Permítanme referir una anécdota o, como diría Walter Benjamin, reproducir una vivencia, en contraposición a lo que él reservaba para la experiencia.
Había leído numerosas reseñas del escritor rumano Norman Manea, sobre todo de su novela autobiográfica más conocida, El regreso del húligan, y de El sobre negro. La disparidad de la crítica (siempre con la bandera bicolor de la moralidad de lo bueno y lo malo, y la autoridad que les proporcionan los altavoces mediáticos) llamó mi atención. Los críticos solo coincidían en que su literatura no podía reducirse al espacio de la narración política, sino que había sido capaz de generar un universo propio (bla, bla, bla).
Pues bien, durante la pasada feria del libro madrileña, dedicada a Italia, me sorprendió ver que se había programado una entrevista a este autor tan aparentemente inclasificable. Como el evento se anunció para la tarde del primer sábado de la feria, para no quedarme fuera, acudí con más de media hora de adelanto. En efecto, alrededor de las casetas era casi imposible caminar, y mucho menos acercarse a las editoriales de postín. Aceleré el paso y me dirigí a la carpa convencido de que, en el mejor de los casos, podría escuchar de pie y en el fondo lo que Manea tuviera a bien contarnos.
Al entrar todavía no había terminado el parloteo previo, creo recordar que referido a la imagen de la literatura española en Italia, con un aforo que apenas mediaba la sala. Aliviado, me senté a esperar con las musarañas de fondo, pues lo que allí se contaba me llegaba lejano y falto de sustancia. Cuando aquello terminó se anunció que a la salida se regalaría a los asistentes una historia abreviada de la literatura transalpina, con lo que la carpa se vació en pocos instantes. Tras una breve pausa entraron Manea y su entrevistador, un conocido periodista de El país. Con la agradable temperatura del atardecer, el público seguía acudiendo al parque borbónico, y ya no era posible dar un paso. Sin embargo, en el improvisado auditorio, apenas dos docenas de espíritus perdidos -como el tiempo de Proust- prestábamos alguna atención a las divagaciones del creador rumano. ¿Moraleja? Quizás se encuentre en la lista de autores que firmaban ejemplares esa tarde. Aún se puede consultar por ahí. En fin, desolador, aunque para ir a tono con el ambiente de liviandad veraniega, durante las próximas semanas tal vez traiga al blog a algunos de esos autores, de similar enjundia que el tinto de verano.
Autor: N. Manea
Título: El sobre negro
Impresión: 7,8
Al finalizar este volumen uno se encuentra desnudo, turbado, desalentado y, sobre todo, desorientado y falto de referencias. La literatura de Manea no se parece a ninguna otra que yo conozca, aunque a retazos algunos ecos oníricos nos suenen conocidos. La ausencia de argumento que proporcione consistencia al relato (el texto de la contraportada de Tusquets es absolutamente desenfocado) nos remite únicamente a un referente simbólico que podría parecerse a un espacio gris y sórdido en el que la decadente dictadura rumana de los años ochenta proyecta todo tipo de sombras en una sociedad que se define solo por su estética de esperpento, de pelele derrotado que se hace identificable en la parodia, en la farsa y en la caricatura esquemática de una cotidianeidad que se limita a reproducir torturadas y degeneradas sombras chinescas
El volumen se publicó a mediados de los años ochenta, cuando al autor ya no le fue posible permanecer en el país que le había dado y hurtado la lengua. El espacio referencial de la obra es similar, por ejemplo, al de Herta Müller, pero la dimensión literaria nada tiene que ver. Manea no construye un relato encasillable en lo político (suponiendo que la propuesta estética no sea también política), ni siquiera en lo social, aunque los dos ámbitos sean el combustible a quemar para que esto ¿avance?
Su narración es sinuosa, digresiva, plena de situaciones y escenas “cantábiles” que se truncan sin más, solo para repetirse en otros contextos y con otros personajes. Así pues, el lector que quiera disfrutar de su propuesta, ha de aceptarla como le viene, sin exigir coherencias ni líneas narrativas identificables. Porque Manea escoge un impresionismo simbolista que se explica en sí mismo, en su propia impostura, ni más ni menos que como la sociedad a la que se remite. Con Manea no hay trampas: o lo aceptas tal cual, sin muletas que acomoden el tránsito, o el acercamiento a su obra no será posible. Esa es su singularidad, la cual, efectivamente aleja su obra para un lector convencional; pero si nos desnudamos y la afrontamos de tú a tú, sin argumentos que desvíen la atención del hecho estético, puede resultar una experiencia literaria sorprendente. Todo un descubrimiento. – (Junio 2012)
No hay comentarios:
Publicar un comentario