sábado, 12 de mayo de 2012

Manos apagadas, y hartazgo, y… Hierro

Hoy quería hablar de Maupassant y de sus cuentos, de la herencia precisa de la pluma de Flaubert, de la relación, si acaso existe, entre sus relatos y los de otros malditos que como él apenas cumplieron los cuarenta, de Chejov y de Poe, de la degradación física, de la sífilis y de la tuberculosis. Pero no nos dejan.

Porque un año después de otra primavera, del grito callejero y entusiasta del 15-M, desde la Comunidad de Madrid se nos dice que no se puede acampar en la Puerta del sol ni en ninguna otra puerta, pues eso supondría privatizar el espacio público (sic). Y lo dicen esos chorizos incultos que por no saber, ni siquiera han aprendido a sonrojarse.

Hoy quería hablar de aniversarios, de esperanzas tan utópicas como desestructuradas. Y recuerdo una voz, la de Pepe Hierro, que diez años después sigue encendida y vibrante (como adjetivaría el NODO), voz de la que deberían aprender estos mangantes que se dedican con exactitud precisa a eso, a callarlas, a pasear su jauría policial, a ensayar con sus miedos y sus porras, a cercenar palabras, a romper gestos. ¿Y por qué? ¡Porque no se puede privatizar el espacio público!

Son paletos y zafios, homínidos que prefirieron el desarrollo del músculo a la neurona, idiotas que se despiertan jaleados por el placer del mercado y se acuestan al calor del mercado del placer, analfabetos de vocación, pero no los subestimen, No, no tienen ni idea de quién fue Pepe Hierro, pero sí son expertos en el uso y abuso de yerros y hierros, utilizados diariamente en los mil veces pulidos parqués bursátiles y, cuando los perrofláuticos quieren privatizar y poner en peligro nuestros espacios públicos, sí, eso dicen, entonces sacan a la calle el hierro, supongo que como instrumento didáctico, mientras con la otra mano elevan la delincuencia a rango de ley.

Como contraste, lean el breve testamento que Pepe Hierro quiso dejar a sus hijos:


Mis hijos me traen flores de plástico

Pocas cosas os enseñé:
a adorar el mar;
a sentir la alegría de ver vivir un animal minúsculo;
a interpretar las palabras del viento;
a conocer los árboles no por sus frutos;
por sus hojas y por su rumor;
a respetar a los que dejan
su soledad en unos versos, unos colores, unas notas
o tantas otras formas de locura admirable;
a los que se equivocan con el alma.
Os enseñé también a odiar
a la crueldad, a la avaricia,
a lo que es falso y feo, a las flores de plástico.


Y ahora, en otro hermoso poema, con otro estilo, escrito hace más de seis décadas, lean cómo nos ven, cómo nos vemos.

Destino alegre

Nos han abandonado en medio del camino.
Entre la luz íbamos ciegos.
Somos aves de paso, nubes altas de estío,
vagabundos eternos.
Mala gente que pasa cantando por los campos.
Aunque el camino es áspero y son duros los tiempos,
cantamos con el alma. Y no hay un hombre solo
que comprenda la viva razón del canto nuestro.

Vivimos y morimos muertes y vidas de otros.
Sobre nuestras espaldas pesan mucho los muertos.
Su hondo grito nos pide que muramos un poco,
como murieron todos ellos,
que vivamos deprisa, quemando locamente
la vida que ellos no vivieron.

Ríos furiosos, ríos turbios, ríos veloces,
(Pero nadie nos mide lo hondo, sino lo estrecho.)
Mordemos las orillas, derribamos los puentes.
Dicen que vamos ciegos.

Pero vivimos. Llevan nuestras, aguas la esencia
de las muertes y vidas de vivos y de muertos.
Ya veis si es bien alegre saber a ciencia cierta
que hemos nacido para esto.

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