domingo, 17 de junio de 2012

Historia y verano

Si en literatura hay un género estigmatizado, este es el histórico, y no sin razón, pues tras esa etiqueta se han escudado numerosos panfletos que en ningún caso deberían ser vendidos en espacios literarios. Los autores arguyen que el público también merece entretenimiento y evasión, sin más y, en algunos casos, las cifras de ventas les dan la razón, suponiendo que una cifra pueda dar o quitar razones.

El verano parece ser la época en que los lectores preferimos evadirnos con más contundencia (como adjetivaría el juez Dívar), y con ese propósito engrosamos las cifras de ventas de las editoriales más comerciales. Empiezan a oírse incluso voces que tildan de elitistas sin escrúpulos a quienes criticamos esa “literatura” y esa manera de consumirla. El problema no está en que se diga, sino en que ese tipo de idioteces comienza a tener cierta aceptación.

Todos tenemos el derecho de leer lo que queramos, hasta el de no leer nada. Todos podemos bailar enfervorecidos la canción del verano. Pero a lo que no tenemos derecho es a llevar hasta ese límite los espacios de la literatura o de la música. A leer y a escuchar música se aprende y, a la espera de la crítica zafia, hemos de tener claro que, además de un placer, es también un ejercicio –muchas veces un esfuerzo- intelectual que nos hace culturalmente mejores. Ya está bien de identificar sensibilidad con la segregación lacrimal. Somos capaces de reconocer el esfuerzo de deportistas que corren y corren con gente gritándoles para mejorar unas décimas de segundos o para meter la pelotita, pero cuando se nos dice que solo con cierto esfuerzo mejoraremos como lectores, entonces se nos tacha de minusvalorar al común de los mortales.

Como muestra de que la ficción de género no tiene porqué estar reñida con la literatura (aunque la experiencia de las listas de las publicaciones más vendidas lo desmientan día sí y día también), ahora que acabo de terminar uno de esos volúmenes de ficción que encasillamos en lo histórico (Creación, de Gore Vidal), traigo un par de magníficos ejemplares que también acuden a la historia para enmarcar la palabra.



Autor: K. Ishiguro
Título: Un artista del mundo flotante
Impresión: 8,1

No cabe duda de la maestría y versatilidad de Ishiguro a la hora de mostrarnos las consecuencias individuales de los efectos más ácidos de una sociedad en decadencia, ya sea a través de los restos de los arquetipos victorianos que planean sobre rígidos mayordomos extemporáneos, o trasladando los personajes a su Japón natal, a la encrucijada sociopolítica inmediatamente posterior a la segunda guerra mundial. Pero su versatilidad es también estilística, pues es capaz de moverse con soltura en registros tan distintos como el de la sobriedad británica, flemática y contenida, o el de la delicada nostalgia de los tonos orientales.

Tras las devastadoras consecuencias de la guerra, un anciano pintor –reconocido durante las dos décadas anteriores- inicia un proceso reflexivo sobre su carrera, pero también sobre la postura de un país que todavía no ha sido capaz de asumir el deshonor de la derrota. Él es culpable como tantos otros, porque su pintura (que pasó del mundo flotante de la noche frívola a motivos que exaltaban el renacimiento imperial) contribuyó a edificar un modelo social involucionista y expansivo (disculpen el chirriante oxímoron) que terminó con un baño de sangre que desoló el país, aniquilando a millones de inocentes, entre ellos a su mujer y a su hijo.

El autor no vindica banderas ni posturas éticas; su posición es puramente artística, reflejando con eficaz y melancólica hermosura el desasosiego culpable de una nación que observa aún aturdida cómo sus tradiciones culturales y políticas son sustituidas con rapidez y poca reflexión por símbolos occidentales ruidosos, impuestos sin ningún criterio a modo de aluvión, sin estructuras culturales que los ordenen y les den sentido.

Como en otras de sus narraciones, la perspectiva de la primera persona (lastre arcaizante en muchos autores), torturada y arrojada a un mundo que ha desintegrado sus coordenadas, es uno de los elementos más atractivos, junto a un estilo impecable y limpio, tan japonés como el de Mishima (que sobrevuela toda la obra) o Kawabata. Tal vez el hilo argumental sea más débil que en otras de sus novelas, pues la narración es premeditadamente digresiva, con abundantes meandros, excursos y circunloquios que no hacen más que acentuar la sensación de pérdida, de nostálgica incertidumbre o de naufragio culpable y desasosiego vital. – (Diciembre 2011)



Autor: J. E. Zúñiga
Título: Capital de la gloria
Impresión: 7,5

Con esta colección de relatos que obtuvo el Premio nacional de la crítica y el Salambó en 2004 y cuyo título procede de un poema de Alberti, Zúñiga culmina su trilogía de cuentos iniciada en 1980 con Largo noviembre en Madrid, a la que siguió La tierra será un paraíso.

Ahora que se cumplen 75 años del alzamiento, cansados de novelas moralizantes y sensibleras sobre la guerra, en esta colección el autor nos entrega diez cuentos cortos sobre el Madrid de su infancia, recién empezada la contienda. Se trata de hermosos relatos basados en la vida cotidiana de una ciudad que se empeña en seguir viviendo (con risas, llantos, abrazos y desengaños) tras las trincheras y los bombardeos. En el quehacer diario de unas cuantas mujeres jóvenes, el autor nos transmite con precisión y dureza, pero también con ternura y lirismo –sin caer en ningún momento en la blanda sensiblería ni en la homilía ramplona- el camino que, entre tanto pedregal sanguinolento, sigue buscando obsesivamente el deseo, la esperanza, la ilusión o la locura y el miedo, pero enmarcados en la cotidianeidad cabezona que engarza un día con el siguiente o un obús con el que, con toda certeza, caerá unas horas o unos días después.

Ya digo que los relatos son duros y homogéneos, como una tormenta de pedrisco, por lo que no es fácil destacar ninguno. El estilo es sólido y cuidado hasta el detalle. Por quedarme con algo, unos días después de cerrar el libro, en la retina sigue presente la elegíaca Rosa de Madrid y el homenaje final de Zúñiga a Gerda Taro, quien fuera pareja de Robert Capa y que murió destrozada bajo un tanque en la batalla de Brunete. Pero la imagen que mejor resume la crudeza, el hastío y el desaliento de los horrores de la guerra, tal vez se encuentre en Patrulla del amanecer. En fin, si 75 años después algo hay que recordar, quizá este volumen sea la mejor manera de hacerlo. – (Julio 2011).

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