La literatura puede ser trampa, impostura, rapiña editorial o marketing de culebrón. Pero la literatura también es, entre otras cosas menos banales, rendido homenaje, devoción explícita que en ocasiones resulta tan lograda como el original reverenciado.
Hace ya algún tiempo traje al blog uno de los ejemplos más conocidos. Me refiero a Memorias de mis putas tristes, volumen con el que García Márquez hacía pública su deuda con esa magnífica miniatura deljaponés Kawabata que es La casa de las bellas durmientes. Y es que Gago no tenía mal ojo a la hora de admirar.
Otro buen ejemplo –también “posteado” en el blog- es el hermoso guiño de Coetzee al universo desértico de Buzzati en Esperando a los bárbaros. También Cela se inspiró en la fragmentaria visión neoyorkina de John Dos Passos cuando imaginó un objetivo multiforme, opresivo y urbano para construir La colmena. Y hasta Umberto Eco se declara admirador (y así lo muestra imitando su estructura) de los seriales folletinescos de Dumas en su último divertimento judaizante.
Pues bien, si hablamos de inspiración y no de burdo plagio, traigo hoy otro homenaje, uno de los más hermosos con los que me he topado durante mis últimos años de lecturas. En las primeras páginas del volumen se recrea el momento en el que Virginia Woolf se quitó la vida, escena que pone en guardia a cualquier lector escaldado, harto de tanto lagrimal enrojecido en vano. Pero no se preocupen, más allá de alguna maniobra algo forzada, con resonancias cinematográficas, la obra es sólida y respetuosa, tanto con la Woolf como con el lector.
Autor: M. Cunningham
Título: Las horas
Impresión: 8,8
Es éste, probablemente, el mejor homenaje a un escritor hecho por otro colega del gremio que yo haya leído. En efecto, “Las horas” es toda una declaración de admiración a Virginia Woolf, a su obra, a su forma de escribir a través de ese lirismo nacido de lo cotidiano que se mueve a impulsos de flujo de conciencia, pero también es un homenaje a la persona, a una forma de entender la vida, a la ambigüedad sexual, a las aspiraciones feministas, a la libertad llevada hasta el extremo del suicidio… Y además la novela de Cunningham es en sí misma admirable, original en cuanto a su forma a la vez que respetuosa, cálida, sensible y con la cercanía justa que permite la narración de una tercera persona omnisciente que acerca su voz al lector mediante la escritura en presente. El argumento no es más que la sucesión de escenas cotidianas de un día en la vida de tres mujeres: de la propia Virginia Woolf en los años veinte, de una lectora privilegiada de la autora inglesa a finales de los años cuarenta y, por fin, de la Señora Vaughan, recreación de Mrs. Dalloway, personaje central de la novela homónima de Woolf, pero trasladada aquí a los años noventa, con la permisividad sexual y una posición de la mujer impensable en 1923, cuando Virginia Woolf inventaba al personaje. El tratamiento de lo esencial enmarcado en lo cotidiano y la elección de un solo día en la narración son, claro, guiños a la autora británica y el resultado es magnífico en tanto que consigue con creces dominar la técnica y rendir al lector.›
‹‹Vivimos nuestra vida, hacemos lo que hacemos y luego dormimos, es tan sencillo y vulgar como esto. Unos pocos se tiran por la ventana, o mueren ahogados o toman pastillas. Más personas mueren a causa de accidentes y la mayoría de nosotros, la gran mayoría, somos devorados lentamente por alguna enfermedad o, si tenemos mucha suerte, por el tiempo mismo. El único consuelo que tenemos es esta hora o aquélla en que nuestra vida, contra toda probabilidad y contra toda expectativa, se abre de pronto y nos da todo lo que hemos imaginado, aunque todos, menos los niños y quizás ellos también, sabemos que a esas horas inevitablemente le seguirán otras mucho más oscuras y más arduas››.
Y para terminar de redondearlo, también es recomendable la película homónima que en 2002 dirigió Stephen Daldry y que coprotagonizó Meryl Streep, con acompañamiento musical más que notable de Plilip Glass. - (Abril 2010)
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