jueves, 26 de abril de 2012

Cómo empezar

Al hilo del día del libro, el blog de Iván Tais (moleskine literario) recogía estos días, a modo de homenaje, las primeras líneas de algunas de las obras de ficción que más han influido para proporcionar solidez, singularidad y alguna enjundia a esto que llamamos literatura.

La idea me parece adecuada y por eso se la cojo prestada. Pero mi homenaje es más modesto, pues no está en mi ánimo loar la literatura en mayúsculas, sino mostrar mi agradecimiento a algunos de los libros con los que he ido –y todavía sigo- aprendiendo a leer. Unos cuantoss son, desde luego, canónicos; otros, menos conocidos, los recomiendo sin ninguna duda y, por fin, los últimos, no más de cinco o seis, representan exclusivamente lecturas que hay que contextualizar en espacios y tiempos del lector, concretos y nítidos en el capricho de un recuerdo envolvente y mullido. Por lo demás, tanto la época (alrededor de siglo y medio) como las temáticas, intereses artísticos y estilos son muy heterogéneos.

El orden es absolutamente azaroso, pues depende del lugar que ocupan en unos estantes que se rigen solo por el almacenamiento caótico. Unos pocos son obligados, aunque la mayoría están ahí como podían estar otros, pero la lista se alargaría en exceso. El reconocimiento y el homenaje son solo signos, sin que en ellos resida afán de exhaustividad alguno.


Porcierto, con eso del premio Cervantes he sobre ponderado la literatura en castellano.


1

Sebastian Knight nació el 31 de diciembre de 1899 en la antigua capital de mi patria. Una vieja dama rusa me mostró una vez, en París –suplicándome, por algún misterioso motivo, que no divulgara su nombre-, un diario que había llevado en el pasado. Tan ocres (en apariencia) habían sido esos años, que los detalles recogidos día tras día (¡pobre método de alcanzar la perduración!) apenas iban más allá de un sucinto informe sobre las condiciones climatológicas.

La verdadera vida de Sebastian Knight, Vladimir Nabokov

2

Seis norteamericanos jugaban a la petanca al pie de la estatua de Flaubert.

El loro de Flaubert, Julian Barnes

3

En la playa de Sidón un toro intentaba imitar un gorjeo amoroso. Era Zeus. Se sintió sacudido por un escalofrío, como cuando le picaban los tábanos. Pero esta vez era un escalofrío dulce. Eros le estaba colocando sobre la grupa a la joven Europa.

Las bodas de Cadmo y Harmonía, Roberto Calasso

4

En Estocolmo, en una antigua y respetable casa de piedra junto al parque de Humlegard, vivía gente adinerada como por ejemplo Oiva Juntunen. Su profesión era la de ladrón.

El bosque de los zorros, Arto Paasilinna

5

Aquella primavera habíamos tenido una relación cada uno por su lado, pero cuando el curso acabó en junio decidimos alquilar nuestra cada de Palo Alto y marcharnos los dos a pasar el verano a la costa norte de California.

Si me necesitas llámame, Raymond Carver

6

O cuando todas las noches –por pereza, por avaricia- volvía a soñar el mismo sueño: un camino color ceniza, llano que corre a andadura de río entre dos muros más altos que la estatura de un hombre; luego se quiebra, se precipita en el vacío.

Perorata del apestado, Gesualdo Bufalino

7

Si un día de sol toman ustedes el sendero que sube del puentecillo de madera, aún llamado por estos alrededores “el Puente de las Vacilaciones”, no tendrán que andar mucho hasta ver, entre las copas de dos árboles gingko, el tejado de mi casa.

