Un amigo me hacía llegar estos días una diatriba de Gustavo Bueno que, como el profesor que ya ha mostrado y demostrado suficientemente la distancia intelectual que lo separa de la plebe, tachaba al movimiento 15M, entre otras cosas, de adolescente e inculto. No hace al caso ahora apuntalar el andamiaje de su discurso, pues lo traigo solo como anécdota con la que mostrar mi sorpresa por la incomprensión de buena parte de la progresía ante fenómenos como este o como el de los decrecentistas.
Ni Bueno ni la mayor parte de la izquierda patria entienden la acción política sin la referencia del Estado, pues, además de la propiedad y de las relaciones de producción (junto a su corolario de plusvalías regeneradoras y decrecientes) forman el corpus doctrinal en el que se ha basado la intelectualidad izquierdosa durante el siglo pasado. Sé que la interpretación es simplista, ya que olvido influencias como las del psicoanálisis, el estructuralismo sociolingüístico o las teorías económicas que no solo ponen el foco en los desequilibrios productivos, sino que desmontan la falacia democrática de los mercados, del intercambio de bienes y servicios. Me refiero, claro, a todas esas chorradas de la mano invisible y de la eficiencia de los mercados liberalizados. Manos invisibles hay, pero sus objetivos son otros.
Los argumentos de la izquierda tradicional son, más que sólidos rocosos, lo mismo que las estructuras que los amparan. Por eso, cuando surgen movimientos líquidos que no tienen al Estado como referente intelectual, basados en objetivos locales y cotidianos, en la asamblea de barrio, en la ausencia de estructura, en la multilateralidad incoherente de sus reivindicaciones, en la carencia de unos cuantos principios que fundamenten su razón de ser, o en el desprecio de un liderazgo que aglutine las pasiones, entonces, como no hay por donde cogerlos, como le ocurre al agua derramada, los tachamos de incultos y adolescentes.
Sí, son adolescentes e inmaduros porque sus fines no son productivos ni eficientes según la estructura mental tradicional, capitalista o marxista (en esto coinciden); esa es la crítica, pero lo que no se atreven a decir es que como carecen de herramientas intelectuales con las que encasillarlos y así digerirlos, solo les queda despreciarlos. Desde mi modesto punto de vista, si algo interesa de estos movimientos es justamente eso, su indefinición y su textura líquida, cambiante, casi inaprehensible. Ese es su mérito, pero también su talón de Aquiles, pues los materiales evanescentes no son ni productivos ni eficientes, y por eso tienen todas las de perder. Aunque no crean, el caldo de cultivo que se va destilando irá generando otras formas, con caras más o menos amables, pero en cualquier caso esperanzadoras. ¿Es tan difícil entenderlos?
Con tanto ruido, ya olvidaba la lectura de hoy, casi un evangelio. Porque hablando de sustancias líquidas e intangibles, huidizas y difíciles de asimilar, nada mejor que Clarice Lispector en el espacio literario.
Autor: C. Lispector
Título: La pasión según G. H.
Impresión: 7,7
El texto vio la luz en la primera mitad de la década de los sesenta y supuso el primer espaldarazo importante de la sugerente escritora brasileña. A pesar de lo que pueda parecer, seis décadas después resulta más difícil –a la vez que sugestivo- de leer que la inmensa mayoría de las publicaciones actuales, acostumbrados como estamos a transitar senderos sin ninguna dificultad que aporten riesgos innecesarios o sinuosidades que supongan la más mínima complejidad.
Lispector no nos propone una novela al uso, ni siquiera un flujo de conciencia con elementos de anclaje en algún tipo de realidad ficticia, como hicieran Joyce, Virginia Wolf o el propio Martín Santos. La propuesta de la autora es más radical, pues recoge las técnicas modernistas para devolvernos un texto líquido, sin argumento que le proporcione forma alguna. Se trata de retazos de pensamientos que a veces son filosóficos y otras –para mí las más evocadoras- juegan abiertamente con el lirismo surrealista.
Una escultora que se encuentra en casa, en terreno seguro, se plantea –a modo de crisis existencial doméstica- romper con el pasado por la impostura que supone el arte, la identidad y la comunicación misma, que se agota en el baldío esfuerzo de su signo, sin rozar siquiera el significado que le da sentido. Con el fin de asear la casa entra en la única habitación que desconoce, que puede considerar ajena. Se trata del cuarto de servicio, en el que conectará con un mundo diferente al de sus referencias conocidas. Allí advierte unas siluetas toscas de un hombre y una mujer, siluetas robotizadas y vacías que encarnan al hombre, a todos los hombres, en una ficción de la historia más real que sus esculturas. Al abrir el armario encuentra una enorme cucaracha a la que hiere con la puerta, haciendo que mane de su caparazón una masa lechosa con la que terminará identificándose. Es, claro, un guiño evidente al Gregor Sansa de Kafka, pero en este caso no se produce una metamorfosis ni una conversión; hablamos aquí de fusión, de absorción, de la hibridación natural de la continuidad que rechaza la cómoda compartimentación de lo discreto, de la definición de la frontera, del convencionalismo de la línea de demarcación o de la equivalencia unívoca entre signo y significado.
«La realidad, antes de mi lenguaje, existe como un pensamiento que no se piensa. (…) el lenguaje habrá precedido un día a la posesión del silencio. Poseo a medida que designo, y este es el esplendor de tener un lenguaje, pero poseo mucho más en la medida que no consigo designar. La realidad es la materia prima, el lenguaje es el modo como voy a buscarla y como no la encuentro, pero del buscar y no del hallar nace lo que yo no conocía y que instantáneamente reconozco. El lenguaje es mi esfuerzo humano, por destino tengo que ir a buscar y por destino regreso con las manos vacías, mas regreso con lo indecible. Lo indecible me será dado solamente a través del lenguaje; solo cuando falla la construcción obtengo lo que ella no logró. Y es inútil procurar acortar camino y querer comenzar sabiendo ya que la voz dice poco, comenzando ya por ser impersonal, pues existe la trayectoria y la trayectoria no es solo un modo de ir, la trayectoria somos nosotros mismos.».
En fin, un texto ocasionalmente arisco y en el que otras veces las disquisiciones se nos antojan poco originales, pero que sigue manteniendo su lirismo, su carácter informe y todavía retador y del que deberían aprender muchos escritores, editores y, quizás también lectores, de hoy. Lectura, en fin, muy recomendable, para elevarnos sobre el cotidiano hartazgo de la más rabiosa y pedestre actualidad cultural. – (Julio 2011)
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