miércoles, 6 de junio de 2012

Réquiem en la bañera

Hoy me van a permitir colgar un testo que no es mío. Hace algún tiempo traía al blog la tesis de Félix de Azúa vertida en numerosas ocasiones, según la cual el arte agonizó allá por los años setenta del pasado siglo, quedándonos ahora solo la farsa de su impostura.

No sé si el diagnóstico es certero. Desconozco también si es aplicable a otros órdenes colindantes con lo social. El debate, a mi juicio, no carece de interés, pues separar los espacios éticos (morales y políticos) de los estéticos es tan ilusorio como pretender que en Twitter se elaboren pensamientos mínimamente complejos y consistentes. En fin, otro día hablaremos desde este prisma del asunto.

Entre tanto pesimismo (fenómeno al que me adhiero y que aliento sin rubor), celebro la aparición de una nueva editorial, que además dirige un gran lector. Se trata de Pálido fuego, impulsada por José Luis Amores, del que muchos esperamos una esmerada selección y al que le deseo con franqueza la mejor de las suertes. Los primeros anuncios no van mal encaminados. Una de sus publicaciones iniciales nos acercará a Lars Iyer, un personaje lúcido y apocalíptico que apenas difiere del diagnóstico de Azúa. De su pluma es el texto que extracto hoy, aunque recomiendo su lectura completa en el último número de la publicación digital Fronterad, también recomendable. Por cierto, impagables los consejos finales para escritores en ciernes. ¡Cuánto papel habríamos ahorrado si unos cuantos lo hubieran leído a tiempo! "Sigue tu propia estupidez como las huellas en la arena". Pues eso, amén.



 
Desnudo en la bañera, asomado al abismo (Manifiesto literario tras el fin de la literatura y los manifiestos)

Lars Iyer

[…] En poco tiempo, los autores empezaron a ser más numerosos que los lectores, y pronto quedó claro que a fin de cuentas el público no era más que una alucinación, del mismo modo que la importancia de la escritura era básicamente una alucinación.

[…]

La Literatura es un cadáver, y lleva además mucho tiempo frío. Intuitivamente sabemos que así es, lo sentimos, lo sospechamos, lo tememos y lo aceptamos. El sueño se ha desvanecido, nuestra fe y nuestro asombro han huido, hemos dejado de creer en la Literatura. En algún momento de la década de los 60 el gran río de la Cultura, la Tradición Literaria y el Canon de las Obras Sublimes se empezó a ramificar, rompiéndose en una miríada de afluentes, discurriendo con lentitud por las llanuras del delta cultural. En una cultura sin verticalidad, la Literatura sobrevive como referente primordial del efecto de realidad, o como un diploma menor otorgado por una universidad recién privatizada. Ahora bien: ¿qué era antaño la Literatura? La Literatura eran nombres como Diderot, Rimbaud, Walser, Gogol, Hamsun, Bataille y, por encima de todos, Kafka: revolucionario y trágico, profético y solitario, póstumo, incompatible, radical y paradójico, refugio de oráculos y outsiders. Kafka planteaba retos a base de emoción, su objetivo era romper moldes, alterar lo existente, a base de describir, sí, solo que sus descripciones eran devastadoras; se situaba fuera de la cultura a fin de observar bien su interior, o se instalaba en el interior de la cultura, para ver bien qué había fuera. Nadie escribe ya obras así, impregnadas de este espíritu. O, más bien, siguen existiendo, pero sólo como una parodia de modelos pasados. La Literatura se ha convertido en una pantomima de sí misma, su peso en la cultura está sobrevalorado, teniendo en cuenta que sus acciones son unidades infinitesimales que valen calderilla en el mercado de la bolsa.