Un artista del mundo flotante, Kazuo Ishiguro

8

Dijo el corrector, Sí, el nombre de este signo es deleátur, se usa cuando necesitamos suprimir y borrar, la misma palabra lo dice, y tanto vale para letras sueltas como para palabras completas, me recuerda una serpiente que se hubiera arrepentido en el momento de morderse la cola,

Historia del cerco de Lisboa, José Saramago

9

22 de agosto de 1972
En el Sunday Times de ayer, una noticia desde Francistown, en Botswana. La semana pasada, en plena noche, un coche, un modelo norteamericano de color blanco, se detuvo ante una casa de una zona residencial. Bajaron unos hombres con pasamontañas, derribaron la puerta a patadas y empezaron a disparar

Verano, J. M. Coetzee

10

Querida señora Milena:
Desde Praga le escribí unas líneas, y también desde Merano. No recibí contestación. Es claro que no había necesidad de contestarme inmediatamente, y si su silencio es un signo de que se encuentra usted relativamente bien, estado que a menudo se manifiesta mediante la peraza epistolar, pues entonces estoy tranquilo.

Cartas a Milena, Franz Kafka

11

“El mosquito contra el elefante”. Esta anotación de propia mano, escrita por Sebastian Castellio en el ejemplar de su polémica contra Calvino hallado en la biblioteca de Basilea, resulta en principio extraña, y es fácil suponer que se trata simplemente de una de las habituales exageraciones de los humanistas.

Castellio contra Calvino, Stefan Zwueig

12

En la casa vivían diez mujeres, un niño y un señor. Las mujeres eran Tata, que había sido la niñera de mi abuela, tenía casi cien años, y estaba medio sorda y medio ciega; dos muchachas del servicio –Emma y Teresa-; mis cinco hermanas –Maryluz, Clara, Eva, Marta, sol-; mi mamá y una monja.

El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince

13

La cosa empezó así. Yo nunca había dicho nada. Nada.

Viaje al fin de la noche, Louis Ferdinand Celine

14

El mar que se extiende ante mí mientras escribo, más que destellar, resplandece bajo el suave sol de mayo. Con el cambio de marea, se recuesta calladamente contra la tierra, casi sin huella de ondas ni de espuma.

El mar, el mar, Iris Murdoch

15

A través de la cerca, entre los huecos de las flores ensortijadas, yo los veía dar golpes.

El ruido y la furia, William Faulkner

16

Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía.

Sostiene Pereira, Tabucchi

17

Como si de vez en cuando uno debiera inclinarse para seguir viviendo (Meta personal definitiva: “Nunca más llevaré algo a reparar”)

El peso del mundo, Peter Handke

18

Julien Barneuve murió a las 15:28 del 18 de agosto de 1943. Tardó exactamente veintitrés minutos en morir, el tiempo entre la declaración del incendio y el último aliento de sus pulmones abrasados. Ignoraba que su vida iba a terminar aquel día, pero sospechaba que podía suceder.

El sueño de Escipión, Iaian Pears

19

El martes me desperté a esa hora inanimada y nula en que la noche ya está por terminar y sin embargo todavía no ha nacido el alba.

Ferdydurke, Witold Gombrowicz

20

Un modesto joven se dirigía en pleno verano desde Hamburgo, su ciudad natal, a Davos Platz, en el cantón de los Grisones. Iba a hacer allí una visita de tres semanas.

La montaña mágica, Thomas Mann

21

Un nuevo personaje había aparecido en la localidad: una señora con un perrito. Dmitri Dmitrich Gurov, que por entonces pasaba una temporada en Yalta, empezó a tomar algún interés en los acontecimientos que ocurrían. Sentado en el pabellón de Verney, vio pasearse junto al mar a una señora joven, de pelo rubio y mediana estatura, que llevaba una boina; un perrito blanco de Pomerania corría delante de ella.

La dama del perrito Anton Chejov

22

Desperté cuando se abrió la puerta. Al principio no supe dónde me encontraba, pero entonces vi a Christoph Keith. El pasillo del piso superior, a sus espaldas, estaba a oscuras, pero debía de haber una luz encendida en la planta baja, porque podía verle la cara y la trinchera mojada.

