomendaciones literarias que, con corrección y eficiencia, ayudan a sobrellevar los sudores con olor a coco y la cháchara del vecino toallero.
Otra vez será. Se me ocurre que también hay narraciones fáciles de leer (y más costosas de digerir) que no pierden un ápice de calidad a pesar de su carga argumental, de la misma forma que, como traté de mostrar en una de las últimas entradas, es posible encontrar novela de género, incluso histórica, con un valor que va más allá de la quema encadenada de duelos al sol y de aventurillas maceradas en litros de sangre y en otros fluidos corporales.
Hay relatos que ahora podemos leer como históricos, pero que se escribieron en caliente, con un dramático ruido de fondo que, más que ofuscar, enderezó la pluma y la vistió de cronista de excepción. En numerosas ocasiones, esos relatos han pervivido como documentos de primera mano; en otras ocasiones, junto al valor documental, la calidad literaria de los escritos ha llevado a que pasen de la hemeroteca a la biblioteca, incluso a estantes de privilegio. Veamos dos ejemplos que, así lo creo, pueden hacernos olvidar el destino tórrido de cada verano.
Autor: I. Némirovski
Título: Suite francesa
Impresión: 8,0
En la Francia de 1940 los confiados y acomodados parisinos comienzan un incrédulo éxodo despavorido y caótico sorprendidos por la ocupación alemana. La inexpugnable barrera de la línea Maginot había sucumbido y con ella la mascarada frívola de todo un pueblo.
Un escritor ególatra y descreído, un honrado matrimonio de clase media, un intelectual fatuo capaz de salvar una sola pieza de su exclusiva cerámica aunque ello condene a un millón de compatriotas o, en fin, toda una caterva de personajes que comparten la huída como único elemento que les da cohesión, son los materiales con los que la autora construye la primera parte de lo que había planificado como pentalogía y que su trágica muerte en 1942 cercenó antes de iniciar su tercer acto.
Tomando como referente literario “Guerra y paz”, Némirovski narra –como un periodista alejado- a la par que se suceden los hechos, pero centrando su mirada en las reacciones particulares de individuos desconocidos. La guerra y los invasores son sólo el marco referencial (ahora es fácil decirlo y someterlo a nuestros juicios y convicciones) de un mundo en el que la podredumbre y la mezquindad -que ya infectaba a una sociedad decadente con anterioridad a la guerra- se viste de gala e inunda todo un país humillado y desorientado.
La autora, a diferencia del dictamen histórico, iguala a vencedores y vencidos en escenas que colorean un escenario tétrico. Si algo impresiona en la obra es la abstracción y la distancia que Némirovski impone entre realidad y ficción. No obstante, el verdadero valor de la novela, el que se nos ha vendido, viene dado por la tragedia de la propia autora, de la que el lector es incapaz de abstraerse y que los editores se encargan de recordar en la documentación epistolar incluida como sustituto de las tres partes que no pudieron escribirse. Sin esta referencia, la suite no sería más (ni menos) que un magnífico documento literario, un relato más que correcto, bien planificado y con una perspectiva que todavía ahora nos asombra. – (Diciembre 2008)
Autor: I. Keun
Título: Después de media noche
Impresión: 7,5
Desde hace algunas décadas se han ido redescubriendo una serie de artistas centroeuropeos casi enterrados, que desarrollaron su actividad en el primer tercio del pasado siglo. Unos muestran su desasosiego por una sociedad vertiginosa que ha perdido el norte, añorando las glorias del orden decimonónico, y otros, los denominados artistas degenerados, dieron voz expresiva a la denuncia de una Alemania totalitaria que iba absorbiendo cualquier espacio social que reivindicase alguna autonomía.
Irmgard Keun, asociada invariablemente a Joseph Roth, con el que convivió algún tiempo, pero con quien poco tiene que ver en el orden artístico, es buena prueba de la literatura degenerada, escritura expresionista que se tradujo, por ejemplo, en dodecafonismo musical. La novela se publicó en 1937 y, ya entonces, Keun fue capaz de extraer consecuencias que el tiempo corroboró al dictado de una congruencia dramática con cuya sangre se cincelaron las fronteras posteriores. Así pues, si como documento el texto es magnífico, su valor literario es también notable. El expresionismo de Keun se caracteriza por un fraseo corto, a veces armónico, pero en general discordante, en el que su irónica mirada transita entre la pretendida ingenuidad infantil y los trazos oníricos, que en ocasiones se nos muestran gruesos, muy gruesos, para pasar después a una especie de armónicos deformados, atonales y líricos. Y es aquí, cuando la angustia de la progresiva asfixia se torna solo expresión, grito sólido, petrificada forma, cuando Keun nos enseña su mejor perfil literario.
El argumento, como en algunos libretos que sustentan las mejores óperas, no tiene nada de especial. Una joven provinciana huye de Colonia para buscar aire renovado y fresco en Frankfurt. Allí la acogerá un grupo de personas que nada tienen que ver con su anterior estrechez de miras. Mientras tanto, los nazis están culminando su obra de inoculación social, llevando al paroxismo viejas banderas nacionalistas –y por tanto excluyentes- que, amalgamadas con envoltorios chirriantes venden ahora como la superación del capitalismo y el comunismo. Meses después su antiguo novio se dirige a Frankfurt para reunirse con ella, pero ni el entorno ni sus propias respuestas les darán cabida en un país donde hasta el habla se ha vuelto ajena.
Por cierto, a destacar la visión femenina del drama, su falsa ingenuidad, su certera ironía y su entonado lirismo. Y, ya que estamos, las variaciones continuas entre la narración en pasado y presente, o la alternancia entre la primera y la tercera persona de la voz que abre camino al relato, contribuyen a acentuar las texturas que realzan la expresión esquizofrénica de la locura. – (Junio 2012)
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