¿Cuáles son las causas de tamaño declive? Se puede señalar la caída de antiguas clases y estructuras de poder, como la iglesia, la aristocracia y la burguesía. Estas grandes instituciones que lastraban el avance de las energías modernistas se han disuelto. Como la paloma de Kant, que para atravesar el aire en vuelo libre precisa de su resistencia, también el escritor necesita sentir una especie de resistencia por parte de la Literatura; el escritor necesita oponerse a algo, en su lucha por alcanzar algún logro. Y ¿a qué oponerse cuando no queda enemigo contra el que luchar? Se podría hablar de la globalización, de la absorción del planeta entero por el mercado mundial, cuyo efecto ha sido el debilitamiento de las antiguas formas culturales así como de las literaturas nacionales. Vemos cómo se eleva la idea de individuo a un punto en que el concepto mismo de idiosincrasia se convierte en un lugar común, un punto en el que términos como yo, alma, corazón y mente son jerga demográfica. Nuestra idea de lo que es tradición se ha reducido a algo tan exiguo que no tiene sentido plantarle cara; no quedan autores del pasado a los que hacer frente. Se podría apuntar como causa el populismo de la cultura contemporánea, la disolución de los antiguos límites entre arte culto y popular, así como el debilitamiento de nuestros recelos ante el poder del mercado. Hoy día, los escritores trabajan en concierto con el capitalismo, más que adoptando una postura en su contra. No eres nada si no vendes, si tu nombre no es conocido, si no acuden decenas de admiradores cuando firmas ejemplares de tus libros. Y también podríamos señalar la banalidad de las democracias liberales; al tolerarlo todo, al absorberlo todo, nuestro sistema político no da licencia para nada. Hubo un tiempo en que el arte fue oposición, pero actualmente ha sido fagocitado por el aparato cultural, y la idea de seriedad se ha visto reducida a una especie de producto kitsch para consumo de la Generación X, Y o Z. No nos faltan temas a los que enfrentarnos con seriedad: la atmósfera está en ebullición, las reservas de agua se están desecando, las dinámicas políticas nos empujan a la ingenuidad de cruzarnos de brazos como si la catástrofe no fuera con nosotros... y en medio de todo esto la Literatura ha perdido la capacidad de dar cuenta de esta tragedia. La globalización ha aplastado la Literatura, reduciéndola a un millón de nichos en el cementerio del mercado. La prosa se ha convertido en un producto más: algo agradable, llamativo, exquisito, laborioso, respetado, pero irremisiblemente insignificante. Ya no se escriben poemas que llamen a la revolución, ya no se escriben novelas que desafíen a la realidad. Ya no.

[…]

Si la historia de la Literatura es la historia de los movimientos literarios y sus posibilidades, entonces hemos alcanzado el punto en que el modernismo y el postmodernismo la han agotado. El postmodernismo, nombre que en el fondo no hace más que añadir al modernismo una dosis de desesperación, nos ha conducido al final del juego: todo está a nuestro alcance pero nada nos sorprende. En el pasado, cada gran afirmación contenía un manifiesto y cada vida literaria era una invitación a la heterodoxia; pero hoy todo es fotocopia, nota a pie de página, gesto teatral. Ni la originalidad misma es ya capaz de sorprendernos. Hemos presenciado tantos ejercicios de estilo y forma que incluso algo original en cada uno de sus componentes contiene la novedad como meta-cualidad y así nos resulta, paradójicamente, reconocible al instante.

Algunos optan por tocar los clarines del pasado, reclamando el regreso de las viejas formas, exigiendo que la Cultura vuelva a subirse a su viejo carruaje, proclamando la vigencia del concepto de autoridad literaria. Pero estas exigencias grandiosas o son vistas con recelo, o resultan irrisorias o nadie hace caso de ellas. Los “clásicos”, de la antigüedad hasta el presente, son repertorios rutinarios, como el Cascanueces en Navidad. El prestigio literario sólo existe como una forma litúrgica, tan pintoresco como una monja en el metro. ¿Quién, sino los más pomposos escritores de la tercera oleada, se toma a sí mismo en serio como Autor? ¿Quién se atrevería a soñar con archivar sus e-mails y tweets para que los lea agradecida la posteridad? La reclusión de Blanchot ya no es posible, al igual que el exilio de Rimbaud o la muerte adolescente de Radiguet. Ya no se rechaza ni ignora a nadie, puesto que se publica a todo el mundo instantáneamente, sin esfuerzos ni reflexión. La idea de autor se ha evaporado, siendo sustituida por un ejército de obreros de la tecla, que trabajan codo con codo con los publicistas y los programadores.