Una princesa en Berlín, Arthur R. G. Solmssen

23

- Venga, chaval, desembucha.
Mis padres me engendraron hace muchos años, pero en este momento no tendré más de tres o cuatro meses. Todo está ocurriendo como en un sueño congelado en la placenta de la memoria, en un tiempo suspendido que engendró la caraba de mascaradas públicas e infortunios privados, atropellos y desventuras, calabozos y hierros.

Rabos de lagartija, Juan Marsé

24

Teófilo despierta.
En concierto amoroso subíamos sin peso. Imperfecto, pero dócil, también yo sabía seguir el movimiento.

Teófilo, Ethel Junco de Calabrese

25

Antes, nuestro barrio era un yermo y formaba parte del desierto de Maqattam, que abarcaba todo el horizonte.

Hijos de nuestro barrio, Mahfuz Naguib

26

Muy cerca de Viterbo, a unos cuantos kilómetros de Roma, el viajero puede encontrarse con el bosque sagrado de Bomarzo.

Bomarzo, Manuel Mujica Lainez

27

De las cosas que creamos para ellos y con las que podrían deleitarse, el amanecer es la que más funciona. Cuando la oscuridad se desvanece en el aire como suave y menudo humo y la luz se extiende lentamente desde el Este, entonces todos, a excepción de los humanos más miserables, comienzan a reponerse.

Los infinitos, John Banville

28

El día había transcurrido del modo como suelen transcurrir estos días; lo había malbaratado, lo había consumido suavemente con mi manera primitiva y extraña de vivir

El lobo estepario, Herman Hesse

29

El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.

Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez

30

Estábamos en clase cuando entró el Provisor, seguido de un novato vestido a la burguesa y de un bedel que traía un gran pupitre. Los que dormitaban se despertaron, y todos nos levantamos como sorprendidos en nuestro trabajo. El Provisor indicó que nos sentáramos de nuevo; luego, volviéndose hacia el profesor: “Señor Roger”, le dijo a media voz, “he aquí un alumno que le recomiendo; ahora entra en el quinto curso. Si su trabajo y su conducta lo merecen, pasará con los mayores, pues ya tiene edad.

Madame Bovary, Gustave Flaubert

31

Pálido fuego, poema en paredados decasílabos, de novecientos noventa y nueve versos, divididos en cuatro cantos, fue escrito por John Francis Shade (nacido el 5 de julio de 1898, muerto el 21 de julio de 1959) durante los últimos veinte días de su vida, en su residencia de New Wye, Appalachia, EE.UU.

Pálido fuego, Vladimir Nabokov

32

Nunca estamos infinitamente lejos de aquellos a quienes odiamos. Por la misma razón, pues, podríamos creer que nunca estamos absolutamente cerca de aquellos a quienes amamos.

La piel fría, Albert Sánchez Piñol

33

Hoy ha muerto mamá, o quizás ayer. No lo sé.

El extranjero, Albert Camus

34

- ¿Y qué, Petr? ¿No se divisa todavía nada? Preguntaba el 20 de mayo de 1859 un señor de algo más de 50 años, saliendo con la cabeza descubierta al zaguán de una hostería situada en el camino.

Padres e hijos, Ivan Turgenev

35

Todas las familias felices son iguales, y las infelices lo son cada una a su manera.

Anna Karenina, León Tolstoi

36

La hora de salida estaba fijada para las seis de la tarde y yo llegué a la estación a las seis menos cuarto. En la taquilla me dijueron que, aparte del mío, solo habían despachado otro billete para aquel mismo tren, pero no acabé de creérmelo y le dije al taquillero que muy bien, que de ese modo viajaría más ancho.

Diálogo en re mayor, Javier Tomeo

37

Dos cadenas montañosas atraviesan la República, aproximadamente de norte a sur, formando entre sí valles y planicies. Ante uno de estos valles, dominado por dos volcanes, se extiende a dos mil metros sobre el nivel del mar, la ciudad de Quauhnáhuac. Queda situada bastante al sur del Trópico de Cáncer; para ser exactos, en el paralelo diecinueve, casi a la misma latitud en que se encuentran, al oeste, en el Pacífico, las islas de Revillagigedo o, mucho más hacia el oeste, el extremo más meridional de Hawaiy , hacia el este, el puerto de Tzucox en el litoral atlántico de Yucatán, cerca de la frontera de Honduras Británica o, mucho más hacia el este, en la India, la ciudad de Yuggernaut, en la Bahía de Bengala.

