viernes, 10 de febrero de 2012

La broma infinita

El encabezado de la entrada de hoy se debe, en primer lugar, ha que acabo de sumergirme en esa inacabable vorágine (más de 1100 páginas) que es el artefacto literario que Foster Wallace publicó en 1996 y que, como si de un oscuro milenarismo hablásemos, fue capaz de hacer temblar a los cimientos de la novela americana de finales de siglo.

Pero el encabezado de hoy obedece también a la perplejidad del resultado, del siete a cero con el que el Tribunal Supremo dicta sentencia sin paliativos, sin siquiera concederle el gol del honor a los que todavía miran con algún asombro a esa corrupción insaciable que todo lo engulle. Porque más allá de la consistencia de la figura de Garzón, El supremo ha dado un golpe en la mesa y nos ha dicho que ya está bien de tonterías, que la corrupción forma parte de este país como la catedral de Toledo, como el paro endémico, como el raquítico sistema educativo, eternamente en ruinas, como la Conferencia Episcopal o como las enladrilladas playas levantinas. Y además nos lo ha dicho con una sola voz, porque la sentencia no ha salido adelante por un cuatro a tres, ni por un cinco a dos, ni siquiera por un misérrimo seis a uno. No, esto había que dejarlo claro: no es que haya corruptos en la política, es que la política es corrupta, porque esa es su condición, como la fábula del escorpión. Y quien lo ponga en duda... pues al banquillo (al de los acusados, no al de los suplentes) y a otra cosa.

Creo que era Llamazares quien, tras conocer la sentencia, afirmaba que ni respeta ni acata. Pues sí, tal vez sea hora de mostrarles que no nos merecen ningún respeto, ni con su toga, ni con su sotana, ni con su “amiguito del alma” ni, por supuesto, con la estulta e idiotizada indolencia presidencial.

¿Y qué traigo yo para acercar este encendido dislate a la rivera de lo literario? Sí, creo que lo tengo.



Autor: S Zweig
Título: Novela de ajedrez
Impresión: 7,9


 
En una larga travesía marítima en la que viaja el campeón del mundo de ajedrez, un grupo de pasajeros lo retan a una partida como forma de mitigar la monotonía del viaje. Sin embargo, entre ellos aparecerá un extraño personaje que será capaz de igualar e incluso de superar al maestro. Su desconcertante habilidad viene motivada (como contará a uno de los viajeros) por haber sido su tabla de salvación ante la tortura psicológica que sobre él ejerció el régimen nazi. En esta novela corta, el autor expresa sin rodeos la decepción vital (que le llevaría a quitarse la vida poco después) que supuso la visión de una Europa decadente y corrupta. El enfrentamiento entre el campeón, individuo sin brillo, pobre de espíritu y monotemático, con un personaje maltratado por la guerra, que se asió al ajedrez como forma de salvación, pero que, al enfrentarse al juego de forma obsesiva y febril, a punto estuvo de perder definitivamente la cordura. ¿A quién representa cada uno de los jugadores? ¿Y el público mirón? Zweig vuelve a denunciar el régimen alemán en plena contienda (la novela fue publicada en 1941), lo que ya le había conducido al exilio en dos ocasiones. Sin embargo, el relato, aunque bien construido y contado con la parca brillantez a que nos tiene acostumbrados el autor, exprime con pocos matices (es fácil decirlo ahora, con la perspectiva que proporciona la distancia de siete décadas) las posibilidades narrativas abiertas, en una fábula tal vez demasiado esquemática, habiéndose incluido además un cierre previsible y gris, sin artificios y estridencias, que desencantará a vengadores de historieta y a justicieros de salón. Impagable la precisión, el relieve y la economía de medios con que se nos presentan ambos contendientes. En muchas ocasiones se ha señalado esta obra como la mejor del autor. No lo creo así; la valoración sería quizás diferente si fuésemos capaces de discernir en el juicio vida y obra, esto es, separar el trágico final del autor del ácido desencanto que rezuma el relato. – (Marzo 2009)

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