viernes, 16 de marzo de 2012

Miscelánea fáustica

1: En una de las entradas anteriores me hacía eco de la desaparición de la edición impresa del diario Público. No ha sido el único en caer. Una de las publicaciones literarias más interesantes en castellano, Revista de libros, también ha dejado de editarse, entre otros motivos, porque a la obra social de Bankia ya no le interesa apoyarla. ¿Cuál será la próxima? Supongo que el diseño de productos financieros complejos, esos que nadie entiende y que comprábamos al calor de un crecimiento basado en el humo de los fuegos de artificio inmobiliarios, unido al exceso de trabajo de los desahucios por impagos, absorben las energías de la casa encendida que en otro tiempo fue caja madrileña, sin dejarles ni siquiera el aliento necesario para patrocinar una revistilla cultural que quiso desvincularse de la rapiña editorial cotidiana. ¿Y a quién le importa?

2: Entre tanto galardón literario desgajado de la chequera, me entero de que el premio Formentor, desligado de intereses editoriales, se lo han otorgado este año (ahora en México) a la obra de Juan Goytisolo. Tal vez no todo esté perdido, aunque lo poco que nos quede tengamos que dedicarlo al (re)pago sanitario. ¿Que no quiere usted una sanidad y una previsión social privadas? Pues pague dos veces la pública, a ver si nos vamos enterando de cuál es el camino correcto, ese que nos imponen desde Berlín y que hacemos nuestro con fervor en menos que canta un gallo.

3: Entre tanto, estos días simultaneaba la lectura del Doctor Faustus, de Thomas Mann, con uno de los últimos volúmenes publicados por Félix de Azúa, Autobiografía sin vida. Aunque desde distintos enfoques, ambos textos tratan las derivas artísticas del siglo XX, su desapego de la tradición humanista y burguesa y la definitiva separación conceptual entre arte y belleza, pues en el colmo del engreimiento, el arte vuelve los ojos hacia dentro, hacia sí mismo, para alimentarse de manera efímera de sus gloriosos restos, comiéndose sus propias entrañas. Mann acude al mito de Fausto para interpretarlo: el artista ha terminado por vender su alma al diablo, de la misma forma que en ese momento, 1943, estaba ocurriendo con la nación alemana. Para Félix de Azúa la respuesta es más simple: el arte ha muerto; ahora es solo un contenedor vacío que vende sus despojos al mejor postor, a la medida de un mercado que todo lo engulle. ¿Les suena de algo? En esas estamos.



Autor: F. de Azúa,
Título: Autobiografía sin vida
Impresión: 7,0



Como es habitual en el autor, la obra no es ensayo ni novela, ni siquiera esbozo de una historia del arte resumida y doméstica, pues, aunque se presentan con algún orden unas cuantas imágenes de esa historia –desde las primeras representaciones rupestres hasta la posmodernidad que sucede al vacío dejado por las vanguardias del siglo XX, pasando por la aprehensión de lo bello por los griegos, su posterior sacrificio en los maderos del crucificado, el despertar gótico, el retorno al arte terrenal flamenco, el asesinato de Marat como signo revolucionario o la mirada vuelta de nuevo a los clásicos del romanticismo europeo- esas imágenes pretenden ser biográficas, es decir, ligadas a la experiencia de quien las cuenta y, tal vez (en una generalización más bien gratuita), de la generación que él representa.

La tesis es, como en obras anteriores de Azúa, la muerte del arte en la segunda mitad del siglo XX, tanto de las artes plásticas como de las que utilizan la palabra para representar y crear. A estas, a las manifestaciones literarias les dedica los dos últimos capítulos, en los que vuelve a pontificar con tesón sobre su degeneración y consecuente muerte (tal y como ya había teorizado con relación a la pintura), en el momento en que se estrangulan a sí mismas cuando dejan de mirar al exterior para revelarse contra la estética burguesa y democrática, terminando por representarse a sí mismas, abstracción de la abstracción pura que satura el significado del signo, lo vacía y lo convierte en un valor tan intercambiable como cualquier otro bien consumible.

Es obvio que la tesis no es nueva, como tampoco lo es la interpretación de las diferentes épocas a las que se acude, pero la perspectiva biográfica (algo más que una escusa argumental) y la sensibilidad literaria con que se evocan esas imágenes, hacen del volumen una lectura placentera, ocasionalmente muy hermosa y siempre atractiva, eso sí, sin la gracia (ni la de Dios ni la más terrenal que nace del alejamiento irónico) que agilizaba y alentaba la lectura en otros volúmenes del autor. – (Marzo 2012)


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