Bajo el volcán, Malcolm Lowry

38

Otros, ellos, antes, podían. Mojaban, despacio, en la cocina, en el atardecer, en invierno, la galletita, sopando, y subían, después, la mano, de un solo movimiento, a la boca, mordían y dejaban, durante un momento, la pasta azucarada sobre la punta de la lengua, para que subiese, desde ella, de su disolución, como un relente, el recuerdo,masticaban despacio y estaban, de golpe ahora, fuera de sí, en otro lugar, conservado mientras hubiese, en primer lugar, la lengua, la galletita, el té que humea, los años: mojaban, en la cocina, en invierno,la galletita en la taza de té, y sabían, inmediatamente, al probar, que estaban llenos, dentro de algo y trayendo, dentro, algo, que habían, en otros años, porque había años, dejado, fuera, en el mundo, algo, que se podía, de una u otra manera, por decir así, recuperar, y que había, por lo tanto, en alguna parte, lo que llamaban o lo que creían que debía ser,¿no es cierto?, un mundo.

La Mayor, Juan José Saer

39

Oscurecía ya cuando llegué a Bonn, y me forcé esta vez a no poner en marcha el piloto automático que en cinco años de viajar se ha formado en mi interior: bajar las escaleras del andén, subir las escaleras del andén, dejar maleta, sacar billete del bolsillo del abrigo, recoger maleta, entregar billete, al puesto de periódicos, comprar periódicos de la tarde, salir a la calle, llamar un taxi.

Opiniones de un Payaso, Heinrich Böll

40

He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así.

Los detectives salvajes, Roberto Bolaño.

41

La mano de Baldovina separó los tules de la entrada del mosquitero, hurgó apretando suavemente como si fuese una esponja y no un niño de cinco años; abrió la camiseta y contempló todo el pecho del niño lleno de ronchas, de surcos de violenta coloración, y el pecho que se abultaba y se encogía como teniendo que hacer un potente esfuerzo para alcanzar un ritmo natural; abrió también la portañuela del ropón de dormir, y vio los muslos, los pequeños testículos llenos de ronchas que se iban agrandando, y al extender más aún las manos notó las piernas frías y temblorosas. En ese momento, las doce de la noche, se apagaron las luces de las casas del campamento militar y se encendieron las de las postas fijas, y las linternas de las postas de recorrido se convirtieron en un monstruo errante que descendía de los charcos, ahuyentando a los escarabajos.

Paradiso, José Lezama Lima

42

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. “No dejes de ir a visitarlo -me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.” Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.

Pedro Páramo, Juan Rulfo

43

Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona. Aunque ni el diablo sabe por qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué.

El túnel, Ernesto Sábato

44

Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto.

La metamorfosis, Franz Kafka

45

Yo, Hassan hijo de Mohamed el pesador, yo, Jean-Léon de Médicis, circunciso por la mano de un barbero y bautizado por la mano de un papa, se me llama hoy el Africano, pero de África no soy, ni de Europa. Se me llama también el Granadino, el Fassi, el Zayyati, pero no vengo de ningún país, de ninguna ciudad, de ninguna tribu. Soy hijo de la ruta, mi patria es caravana y mi vida la más inesperada de las travesías.

León el Africano, Amin Maalouf

46

Tub llevaba una hora esperando bajo la nevada. Paseaba de un lado a otro de la acera para conservar el calor y sacaba la cabeza por fuera del bordillo cada vez que veía aproximarse unos faros. un conductor se paró para recogerle, pero antes de que él pudiera hacerle señas de que continuara, el hombre vio el rifle que Tub llevaba a la espalda y apretó el acelerador.

