‹‹ “¿Creen ustedes realmente en la literatura? Porque, en ese caso, quizás habrían hecho la pregunta inversa: ¿En qué medida depende la realidad de la literatura?’”. Respuesta: “Sin Homero no habría guerra de Troya, sin Balzac no habría burguesía francesa del siglo XIX, sin Joyce no habría Dublín, sin Shakespeare no habría Ricardo III, sin Musil no habría monarquía austro-húngara”.››
El texto es un párrafo de un artículo que la revista ADN cultura dedicaba la semana pasada a Cees Nooteboom, ese holandés errante eterno candidato al Nobel. Como sigo con lo mío, con La broma infinita, pensaba en qué no habría existido sin la ácida magia de Foster Wallace; probablemente no tendríamos la oportunidad de haber conocido la era del “tiempo subsidiado” ni “la gran concavidad”, referentes espaciotemporales que se conjugan y deforman en ese enorme agujero negro, ese coladero gravitatorio que es, tal vez, la mayor impostura literaria de las últimas décadas, eso sí, en la misma o parecida medida en la que impostaron Joyce o Virginia Wolff, y no creo exagerar.
Con 400 páginas a la espalda, más o menos la tercera parte del pastiche, uno cree haber derribado ya las coordenadas que hasta ahora enmarcaban su percepción artística. El proceso de asimilación es más o menos este:
Tras las cien primeras páginas uno sigue aferrándose al título, y piensa que se encuentra, efectivamente, ante una enorme broma, ante una ruidosa performance más o menos escatológica. Pasadas otras cien páginas, te vas acostumbrando a la sensación de mareo que supone la falta de perspectivas; no es que valores el engendro, pero aprendes a convivir con él. Al llegar a la página 300 parece que se van encendiendo algunas lucecitas. Su utilidad no estriba en orientarnos, pues el paisaje que conseguimos atisbar es tan alucinatorio que echamos de menos la oscuridad inicial. Ahora, con el señalador emboscado en el mojón 400, desaparece la sensación de vértigo y empiezas a mirar con menos desconfianza ese paisaje movedizo y engañoso que, tras pulverizar cualquier coordenada referencial razonable, no parece cansarse de devorarse a sí mismo. En fin, seguiremos en la brecha.
No se me ocurre gran cosa que traer al blog relacionada con Foster Wallace. Únicamente Pynchon se acercaría remotamente, pero tengo en mente la relectura de su otra broma, del Arco iris de gravedad que, como ahora F. W., consiguió descolocar a críticos, colegas y a docentes acomodados.
Por eso recurro a Franzen, quien si bien se encuentra probablemente en las antípodas literarias, no solo leyó la obra de Foster, sino que supo valorarla, sin por ello perder la amistad que les unía.
Autor: J. Franzen
Título: Las correcciones
Impresión: 8,6
Las correcciones es sin duda un buen libro, pero tal vez no sea –como nos lo han ido vendiendo durante la última década- una novela de referencia, el volumen que marca el cambio de siglo literario de la narrativa norteamericana. Franzen nos muestra un espejo en el que, sin analgésicos pudores, se refleja la sociedad americana que, hastiada, aturdida, vacua, enajenada y febril, estrena con mecánico tedio el siglo XXI (la novela se publicó en 2001, pocos meses antes del 11-S), con la única esperanza de que la inercia de las ruedas de los mercados la siga moviendo, aunque detrás de ese movimiento estéril se vaya desplomando una sociedad tan resquebrajada como inútil. La familia Lambert, las relaciones que se establecen entre ellos y con el mundo exterior es todo lo que necesita Franzen para perfilar un mundo caótico y claustrofóbico. En cuanto a la temática es algo parecido a lo que Faulkner nos descubría con sus familias degeneradas, pero el estilo no es siquiera comparable. Alfred es un ingeniero jubilado golpeado por la desilusión y el Parkinson. Su mujer, Enid, se sostiene con el apoyo de los valores burgueses más trillados. Mientras tanto, cada uno de sus tres hijos representan algunos de los clichés que más abundan: el adulto inmaduro que no ha sabido hallar un lugar en el que encontrarse, el yuppie que sigue sin ver más allá del número mientras su familia se hunde y, por último, la joven atractiva de éxito profesional partida en dos por una crisis de identidad. Como se le ha criticado en ocasiones, Franzen escribe más cerca de Tolstoi que de Nabokov, que DeLillo o que Foster Wallace. Su estilo realista y mimético se corrige (todo ha de corregirse, de ahí el título) con un planteamiento temático posmoderno, con un toque ambiental expresionista y con un narrador en tercera persona que deja de ser omnisciente para acercar al lector la mediocridad de los personajes: Ya digo que la novela es sólida y acertada, en ocasiones incluso brillante (el inicio del volumen es demoledor), pero también es monocorde e irregular, con una autosuficiencia que facilita algunos errores de bulto, especialmente en lo que atañe a la construcción de los personajes. – (Noviembre 2011)
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