viernes, 25 de mayo de 2012

Cosa nostra

La señora Aguirre azuza el nacionalismo más rancio para tapar los agujeros de las cuentas madrileñas y las de su prima Bankia. En el País Vasco aceptan el capote de Aguirre para arañar cuatro votos mal contados en unas elecciones que se intuyen cercanas. Desde Cataluña rasgan otra página más de la educación ciudadana de nuestros jóvenes y les hurtan el conocimiento del nacionalismo divergente. No les extrañe, pues, que los rectores de universidades declinen comparecer ante uno de los ministros que, si le dan tiempo, nos hará añorar el más inhóspito desierto cultural.

Seguimos. Los falangistas quedan autorizados para amenazar con silenciar por las bravas los silbidos dirigidos al rey, al destino común del sueño patrio, por parte de vascos y catalanes, futboleros ellos y, mientras tanto, desde las cloacas de Moncloa aprovechan el ruido para decir (sin que pueda oírse) que, antes de privatizar la nueva banca pública, le vamos a inyectar el dinero de todos, el que tenemos y el que no tenemos, porque para eso hemos puesto un ministro liberal, como Dios manda. ¿Cómo nos retrataría Valle-Inclán?

Entre tanto guirigay hoy comienza la depauperada feria del libro madrileña, en un impudoroso lachrimae de editores, distribuidores y escritores de chiringuito que cuentan entre lloriqueos a quien quiera oírlos eso de que las tiradas medias de las ediciones han descendido ya hasta los 1200 ejemplares. ¿Y quién es el culpable? Miren el “top ten” de las ventas literarias y tendremos un espacio común en el que empezar a discutir.

Por cierto, mientras escribo estos infundios de culebrón, Magris debe estar rememorando su Danubio en la feria madrileña. ¡Ya me vale! Porque el país invitado es Italia, cuna de excelentes escritores durante el último siglo, desde Buzzati, Svevo o los olvidados Stuparich y Landolfi, pasando por el neorrealismo, por Sciascia o por el multiforme Calvino, hasta el divino (me refiero a su temática) Calasso, el tardío y sensacional Bufalino, el Tabucchi amante de Pessoa, el propio Magris o el mediático Eco.

Algunos de ellos ya han aparecido por aquí, incluso han repetido. Traigo hoy dos obras tan diferentes como los autores que las parieron. Bufalino es simplemente magnífico y el dandi Landolfi es uno de esos escritores raros que no habríamos conocido si no se hubiera fijado en él Calvino.



Autor: G. Bufalino
Título: Perorata del apestado
Impresión: 8,2

«Había un grumo de palabras que quería liberarse y que coagulé en torno a acontecimientos de muerte y de verano bajo el signo metafórico y real del contagio. El contagio, en efecto, involuntario o querido, es la estupenda connotación de cualquier peste de la sangre y de la historia.»

Este es, en palabras del autor, el contenido que se va desgranando en la perorata imperturbable y tenaz que como un mantra se despliega, a modo de monólogo, en este relato lírico y barroco, sombrío y crepuscular. En 1946, recién terminada la guerra, en La roca, un sanatorio para tuberculosos, los allí sepultados van descubriendo el destino común (así se teje la camaradería entre ellos) hecho de enfermedad, de podredumbre y de muerte. El narrador, un trasunto del autor que también dio con sus huesos por allí en esa época, recuerda su paso por el hospital: las pobres relaciones que se van consumando entre los condenados, fraguadas entre pequeñas esperanzas y miedos, que se materializan en el pavor que suscita ese mundo exterior que los estigmatiza a base de pecados y culpas que de tanto repetirse se solidifican y se hacen tan presentes como los esputos sanguinolentos que los delatan.

La novela está cuidada hasta el más mínimo detalle, tanto en la variedad de los dramas metafóricos teatrales introducidos por el autor como en su forma, si bien el tono resulta en ocasiones artificioso o, como prefiere adjetivarlo el propio Bufalino «…la entonación era esa, febril, tierna, pomposa.», esto es, algo desmesurado y empalagoso, como el aroma dulzón de las coronas de flores que no recibirán la mayor parte de esos desahuciados. Sin embargo, el atroz y despiadado lirismo de muchos de sus pasajes, en contraste con esa cotidianeidad agónica, es magnífico:

«(…) en el engaño de pretender atribuir un sentido de elección a una miseria privada del cuerpo, el mismo engaño por el que también yo ofrecía voluntariamente las palmas a los clavos creyéndome que bastaba el orgullo para convertir un vergonzoso castigo en el privilegio de un Dios.»

En fin, una lectura otoñal más que recomendable. – (Septiembre 2011)



Autor: T. Landolfi
Título: Relato de otoño
Impresión: 6,7

Tommaso Landolfi era un escritor absolutamente desconocido hasta que Italo Calvino se interesó por sus escritos y editó una recopilación de su obra. En efecto, Landolfi puede encuadrarse en la categoría de escritores “raros”, arquetipo que cultivó con una biografía alejada del mundillo intelectual y cargada de extravagancias. Relato de otoño fue publicada a finales de los años cuarenta y, al empezar su lectura, uno espera encontrar un relato neorrealista de los que tanto abundaron en la Italia de esa época. Sin embargo, lo que vamos descubriendo es un texto que nada tiene que ver ni con esa ni con otras corrientes de esos años. La sintaxis es más elaborada, casi decimonónica, lo que podría explicarse por su especialización en los autores rusos del siglo XIX. Si a esto unimos una pizca del desasosiego de Buzzati y un desalentado enfoque existencial, que resuelve en una deriva gótica e inquietante, casi al estilo de Poe, lo que nos queda es un relato atemporal, que atrapa al lector con una trama aparentemente de misterio, pero que, en una segunda lectura, como ocurre con buena parte de la obra de Calvino, nos transmite el desaliento interior, desequilibrado y esquivo, de un protagonista que progresivamente se va desligando de una realidad (en este caso un entorno bélico) que no merece el esfuerzo de ser narrada.

En un espacio y en un tiempo indeterminados un joven huye a la montaña para no ser reclutado. Buscando refugio encuentra, en un paraje inaccesible, una vetusta casona que parece inhabitada. Como no podía ser de otra manera, en la casa se topará con sorpresas cada vez más irreales que, a la vez que lo horrorizan, ejercerán un incomprensible e inevitable efecto de atracción. Tal vez el esbozo argumental se desarrolle con cierta tosquedad, pero más allá de las vicisitudes de la trama, los efectos oníricos que despliega Landolfi consiguen con creces su objetivo de intranquilizar y desazonar al un lector acostumbrado a historias más redondeadas. – (Abril 2012)
 

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