Cazadores en la nieve, Tobias Wolff
47
A los otros hombres los encontré en la dirección opuesta”

El sótano, Thomas Bernhard
48

Hacía cuatro años y siete meses que no había vuelto a ver la casa de columnas blancas, con su frontón de ceñudas molduras que le daban una severidad de palacio de justicia, y ahora, ante muebles y trastos colocados en su lugar invariable, tenía la casi penosa sensación de que el tiempo se hubiera revertido.

Los pasos perdidos, Alejo Carpentier

49

Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú? Los canillitas merodean entre los vehículos detenidos por el semáforo de Wilson voceando los diarios de la tarde y él echa a andar, despacio, hacia la Colmena.

Conversación en la Catedral, Mario Vargas Llosa

50

Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro.

El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez

51

El sol aún no se había alzado. Sólo los leves pliegues, como los de un paño algo arraigado, permitían distinguir el mar del cielo. Poco a poco, a medida que el cielo clareaba, se iba formando una raya oscura en el horizonte, que dividía el cielo del mar, y en el paño gris aparecieron gruesas líneas que lo rayaban, avanzando una tras otra, bajo la superficie, cada cual siguiendo a la anterior, persiguiéndose una a otra, perpetuamente.

Las Olas, Virginia Woolf

52

Caliente, pensaban los parisinos. El aire de primavera. Era la noche en guerra, la alerta. Pero la noche pasaría, la guerra está lejos.

Suite francesa, Irene Némirovsky

53

Cuando, como dos petrificados, nos sentamos a comer o nos topamos de noche en la puerta de la casa porque ambos pensamos al mismo tiempo en cerrarla, percibo nuestra tristeza como un arco que llega desde un extremo del mundo al otro, o sea, de Hanna hasta mí, y en el arco tensado, una flecha lista para dar en el corazón del cielo inmóvil.

Todo, Ingeborg Bachmann

54

¿Encontraría a la Maga?

Rayuela, Julio Cortázar

55

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.
Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.

Lolita, Vladímir Nabokov

56

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez

57

Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia.

La Vorágine, José Eustacio Rivera

58

Mi nombre es Martín Romaña y ésta es la historia de mi crisis positiva. Y la historia también de mi cuaderno azul. Y la historia además de cómo un día necesité de un cuaderno rojo para continuar la historia del cuaderno azul. Todo, en un sillón Voltaire.

La vida exagerada de Martín Romaña, Alfredo Bryce Echenique

59

Es seguro que cada día estará más viejo, más lejos del tiempo en que se llamaba Bob, del pelo rubio colgando en la sien, la sonrisa y los lustrosos ojos de cuando entraba silenciosamente en la sala, murmurando un saludo o moviendo un poco la mano cerca de la oreja, e iba a sentarse bajo la lámpara, cerca del piano, con un libro o simplemente quieto y aparte, abstraído, mirándonos durante una hora sin un gesto en la cara, moviendo de vez en cuando los dedos para manejar el cigarrillo y limpiar de cenizas la solapa de sus trajes claros.

Bienvenido, Bob, Juan Carlos Onetti

60

Llámenme Ismael.

Moby Dick, Herman Melville

61

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación.

El Aleph, Jorge Luis Borges

62

Cuando murió la señorita Emily Grierson, todo nuestro pueblo fue a su funeral: los hombres por una especie de respetuoso afecto hacia un monumento caído, las mujeres sobre todo por la curiosidad de ver el interior de su casa, que nadie, excepto un viejo criado —mezcla de jardinero y cocinero— había visto, por lo menos, en los últimos diez años.

Una rosa para Emily, William Faulkner

63

Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecimos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribió en el margen: Las nuestras ya se reunieron. “Nuestras” en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.