[…]

¿Qué es tan terrible, entonces? Entre los puestos del mercado se escucha un parloteo fascinante, el ruido de una vida estable. Que brote un millar de flores y todo eso. Tal vez la muerte de la Literatura sea el síntoma del fin de algo que ha dejado de ser necesario. Tal vez debamos aceptar esta muerte. ¿Para qué evocar el espectro pantomímico del poète maudit, las sombras burlonas de Rimbaud o Lautréamont, con su botella de absenta y los ojos inyectados en sangre? Para los más prácticos, el fin de la Literatura no es más que el fin de un modelo melodramático, una falsa esperanza que ha seguido el camino del psicoanálisis, del marxismo, del punk rock y de la filosofía. Pero quienes somos menos pragmáticos nos damos cuenta de lo que se ha perdido, lo vivimos. Junto con la Literatura perdemos la posibilidad de la Tragedia y la Revolución, las últimas modalidades de Esperanza que teníamos a nuestro alcance. Y cuando desaparece la posibilidad de lo trágico, nos hundimos en una forma de pesar sin atributos, una vida cuya enorme tristeza carece de grandeza trágica. Ansiamos la tragedia, pero ¿dónde encontrarla, cuando sólo hay lugar para la farsa? La burla y el desdén son hoy las únicas reacciones que se dan cuando alguien lee en público un nuevo manifiesto. Todos los esfuerzos son tardíos, todos los intentos son impostados. Sabemos lo que queremos decir y oír, pero los nuevos instrumentos a nuestro alcance no duran mucho tiempo afinados. No podemos repetir fórmulas antiguas ni probar fórmulas nuevas, ambas posibilidades se han alejado telescópicamente de nosotros, reducidas a algo que nos suena. Somos como payasos de circo incapaces de estrujarnos todos juntos en un cochecito. Las palabras de Pessoa nos resuenan en los oídos: “Ya que no podemos extraer belleza de la vida, busquemos al menos extraer belleza de no poder extraer belleza de la vida”. Esta es la tarea que se nos ha encomendado, nuestra mejor y única salida.

[…]

Como ante cualquier muerte, cualquier calamidad, nuestra primera y perversa reacción es la negación. Amábamos demasiado a nuestros genios literarios como para aceptar que sus días han terminado. Danzamos en torno al tótem de Bloomsday y paladeamos el nombre de Camus como la eucaristía. En vano se conceden, pomposa y solemnemente, medallas de grandeza a novelas que imitan pálidamente el vago recuerdo de las obras maestras. El prestigio, los escombros, el cuerpo de la Literatura sigue ahí, pero su espíritu ha volado. Sólo un puñado de escritores ha captado la gravedad del momento que atraviesa actualmente la Literatura. Sólo un puñado de escritores es sincero a la hora de escribir acerca de la situación en que nos encontramos y los obstáculos que hay en el camino. Y lo que escriben es enfermizo y canibalesco, absurdo y desesperado, pero paradójicamente son también alegres y auténticas. Sus obras son increíblemente honestas y tienen un poder liberador. Estos son los escritores que, tal vez, nos muestran el camino a seguir.

[…]

Volvamos ahora la mirada hacia Thomas Bernhard, otra víctima del mal de Montano [referencia a la obra de Vila-Matas]. No hay nada que hacer, no hay salida, no se puede hacer nada excepto subrayar el hecho de que no hay nada que hacer, y de que no hay salida. La misma historia contada una y otra vez, el intento de encontrar tiempo y espacio para elaborar un compendio, una exhaustiva obra de recopilación dedicada a algún tema específico (la naturaleza del sentido auditivo; la música de Mendelssohn) que sirve de excusa para que el narrador haga que la sustancia del relato sean los insuperables problemas que plantea su escritura. Bernhard aborda sus temas (el resentimiento y los deseos frustrados de quien aspira a una vida intelectual; la culpa y el sufrimiento derivados de haber vivido totalmente sometidos a las exigencias del estado austríaco; la abominación moral inherente a las secuelas del nazismo) recurriendo a una prosa cacofónica que desarrolla un tema con variaciones. Son grandes bucles repetitivos que se estiran hasta alcanzar el punto de ruptura, propagándose después en una espiral huracanada de rabia y frustración. Sus libros giran como torbellinos, arrastrando cuanto se cruza en su camino: hipérboles de gran calado revolotean mezcladas con menudencias lamentables; aforismos del Viejo Mundo colisionan con estúpidas perversiones, grandes denuncias se repliegan, transformándose en distracciones banales. El valor de una maleta, el valor de una vida; cómo los perros de compañía sabotean toda posibilidad de actividad intelectual; el desayuno cotidiano entendido como asalto. Las frases de Bernhard, siempre a punto de desmoronarse, no pretenden únicamente representar la vida (la vida ordinaria y tediosa de los filósofos fracasados, los científicos fracasados, los músicos fracasados y los escritores fracasados que viven bajo regímenes corruptos) sino también las fuerzas que en ella se encierran.

