Escuchaba esta mañana, con creciente fascinación, al máximo responsable de una de las grandes compañías eléctricas españolas. Sí, con fascinación, porque me sigue sorprendiendo ese discurso sólido, correoso, coherente y falto de fisuras que ha calado incluso en buena parte de la socialdemocracia europea. Ya no hablamos de rentabilidad, de productividad, de beneficio o de eficiencia del capital: Estas expresiones se han sustituido, sin cambiar un ápice su significado, por desarrollo social, crecimiento responsable, madurez colectiva o cohesión social. Si acudimos a la Biblia, inagotable fuente de inspiración, encontramos eso de que “el Verbo se hizo carne”, verdad entre verdades que nos viene a recordar, más o menos, que solo somos lo que decimos y que el paisaje cotidiano lo edificamos y actualizamos diariamente con palabras, que de tanto repetirse vuelven a hacerse carne y sangre que dan carta de naturaleza (la única naturaleza posible, así nos lo cuentan) a un modelo que, de otra manera, podría haber sido tan efímero e inconsistente como los mantras que lo vocean por doquier.
“No es que esté en contra de la huelga, pero favorecer a estas alturas a esos sindicatos inútiles y esclerotizados, que viven de mi trabajo, sin pegar palo al agua…” ¿Cuántas veces hemos oído estos días expresiones de ese jaez? Volviendo al prócer de las eléctricas, me enternecía hasta las lágrimas cuando acudía a esos cientos de miles de ciudadanos anónimos que complementan su salario con los dividendos que reparte su empresa, para justificar el renovado empeño con el que todos los días acude a su despacho. El problema no es que lo diga, sino que lo interpretemos como la única encarnación posible de la responsabilidad. Y mientras tanto, ponemos a caer de un burro a los sindicatos. ¿No les parece que ya son muchos los pájaros que disparan a las escopetas?
Claro está, con este discurso mántrico y soez de fondo, los que hagamos la huelga el próximo jueves seremos tachados de irresponsables e inmaduros, de no estar a la altura que la situación requiere. Pero además, en el colmo de la estupidez, también seremos insolidarios con los cinco millones de parados a los que la reforma laboral brinda la oportunidad de redimirse. Acabáramos.
Si de inmadurez hablamos, me quedo con la que retrata Landero, quien no se dedica a ensalzar ni a deplorar (eso se lo dejamos al milagro diario del verbo encarnado), sino que acude a sus matices, a su consistencia líquida y a las múltiples sinuosidades que la identifican y la nombran.
Autor: L. Landero
Título: Retrato de un hombre inmaduro
Impresión: 7,0
Un individuo maduro, aunque todavía no anciano, gris, anónimo y sin pretensiones cuenta su vida a una oyente también anónima en una habitación de hospital durante la última noche de su vida. Pero el relato, el monólogo, como la vida misma, no transcurre de forma lineal, ni en él aparecen aventuras o hechos dignos de contar. No, el relato se desgrana como si se tratase de un chaparrón sin importancia, gotas de lluvia discretas e inconsistentes, insignificantes y nimias cuando se perciben individualmente; porque la vida que elige Landero es la más silenciosa y anodina que ha sido capaz de encontrar. El protagonista –si de protagonismo cabe hablar- es apenas una sombra, un espejo desvaído de otras vidas que él se ha limitado a reflejar con torpeza, la sombra de un individuo que se deslizó sin ruido, sin llamar la atención, sin haber tenido la oportunidad de revolcarse ni solazarse por los lodazales de la vida.
«Y en fin, así soy yo, un hombre sin virtudes, un yermo donde no crecen malas hierbas, es cierto, pero tampoco la más humilde flor.»
El libro, ya digo, es un monólogo hecho de recuerdos mal hilvanados, de retazos de conciencia (en general de la conciencia de otros), de torpes atisbos de amago sentimental y, en general, de esa escurridiza materia difícil de identificar con la que se construye el día a día más monótono y trivial. El autor indaga sobre el recuerdo, sobre la vejez y, especialmente, sobre la esencia vital, encontrando esa esencia en los fogonazos dispersos y poco conexos procedentes de los recuerdos más inconvenientes, esos que nunca se nos ocurriría contar por irrelevantes. Y lo hace bien; como la tela de araña, vulgar pero metódica y efectiva, Landero teje una visión sombría y poco edificante, tozuda, áspera e incómoda, esto es, como la vida misma. – (Agosto 2011)
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