En memoria de Paulina, Adolfo Bioy Casares

64

A las seis de la mañana la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos. Una fina niebla disuelve el perfil de los objetos y crea como una atmósfera encantada. Las personas que recorren la ciudad a esta hora parece que están hechas de otra sustancia, que pertenecen a un orden de vida fantasmal. Las beatas se arrastran penosamente hasta desaparecer en los pórticos de las iglesias. Los noctámbulos, macerados por la noche, regresan a sus casas envueltos en sus bufandas y en su melancolía. Los basureros inician por la avenida Pardo su paseo siniestro, armados de escobas y de carretas. A esta hora se ve también obreros caminando hacia el tranvía, policías bostezando contra los árboles, canillitas morados de frío, sirvientas sacando los cubos de basura. A esta hora, por último, como a una especie de misteriosa consigna, aparecen los gallinazos sin plumas.

Los gallinazos sin plumas, Julio Ramón Ribeyro

65

De un modo sobrenatural llegó a mí la noticia de la existencia de este papel, donde una pobre horca podrida y negra relataba algunas cosas de su historia.

Memorias de una horca Eca de Queiroz

66

Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.

Nos han dado la tierra, Juan Rulfo

67

Había una ciudad que a mí me gustaba visitar en verano.

El balcón, Felisberto Hernández

68

Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará.

Carta a una señorita en París, Julio Cortázar

69

Por la misma esquina de la plaza de Yanahuanca por donde, andando los tiempos, emergería la Guardia de Asalto para fundar el segundo cementerio de Chinche, un húmedo septiembre, el atardecer exhaló un traje negro. El traje, de seis botones, lucía un chaleco surcado por la leontina de oro de un Longines auténtico. Como todos los atardeceres de los últimos treinta años, el traje descendió a la plaza para iniciar los sesenta minutos de su imperturbable paseo.

Redoble por Rancas, Manuel Scorza

70

―¿Qué haces aquí muchacho?
―Nada.
―Entonces, ¿por qué te quedas parado?
―Porque…
—¿Sabes leer?
—Pues sí.
—¿Cuántos años tienes?
—Nueve cumplidos.
—¿Qué preferirías: un chocolate o un libro?
—Un libro.
—¿De veras? Estupendo. ¿Así que por eso estás aquí?
—Sí.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Mi papá me regaña.

Auto de fe, Elías Canetti

71

La primera vez que Jean-Claude Pelletier leyó a Benno von Archimboldi fue en la Navidad de 1980, en París, en donde cursaba estudios universitarios en literatura alemana, a la edad de diecinueve años.

2666, Roberto Bolaño.

72

Durante años he lamentado que el teléfono haya acabado para siempre con cierta clase de correspondencia entre escritores a la que debo, si no como editor, sí como lector, muchas buenas horas.

Carta con cien años de retraso, Olga Guirao

73

Allá en otros tiempos (y bien buenos tiempos que eran), había una vez una vaquita (¡mu!) que iba por un caminito. Y esta vaquita que iba por un caminito se encontró un niñín muy guapín, al cual le llamaban el nene de la casa…

Retrato del artista adolescente, James Joyce

74

Nos hemos hecho la vida lejos de nuestra pequeña ciudad, pero no nos acostumbramos a estar ausentes de ella, y nos gusta cultivar su nostalgia cuando llevamos ya algún tiempo sin volver, y exagerar a veces nuestro acento, cuando hablamos entre nosotros, y el uso de las palabras y expresiones vernáculas que hemos ido atesorando con los años, y que nuestros hijos, habiéndolas escuchado tanto, apenas comprenden.

Sefarad, Antonio Muñoz Molina

75

¿Intentaría Chen levantar el mosquitero? ¿Golpearía a través de él? La angustia le retorcía el estomago. Conocía su propia firmeza; pero solo era capaz, en aquel instante, de pensarlo con embrutecimiento, fascinado por aquel montón de muselina blanca que caía desde el techo sobre un cuerpo menos visible que una sombra y de donde emergía solo aquel pie medio inclinado por el sueño, vivo, no obstante carne de hombre.

La condición humana, André Malraux

76

Jubilosa mañana estival, la de este domingo de julio, cuando he venido hasta el espléndido paraje mallorquín que sirve de egregio retiro a su Alteza el Archiduque Luis Salvador desde hace no pocos años.

