Me interesa poco la nacionalización de YPF, aunque sí el derecho a nacionalizar. Ciertamente es difícil hacer un panegírico del gobierno argentino, pero no por haber tomado las riendas de su petróleo; mucho menos defendibles son las trabas hacia la importación de libros, con la brillante excusa procedente del peligro que supone el plomo de sus tintas. Nacionalicen el petróleo, la telefonía o la banca, pero no dificulten la lectura. El proteccionismo cultural es el primer paso hacia el abismo.
Tampoco me interesa un debate numerológico sobre la deuda. Podemos hablar si quieren sobre escasez. Ahora que se celebra el vigésimo aniversario de la algarada del 92, con su AVE, su exposición sevillana y su olimpiada, podemos decir, por ejemplo, que la renta per cápita disponible es hoy más del doble que en aquel momento, aunque su distribución es bien distinta. Eso sí me interesa.
De igual manera me resbalan los revuelos sobre un rey que redime sus miserias entre los ojos de un elefante. Solicito algún respeto a la memoria republicana en el aniversario de su proclamación, aunque fuera Alfonso XIII quien instaurase por primera vez el día del libro.
Y entre tanto debate inane me refugio en los libros. Desde hace mucho tiempo tenía pendiente la lectura del ensalzado El loro de Flaubert. El retraso se ha debido al discreto interés de otras obras de Barnes. Craso error. El desmitificador homenaje a Flaubert, construido desde diferentes y originales enfoques periféricos, casi anecdóticos (el título ya es un buen ejemplo), es magnífico. El acercamiento al genio francés es premeditadamente sacrílego y arriesgado, con resultados sorprendentes y ocasionalmente muy brillantes.
Antes de leer a Barnes hay que pasar otra vez (detenerse y volver a gozar) por Flaubert y, cómo no, por los milagrosos ojos (esos que cambian de color según la escena) de Madame Bovary. Repaso la reseña que hice de su relectura y me descubro sonrojado, pues en ella se vierten algunos de los tópicos de los que se mofa Barnes… En fin, humildes los quiere Dios.
Autor: G. Flaubert
Título: Madame Bovary
Impresión: 9,6
¿Qué decir ahora de esta obra cumbre del siglo XIX que no se haya repetido ya mil veces? Flaubert es tal vez el escritor más exigente, exquisito, preciso y lírico de todos esos grandes novelistas que surgieron a mediados de siglo, cuando el romanticismo cedía su palidez gótica a un realismo actual, preocupado por una sociedad industrial acartonada y falsa. En este contexto surge Madame Bovary, sin duda el mejor folletín del siglo.
«¡No importa!, no era feliz, no lo había sido nunca. ¿De dón¬de venía aquella insatisfacción de la vida, aquella instantánea corrupción de las cosas en las que se apoyaba?... Pero si había en alguna parte un ser fuerte y bello, una naturaleza valerosa, llena a la vez de exaltación y de refinamientos, un corazón de poeta bajo una forma de ángel, lira con cuerdas de bronce, que tocara al cielo epitalamios elegiacos, ¿por qué, por azar, no lo encontraría ella?»
Sin embargo, se trata, fundamentalmente, de un drama antirromántico, en el que esos amores imposibles sobre los que tanto se había escrito en las primeras décadas del siglo no son aquí más que una feroz crítica a las aspiraciones burguesas, huecas y vacías, efímeras, hedonistas e hipócritas. Los personajes, trazados con magnífico pulso reflejan en todos los casos (a excepción de un viejo médico que parece homenajear al padre del autor), personalidades provincianas, de mira estrecha y pacata; conformistas pusilánimes como el propio Bovary o inconformistas superficiales y veleidosos como la protagonista, y también, como el mismo autor. ¿Y qué decir de ese lenguaje preciso, atento al detalle, transparente y límpido? Algunas de las descripciones son sencillamente inolvidables:
«Cuando quitaron el mantel, Bovary no se levantó, Emma tampoco; y a medida que ella lo miraba, la monotonía de aquel espectáculo desterraba poco a poco de su corazón todo sentimiento de compasión. Carlos le parecía endeble, flaco, nulo, en fin un pobre hombre en todos los aspectos. ¿Cómo deshacerse de él? ¡Qué interminable noche! Algo la dejaba estupefacta como si un vapor de opio la abotagara.»
¿Y la modernidad de la perspectiva del narrador? En fin, una novela magnífica, que se asienta en el folletín decimonónico como lo podría haber hecho sobre cualquier otro formato. No me atrae especialmente el realismo francés de la época, pero esto es otra cosa. – (Diciembre 2010)
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