Tras voltear la última página de La broma infinita (de esto hace una semana) no es fácil que a uno se le desdibuje la sonrisa de bobo que el tiempo subsidiado ha ido moldeando. Es posible que tenga algún parecido con esa sensación de huraño y estragado vacío que se aferró al estómago hace ya unos cuantos lustros, cuando leí por primera vez a ese irlandés extraviado y genial que fue Samuel Beckett.
Pero después de un mazazo como el que nos inflige Foster Wallace es recomendable relajar y sacar a pasear el seso. Y con esa idea me dirigí a la literatura de género, en este caso de género negro. Para asegurarme de que no iba a perder el tiempo con tópicos mal hilvanados escogí una de las entregas de Benjamin Black, seudónimo de ese otro irlandés no tan genial pero ocasionalmente brillante que es John Banville, de quien ya traje al blog El mar, excelente novela que juega y deforma el tiempo (el que transcurre con la serenidad de la memoria y el que galopa por la torrentera adolescente del aprendizaje) con resultados excelentes.
Una pena, pues ni siquiera Banville, con la careta de Black, redime el género de tanto estereotipo maniqueo con el que se ha ido esclerotizando.
En fin, no hablaré hoy de Black, aunque sí rescato un par de volúmenes (tampoco tengo tantos) de lo mejorcito que he leído en el terreno de la intriga detectivesca. Uno de ellos es simplemente magnífico y, el otro, el de Vázquez Montalbán, es, claro está, una de las entregas de ese entrañable y ácido degustador que es Carvhalo.
Autor: M. Vázquez Montalbán
Título: El hombre de mi vida
Impresión: 6,3
Poco antes de agotarse el milenio, Carvalho se ve envuelto en un laberíntico entramado relacionado con oscuras y escurridizas sectas a la sombra de poderes nacionalistas, cuando inicia la investigación del asesinato de un joven perteneciente a una conocida familia en el escenario político y económico catalán. Por su parte, Charo vuelve después de siete años con él, con el hombre de su vida. Mientras tanto, un tercer hilo argumental nos remite al fax de su despacho, que no deja de escupir románticas letanías de una extraña mujer. Con esos mimbres, el autor nos dibuja a un Carvalho cansado, casi viejo y más cínico que nunca, que se queda con las liturgias icónicas y desecha los ampulosos contenidos de los neonacionalismos y las sectas de diseño, que no son más que nuevas religiones que ni siquiera respetan los ritos. Novela menos fresca que las primeras entregas de la serie, algo turbia y tal vez confusa en algunos pasajes, pero que, sin embargo, consigue desmitificar desde la distancia, en un tono acertadamente paródico, algunas de las banderas cotidianas más respetadas en nuestro desbocado conglomerado autonómico. - (Agosto 2008)
Autor: G. Greene
Título: El tercer hombre
Impresión: 8,0
En las postrimerías de la colonización francesa de Indochina, a principios de los años cincuenta del pasado siglo, un cínico corresponsal de prensa británico harto ya de tanta muerte inútil, se refugia con su hastío y sus vivencias junto a una mujer nativa mucho más joven que él. Conocerá a un joven norteamericano ingenuo, inocente e impasible (“Dios nos libre de los inocentes”) que trabaja en la legación de su país y con el que mantendrá una extraña relación, casi de amistad paternal, hasta que éste le anuncia que se ha enamorado de la concubina y que está dispuesto a disputársela con limpieza. La insospechada muerte del americano supondrá un vuelco y algunos replanteamientos en la vida del periodista. Lo que hasta ahora estaba claro: la imparcialidad, la negación de cualquier bandera o religión, la no intromisión o el amor entendido como pragmática adormidera para la soledad, modificarán algunas de sus coordenadas. Aún con el tufillo ético que caracteriza al autor en casi toda su obra, la novela sigue siendo magnífica e igual de fresca que cuando se publicó, hace ya más de medio siglo. Además de predecir con nitidez la esencia del post colonialismo, la vertiente ética de la obra (que generalmente contribuye a simplificarla) es aquí compleja, llena de matices, de preguntas y de riquezas cromáticas que han propiciado que transcienda a las veleidades del tiempo. - (Noviembre 2008)
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