Mil y una muertes, Sergio Ramírez

77

Soy un hombre enfermo… Soy un hombre despechado. Soy un hombre antipático.

Apuntes del subsuelo, Fiodor Dostoievski

78

Era un placer quemar.

Farenheit 451, Ray Bradbury

79

En agosto de 1992, cuando la canícula se acercaba a su fin, emprendí un viaje a pie a través del condado de Suffolk, al este de Inglaterra, con la esperanza de poder huir del vacío que se estaba propagando en mí después de haber concluido un trabajo importante.

Los anillos de Saturno, W.G. Sebald

80

Me había capturado la milicia fascista el 13 de diciembre de 1943.

Si esto es un hombre, Primo Levi

81

El sueco… Durante los años de la guerra, cuando yo todavía iba a la escuela primaria, ése era un nombre mágico en nuestro vecindario de Newark, incluso para los adultos a los que sólo una generación separaba del viejo gueto de la calle Prince y que aún no estaban tan impecablemente americanizados como para quedarse como si les hubieran dado un balonazo en la cara ante la destreza de un atleta de escuela media.

Pastoral americana, Philip Roth

82

Locura de un frente frío de la pradera otoñal, mientras va pasando. Se palpaba: algo terrible iba a ocurrir. El sol bajo, en el cielo: luminaria menor, estrella enfriándose. Ráfagas de desorden, sucesivas. Árboles inquietos, temperaturas en descenso, toda la religión nórdica de las cosas llegando a su fin. No hay aquí niños en los jardines.

Las correcciones, Jonathan Franzen

83

Como saben que no conviene ver demasiado, la mayoría de los porteros de Nueva York han desarrollado extraordinariamente su sentido selectivo de la vista: saben qué es lo que hay que ver y qué es lo que hay que ignorar, cuándo hay que ser curioso y cuándo indolente; al registrarse accidentes o disputas delante de su edificio, generalmente están dentro y no se dan cuenta; y suelen estar en la calle, buscando un taxi, cuando hay ladrones escapándose por la ventana. Aunque tal vez el portero desapruebe el soborno y el adulterio, invariablemente se encuentra de espaldas cuando el superintendente está dando dinero a un inspector o cuando un inquilino que tiene a su mujer fuera acompaña a una joven al ascensor.

Honrarás a tu padre, Gay Talese

84

Libanio a Prisco (Antioquía, marzo 380, D.C.)
Ayer por la mañana, cuando estaba por entrar en el salón de clases, fui detenido por un estudiante cristiano quien me pregunto con una voz ansiosa de malicia:
- ¿Habéis oído hablar del emperador Teodosio?

Juliano el apóstata, Gore Vidal

85

Querido Marco: He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes, que acaba de regresar a la Villa después de un largo viaje por Asia. El examen debía hacerse en ayunas; habíamos convenido encontrarnos en las primeras horas del día. Me tendí sobre un lecho luego de despojarme del manto y la túnica. Te evito detalles que te resultarían tan desagradables como a mí mismo, y la descripción del cuerpo de un hombre que envejece y se prepara a morir de una hidropesía del corazón. Digamos solamente que tosí, respiré y contuve el aliento conforme a las indicaciones de Hermógenes, alarmado a pesar suyo por el rápido progreso de la enfermedad, y pronto a descargar el peso de la culpa en el joven Iollas, que me atendió durante su ausencia. Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre…

Memorias de Adriano, Margarite Yourcenar

86

Sonja estaba en medio de la habitación iluminada, en el centro, como siempre.

Siete años, Peter Stamm

87

Nací en la ciudad de Bombay…hace mucho tiempo. No, no vale, no se puede esquivar la fecha: nací en la clínica particular del doctor Narlikar el 15 de agosto de 1947.

Hijos de la medianoche, Salman Rushdie

88

Entremos en la génesis de mis pretensiones.