[...]

Evidentemente, la ironía de Bernhard reside en el hecho de que, en tanto que sus narradores fracasan una y otra vez, incluso antes de empezar, el propio Bernhard encuentra una manera y una vía en que expresarse. Puede que sus músicos hayan renunciado a su arte y que sus críticos musicales sean incapaces de escribir una línea, pero Bernhard ha creado una música para sí mismo. Es, tal vez, una sinfonía grotesca, un vals ridículo, irrisorio, disparatado y oscuro, pero hay algo emocionante, podríamos decir incluso hermoso, en su canto abnegado. Una vez más, como en la obra de Vila-Matas, sólo al borde del abismo somos capaces de recordar qué es lo intocable.

Un último ejemplo de literatura que se enfrenta a su propia muerte y sobrevive es Los detectives salvajes de Bolaño, un libro sobre el intento de crear una vanguardia literaria en 1975, escrito después de que las condiciones para poner en práctica la vanguardia se hayan desmoronado. Es un libro sobre la revolución política después de la constatación del fracaso a que estaban condenadas dichas revoluciones. Se trata de una novela sobre las vanguardias literarias, pese a lo cual se resiste a la conceptualización y al estilo que exige la idea de vanguardia literaria. Se trata de una novela extática, apasionada (el propio Bolaño la describe como una “carta de amor” a su generación) que parodia los deseos de que existan la Literatura y la Revolución. Se trata de una novela que, como todas las novelas recientes, llega demasiado tarde, pero a diferencia de la mayoría, encuentra el modo de abordar este retraso. Gracias a ello, Los detectives salvajes aporta a quienes aspiran a ser considerados autores un modelo que permite hablar con propiedad de nuestros sueños anacrónicos.

[...]

Abrazar deliberadamente un ideal muerto: esta es la cualidad que impregna Los detectives salvajes. La intuición de Bolaño, perturbadora y liberadora a un tiempo, revela que ya sólo es posible escribir el epílogo de la Literatura: la historia de quienes se rascan las rodillas mientras rastrean las huellas que ha dejado la Literatura tras su desaparición. No es cuestión de alardes metaliterarios ni de solipsismos; se trata de mirar las cosas de frente. Vivimos en una cultura en que millones de escritores se dedican a mimetizar los grandes modelos que adoran, con tan solo una vaga consciencia de que lo único que hacen es vomitar vulgaridades. Todos sabemos que Libertad [la novela de Jonathan Franzen] no es Flaubert, y aún así no alcanzamos a comprender por qué se nos ha cerrado esa puerta. Año tras año vemos cómo se intenta hacer pasar como si fuera el último grito muestras de estilos muertos como el realismo, el modernismo, el nuevo periodismo o alguna variante lúdica del postmodernismo, todos ellos más retro que la peste. Es hora de que la literatura acepte su propia muerte, en vez de seguir jugando a las marionetas con su cadáver. Debemos denunciar la farsa de una cultura que sueña con cosas que no puede crear, porque esta farsa es nuestra tragedia. Debemos afrontar con humor la oscuridad y la amargura de la situación en que vivimos. ¿Por qué, si no, dibuja uno de los narradores de Bolaño enanos con penes gigantescos, mientras mata el tiempo en la celda de una prisión israelí? ¿Por qué Madero juega con sus compañeros a las adivinanzas con las caricaturas que aparecen en las últimas páginas de Los detectives salvajes, cuando la búsqueda de Cesárea Tinajero se acerca a su fin? Estos comportamientos son propios de quien vive después de la Literatura. Una vez más, como en Cervantes, la historia más poderosa es la que realza el papel que tiene la Literatura en nuestras vidas, sólo que en las circunstancias actuales es un papel reducido al de un fuego que flota sobre una ciénaga, un fantasma que arrastra sus cadenas, un ente derrotado que hipnotiza a un ejército de idiotas integrado por supuestos novelistas, revolucionarios, críticos, conferenciantes de filosofía, editores de blogs literarios, suscriptores de revistas y supuestos intelectuales... en una palabra: todos nosotros.


