En el editorial de una publicación de marketing, leía ayer algo parecido a que los españoles tenemos derecho a ser felices, y que una condición necesaria (y quizás suficiente) para abonar esa felicidad era el fomento de la capacidad de consumo privado desde las administraciones públicas.
En el mismo orden –pero desde otra perspectiva- también ayer desayunábamos con la andanada patriótica que el gobierno español enviaba al argentino (con resonancias de gallito castrati) advirtiendo con desempolvada grandilocuencia sobre los rumores de nacionalización parcial de la filial argentina de Repsol.
Me parecen dos buenas razones para construir el eje de coordenadas referencial del “nuevo ciudadano”. Por una parte, en el plano individual (recuerden al hombre unidimensional del enterrado Marcuse) hemos quedado reducidos a la faceta de consumidores y, por otra, el espacio social se circunscribe a la monolítica defensa de la empresa española. El consumo es a la felicidad lo que la producción a los intereses patrios. Tal vez por eso no sea importante elevar a la categoría de delito la algarada pública (así llaman ahora a la manifestación de la disconformidad, del descontento o de la disonancia), mientras –y eso sí es relevante- premiamos a los dineros que deciden sacrificarse, arrimar el hombro y retornar de sus merecidas vacaciones en paradisíacas islas de vírgenes caimanes. Lo mejor de todo es que ante las tímidas críticas al caótico compadreo fiscal, el ministro, muy en su sitio, nos dice que se trata de una medida transitoria. Claro, si tuviera vocación de permanencia no sería una amnistía, sino la beatificación del latrocinio. ¿Tal vez hablamos de eso, señor ministro?
En fin, que el paisaje se torna cada vez más desértico e inhóspito ¿no les parece?
Autor: K. Askildsen
Título: Un vasto y desierto paisaje
Impresión: 7,9
Habituados a la ola nórdica de novelas policiales, Kjell Askildsen, un ya veterano escritor noruego, sorprende y supone una bocanada de aire fresco o, mejor, de aire helado y cortante, porque en esta recopilación de siete relatos cortos (el volumen apenas va más allá de las cien páginas) el cuentista noruego nos enfrenta con los pliegues más sórdidos y menos amables de la naturaleza humana.
Con un lirismo seco y abrupto, de esos que no permiten ni un solo adjetivo superfluo, el lenguaje es tan parco y desnudo como doloroso y preciso, en el que cada palabra está medida y tallada hasta el último detalle. Cada uno de los cuentos se percibe como una bofetada, como –ya lo dice con acierto el título- un vasto, desierto, desangelado y descorazonador paisaje.
Los relatos parten de lo más cotidiano y nimio, a veces casi de detalles apenas perceptibles, para ir remontando y desplegar todo un alentador abanico de incomunicación, soledad mal destilada, fogonazos destructivos de mentes desoladas, vidas opacas y relaciones podridas a las que hace mucho tiempo se les acabó el oxígeno, si acaso alguna vez existió.
Askildsen no vierte una gota de poesía que endulce una realidad tan desoladora, pero tampoco se regodea en acentuar la oscuridad circundante, sino que simplemente se limita a trasladarla a sus personajes de la forma más concisa y plástica posible, como haría un adusto notario del desguace.
Tras leer el primero de los relatos, el lector no busca vueltas de tuerca que sedimenten y hagan volar el argumento, ni finales inesperados que maquillen la aspereza de la palabra, porque el paisaje es siempre vasto, árido y tan inhóspito como los fantasmas que lo habitan. En todo caso, se trata de una colección de cuentos homogénea y muy solvente, más que aconsejable, que contrasta con la literatura lánguida e insustancial a la que vamos acostumbrándonos con fruición. – (Septiembre 2011)
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