Vidas minúsculas, Pierre Michon

89

Pertenezco a una de las más antiguas familias de Orsenna. Guardo de mi infancia los recuerdos de años tranquilos, de calma y de plenitud…

El mar de las sirtes, Julien Gracq

90

Fue una mañana de septiembre que Giovanni Drogo, que acababa de ser promovido a oficial, dejó el poblado pues debía presentarse en el fuerte Bastiani, su primer destino.

El desierto de los tártaros, Dinno Buzzati

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A lo largo de mi vida he conocido a infinidad de hijos de puta y a ninguno le deseé la mala muerte.

La mala muerte, Fernando Royuela

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La tumba era grande, maciza, imponente de verdad…

El Jardín de los Finzi-Contini, Giorgio Bassani

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Como todo se quemó -la madre, los muebles, las fotografías de la madre- para Fabre y su hijo Paul hubo de inmediato mucho trabajo: toda esa ceniza y ese duelo, cambiarse de casa, correr a las grandes tiendas para rehacerse.

La ocupación de los terrenos, Jean Echenoz

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—Mundo loco— dijo una vez más la mujer, como remedando, como si lo tradujese.

La vida breve, Juan Carlos Onetti

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No espero ni remotamente que se conceda el menor crédito a la extraña, aunque familiar historia que voy a relatar. Sería verdaderamente insensato esperarlo cuando mis mismos sentidos rechazan su propio testimonio. No obstante, yo no estoy loco, y ciertamente no sueño. Pero, por si muero mañana, quiero aliviar hoy mi alma.

El gato negro, Edgar A. Poe

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«Si estoy chalado, tanto mejor», pensó Moses Herzog. Algunos lo creían majareta, y durante algún tiempo él mismo había llegado a pensar que le faltaba un tornillo. Pero ahora, aunque seguía portándose de un modo extraño, sentíase seguro de sí mismo, alegre, clarividente, y fuerte. Había caído bajo una especie de hechizo y escribía cartas a todo bicho viviente. Estas cartas le apasionaban tanto que, desde fines de junio, iba por ahí con una maleta llena de papeles.

Herzog, Saúl Bellow

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Ramón penetró en su cuarto como endemoniado y arrojándose de bruces en el lecho, empezó a gimotear. Sentía en el labio inferior una costra de sangre coagulada, sobre la cual pasaba a veces la lengua, como si le fuera imprescindible reavivar el dolor para mantener una cólera razonable.

Scorpio, Julio Ramón Ribeyro

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A la hora de más calor de una puesta de sol primaveral en «Los Estanques del Patriarca» aparecieron dos ciudadanos. El primero, de unos cuarenta años, vestido con un traje gris de verano, era pequeño, moreno, bien alimentado y calvo.

El maestro y Margarita, Mijaíl Bulgakov

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No es que Kublai Kan crea en todo lo que dice Marco Polo cuando le describe las ciudades que ha visitado en sus embajadas, pero es cierto que el emperador de los tártaros sigue escuchando al joven veneciano con más curiosidad y atención que a ningún otro de sus mensajeros o exploradores.

Las ciudades invisibles, Italo Calvino

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En la página 272 de la Historia de la Guerra Europea de Liddell Hart, se lee que una ofensiva de trece divisiones británicas (apoyadas por mil cuatrocientas piezas de artillería) contra la línea Serre-Montauban había sido planeada para el 24 de julio de 1916 y debió postergarse hasta la mañana del día 29. Las lluvias torrenciales (anota el capitán Liddell Hart) provocaron esa demora -nada significativa, por cierto-. La siguiente declaración, dictada, releída y firmada por el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático inglés en la Hochschule de Tsingtao, arroja una insospechable luz sobre el caso. Faltan las dos páginas iniciales.

El jardín de senderos que se bifurcan, Jorge Luis Borges

Propina

Este año, el año cuarenta y cinco, los alemanes ya no dominaban el espacio aéreo de nuestra ciudad. Y menos aún el de toda la región, el del país.

Trenes rigurosamente vigilados, Bohumil Hrabal

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