 
Qué escribir en las postrimerías

Hay esperanza, infinita esperanza,
pero no para nosotros
Kafka
 
De modo que aquí estamos, a este lado de la montaña, nostálgicos de las mesetas tormentosas donde nuestros ancestros escritores emplearon una vez su magia, pero conscientes de que somos habitantes de las tierras bajas. Aquí estamos, al cabo de la Literatura y la Cultura, desnudos, despojados, azorados. Somos como niños que se han encontrado unas botas viejas y andan trotando por ahí con ellas. ¡Puede que hasta Bernhard y Bolaño sean demasiado grandes como para que los imitemos! Deberíamos estudiar a los perversos garabateadores, como David Shrigley e Ivan Brunetti. El medio de expresión que han elegido pone de relieve hasta qué punto han abrazado su condena. Deberíamos apagar los ordenadores, subir los libros al desván y olvidar que hubo un tiempo en que sabíamos leer y nos parecía algo importante. Pero para los que no podemos escapar a la necesidad de borronear y teclear, he aquí algunas pistas.

Utiliza una sencillez a-literaria. El juego ha terminado, ya no queda nada. El estilo de Los detectives salvajes es notoriamente a-literario, exento casi de elegancia, pese al virtuosismo desasosegado de sus voces narrativas. Es “directo hasta la asfixia”. Incluso Bernhard, pese a todas sus circunvoluciones gramaticales, a la postre escribe con una suerte de obviedad patética. No se maquilla ni adorna, sino que escupe la materia de su descontento. El abismo necesita la clara quietud de un testigo, el testimonio sobrio del día después para recordar lo que pasó. La Literatura ya no es nada por sí misma, es la Gran Desaparecida.

Resístete a las formas cerradas, a las obras maestras. El empeño por escribir obras maestras es una modalidad de necrofilia. Escribir debe ser un acto abierto por todos sus flancos, de modo que un esbozo de vida real (aunque ésta no sea más que una farsa lúgubre y ridícula) pueda atravesarlo, pasando las páginas. Según Vila-Matas, cualquiera que escriba un texto de ficción debe permitir que se le vea la mano, que la imagen de uno mismo aparezca. Pero en el ámbito de la literatura después de la Literatura lo que permite ver la mano es la vida como farsa. Los autores deben renunciar a imitar a los genios. En lugar de ello, es preferible mostrar a los autores como monos de imitación, en una palabra, como idiotas. No tengas la arrogancia de intentar ser cómico. Tú eres el serio en esta farsa; el gracioso es el universo. No vayas de tonto, ni de listo, ni de simpático, ni de tímido. Eso sí, deja un margen a la hilaridad, a una risa dolorosa y purificadora que te parta en dos los costados y el corazón. Sigue tu propia estupidez como unas huellas en la arena.

Aunque trates otros temas, no dejes de escribir acerca de este mundo, un mundo dominado por sueños muertos. Resalta la ausencia de Esperanza, de Fe, de Compromiso, de Seriedad rimbombante. Señala el pasado, del que hemos sido desgajados; señala el futuro, que nos destruirá. Escribe sobre un tipo de esperanza que antaño fue posible en tanto que Literatura, Política, Vida, pero que ya no es posible para nosotros.

Deja ver claramente que eres consciente de tu impostura. No eres un Autor, no en el sentido tradicional. En realidad, no has escrito ningún Libro, un Libro de Verdad. No formas parte de ninguna tradición, movimiento ni vanguardia. No te estás jugando verdaderamente nada en la Literatura, por muchos aires insensatos que te quieras dar. Además, la verdad es que hoy día es poquísima la gente que lee. No dejes de recalcar bien este dato. ¡Nadie lee, pedazo de idiota! Hay más novelistas que lectores. Hay demasiados libros...

Deja ver tu melancolía, resalta el hecho de que el final se acerca. Se acabó la fiesta. Las estrellas salen y el cielo negro se muestra indiferente ante ti y tus sandeces. Estás con los personajes de Bolaño al final de la búsqueda, perdido en el desierto de Sonora, al final de todas las búsquedas. Estás haciendo dibujos estúpidos para matar el tiempo en el desierto. No hay más, ésas son tus obras completas: dibujos estúpidos para matar el tiempo en el desierto.

No seas generoso ni amable. Ríete de ti mismo y de lo que haces. Saquea el arte, como el caníbal que eres. Recuerda: únicamente cuando el cuerpo está sin vida, y ha sido picoteado durante millones de años por los cuervos, roído por los chacales, cubierto de escupitajos y olvidado, sólo entonces descubriremos que aún queda una última esquirla de hueso intacta.



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