El pasado sábado, en el ocaso de otro 23-F, se desmoronaba una de las últimas fronteras. Mientras los españoles decidíamos si el príncipe impostado debía acudir a su dorado cadalso a pie o en coche, caía otra frontera. En Valencia nos enseñaban cómo desaparecen los dineros destinados a la cooperación internacional y, mientras tanto, sin necesidad de mover un solo músculo derribaban la frontera. La reforma laboral nos mostraba sus primeras dentelladas serias y con el ruido apenas tuvimos ocasión de percibir ese otro silencio opaco, el que dejan tras de sí las rotativas cuando callan. Sí, por fin cayó la frontera de lo PÚBLICO; ahora podremos hozar sin miedo y sin trabas en el barrizal selvático de lo privado.
No terminabas de gustarme, en ocasiones critiqué lo que me pareció histrionismo injustificado, a veces acudí a El país de tu derecha para cerciorarme, y, en fin, fuiste segundo plato las más de las veces. Y ahora te echaré de menos. ¿Quién calentará el flanco izquierdo del quiosco? ¿Quién nos hará ver la grieta, quién nos dirá que sí es posible, quién repetirá que no es irreversible y a quién acudiremos cuando necesitemos recordar que no somos cinco o seis?
El problema es serio, porque no ha sido el oso cavernario quien ha proporcionado el zarpazo definitivo, hemos sido nosotros, los de la boca pequeña, los que disfrutamos lamiendo heridas, los demagogos de salón. ¿Quién es hoy más feliz, el editor de La razón o el preboste de Prisa? No lo duden, nos merecemos una larga cuaresma y, en todo caso, la merezcamos o no, la travesía del desierto será larga, y ni siquiera nos dejarán el consuelo de las tentaciones.
Descanse Público, pero no en paz.
Autor: S. Marai
Título: Memorias de un burgués
Impresión: 8,1
Como si se tratase de una crónica de viajes, Marai describe los paisajes de lo que aproximadamente coincide con las tres primeras décadas de su vida, dibujando en cada retrato una de las múltiples caras de la burguesía de su tiempo. Su infancia se desarrolló en un entorno provinciano, en el que la burguesía, con rostro casi idílico, todavía no ha conseguido desprenderse de los atavismos aristocráticos. Tras su paso por Budapest, ciudad en la que cursó sus estudios secundarios en el rígido ambiente de un internado para hijos de la aristocracia y de la incipiente burguesía húngara, viaja a Alemania, donde conocerá las dos caras más extremas de los años veinte: la despreocupación vital de un crecimiento optimista y desinhibido y, posteriormente, la angustia de una burguesía que no está preparada para el terremoto económico y político de la segunda mitad de la década, con la inseguridad que la hiperinflación va impregnando en todos los estratos sociales. En París se interesará por una sociedad engreída y egoísta, pero que fue el centro de los movimientos culturales de la década. Por fin, en Londres conocerá la seriedad natural de una burguesía austera, con rasgos todavía victorianos, aunque más auténtica que la continental. Marai va pasando por los cimientos de lo que había sido y será una Europa fratricida y compleja, escribiendo con ritmo lento y a veces cansino, como el de los trenes de vapor, pero con una madurez y consistencia difícilmente concebibles en un periodista y escritor que contaba con poco más de treinta años. - (Diciembre 2008)
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