sábado, 9 de junio de 2012

Todavía en la bañera

En la última entrada extractaba un artículo poco halagüeño sobre el porvenir de la literatura. Autores como Félix de Azúa ensanchan el ámbito funerario al conjunto del arte. ¿Y si vamos más allá? ¿Cuál es el futuro del siempre débil y ahora gangrenado tejido social?

Los medios de comunicación y sus detritos tertulianos, las conversaciones de taberna, el 15M y algunos otros reforzadores del discurso progre culpan a los políticos, a Merkel y a los bancos del empobrecimiento económico y social que nos asola.

Bien, el argumento es sencillo, fácil de asimilar y de reproducir en cánticos y algaradas, pues el referente externo siempre es cómodo para el escarnio y la mofa. Pero ¿qué ocurría hace cuatro o cinco años, antes de que el tridente maldito nos hincara su aguijón?

A pocos molestaba la depravada especulación inmobiliaria, y muchos ciudadanos que ahora nos echamos las manos a la cabeza nos subíamos a la ola e incluso ganábamos algún eurillo extra con el derroche pantagruélico de grúas y hormigones. Los fondos de inversión crecieron como nunca lo habían hecho, y nadie nos preguntábamos de donde procedían los incrementos del capital sobre los que nos informaba religiosamente nuestro banco amigo. Cuando votábamos, lo hacíamos con afán solidario, esto es, en función de que ensancharan medio metro nuestras aceras o de que disminuyeran dos cuartillos la presión fiscal, y tampoco preguntábamos qué servicios se verían afectados. Mientras los políticos añadían o hurtaban páginas a la educación ciudadana de nuestros jóvenes, el sistema educativo se iba resquebrajando sin ruido pero con ritmo sostenido, sin apenas poner trabas a los chavales que, encandilados por un salario fácil y nada desdeñable, decidían saltar la valla de la educación obligatoria para calzarse el casco, subir al andamio y realizarse en esto de erigir urbanizaciones que alegrasen costas y montes. Tampoco eso parecía importar. Los equipos de fútbol, regidos por las sobras del muy ennegrecido motor inmobiliario, pagaban hasta noventa millones de euros por jóvenes estrellas a las que luego jaleábamos en encantadores festejos rituales. Y, en fin, así podríamos seguir loando los logros de un país cuyo sistema financiero era la envidia de Europa.

Cierto es que políticos y banqueros, los más pillos de la clase, aprovecharon el filón mejor que los consumidores provincianos en festejos orgiásticos que los demás envidiábamos. Cierto es también que algunas voces minoritarias denunciaban el jolgorio. Pero igualmente cierto es que la mayoría salíamos a la calle solo en contadas ocasiones, con el chapapote, alguna huelga ritual y poco más.

Ahora lamentamos el deterioro del tejido social, ¿y de qué tejido hablamos? No quiero olvidar detalles como que el día que en Cataluña exiliaron a los toros y a sus corridas, el gobierno del Estado decidió reducir todavía más las aportaciones a la cooperación internacional. Lean la prensa de ese día y comparen la posición relativa en la que se recogieron ambos hechos. Sí, me parece del todo responsable reivindicar músculo social, pero me parecería mejor que eso no sucediera solo cuando nos tocan el sueldo, el contrato, la acera o la fiscalidad de la gasolina. La banca es culpable, pero ya lo era hace un lustro, cuando seguíamos creyendo en las bondades de sus hipotecas y en las vísceras de sus productos estructurados. Los políticos son culpables, pero hasta no hace mucho, cuando todavía nos sobraba la calderilla, han sabido recoger lo más zafio de nuestros poco edificantes intereses. Merkel es culpable, pero cuando solicita recortes, puede apoyarse en la muleta moral de haber rapado desde hace una década esos mismos derechos en su propio país. Y entonces ¿por qué lloramos? Es posible que la literatura haya muerto, pero podemos consolarnos con haberla disfrutado. Sin embargo, ¿cómo añorar un tejido social que no ha pasado de ser un espejismo?

No se trata de flagelarnos con tesón dominicano, pero sí de tomar perspectiva, aunque el vértigo nos produzca algún mareo. Desde luego, no es mi intención disculpar a todos esos que deberían mirarnos desde detrás de una reja, pero tampoco nosotros, adoradores de los 140 caracteres (mejor si tienen algún que otro cero) que reducen nuestra percepción al punto de un maniqueísmo vergonzante y zafio, tampoco nosotros debemos irnos de rositas. Sólo así mejoraremos; solo así seremos capaces de pensar en algo más que en mi casa, mi acera y mi cuenta corriente. Solo así demandaremos músculo social, educativo y cultural.

Y claro, al borde de la utopía no podemos olvidar hoy a Ray Bradbury. No conservo memoria escrita de sus narraciones cortas, algunas de las cuales recomiendo, incluso a los que tuercen el gesto con la literatura de género. Lo único que me queda por aquí es su distópico Fahrenheit.



Autor: R. Bradbury
Título Fahrenheit 451
Impresión 6,6

Este clásico de la ciencia ficción, escrito a principios de los años cincuenta, se encuentra en el mismo plano discursivo de “Un mundo feliz” y “1984”, aunque con un desenlace que se apoya en un tono más innecesariamente esperanzador. En una época que podría ser la nuestra (recordada medio siglo después), la sociedad americana resuelve destruir la interculturalidad y la apertura intelectual mediante la quema y desaparición de todos los libros, por introducir interpretaciones dobles o ambiguas que conducen a la duda y a la infelicidad. Un bombero dedicado a la quema de hogares en los que se encuentren libros, influenciado por una joven, resuelve revelarse y engrosar las filas de un núcleo resistente formado por viejos intelectuales. El argumento es fundamentalmente una fábula en la que se denuncian las dictaduras que, bajo diferentes formas, algunas de ellas aparentemente inocuas, por cotidianas y cercanas, se van propagando sin posibilidad de vuelta atrás. Tal vez ahora nos resulte demasiado evidente y lineal, incluso candorosa, la relación entre la trama y el referente discursivo, pero se trató en su época de una parábola exitosa que ejerció su influencia incluso más allá del género de la ciencia ficción y que, por otra parte, el tiempo ha ido corroborando, lo que supone que, en cuanto alegoría, los años no le hayan pasado demasiada factura, aunque el referente simbólico sí se nos antoja pobre y esquemático. A destacar el estilo del autor, que sin grandes alardes literarios, se encuentra muy por encima del género de la época. No obstante, me sigo quedando con sus narraciones cortas, espacio literario en el que se mueve con mayor soltura y en el que nos dejó algunas imágenes inolvidables. Menos afortunada es la experimental versión cinematográfica que Triffaut dirigió en 1966. - (abril 2006)

No hay comentarios:

Publicar un comentario