sábado, 31 de marzo de 2012

Demagogos incendiarios, pero de salón

Ya tenemos presupuestos, al menos los privilegiados nativos que todavía conservamos un puesto de trabajo en condiciones dignas. Pero, según nos cuentan, mis impuestos, junto a los de los afortunados como yo, no dan para pagar su integración, señor inmigrante, ni para financiar la dependencia, ni mucho menos, para paliar mínimamente la situación agónica de unos cuantos cientos de millones de personas que ni siquiera recibirán ya la limosna procedente de la cooperación internacional. Eso se lo dejamos a las monjitas y a la caridad privada, es decir, a la que acudimos puntualmente los nativos blancos para adormecer la conciencia con la que lo humillamos a usted, señor inmigrante, en los centros provisionales de internamiento, todavía regidos por policías que, en algunos casos, siguen manteniendo ese tic congénito que les hace mover la porra de manera compulsiva.

No, mis impuestos no dan para tanto, porque tengo que seguir financiando la agricultura europea, la más cara del mundo. También financio acciones militares de pacificación (vaya lío), menos en Siria, claro, que tiene unos vecinos revoltosos, ni en Sudán del Sur, donde no hay nada que rascar. Pero vamos cerca, a defender los intereses patrios en el Mar Rojo, intereses que deben cifrarse, supongo, en las toneladas de pececitos con las que esquilmamos aquellos mares, porque los nuestros, según nos dicen desde Bruselas, ya están hueros.

Sí, ya tenemos presupuestos. Y Como mis impuestos no son suficientes, acudiremos a los dineros de los chorizos que deberían estar entre rejas, quienes en un esfuerzo patriótico supremo, harán emerger sus cuartos en una amnistía fiscal que, a cambio de poner sus nombres en el frontispicio de las Iglesias –a las que, por cierto, sí seguimos financiando-, solo se les pedirá que tributen el 10% de su arrepentido pecunio ejemplarmente emergido.

Eso sí, siguen tributando menos las rentas del capital que las del trabajo, sin mencionar las transacciones financieras, esas que suben y bajan diariamente el precio de las primas soberanas, las cuales no tienen ni tiempo ni recursos para tributar, no sea que mientras tanto se les escape alguna economía debilitada a la que hincar el diente.

Sí, soy un demagogo, y por eso, yo que sigo siendo privilegiado, pagaría el sueldo de unos meses para financiar a los asalariados con menos capacidad de ahorro, para que podamos mantener viva una huelga general durante, por ejemplo, una semana. Sí, una huelga general que se nos ha vendido como un problema de orden público, y no de orden social., porque exaltarnos ante la precarización laboral, la condena a la indigencia de los inmigrantes indocumentados, la práctica desactivación de la sostenibilidad de la dependencia o la desaparición de las partidas que hasta ahora se destinaban a la cooperación internacional, solo puede llevar a desórdenes públicos, pues el orden social ya se lo hemos vendido a la iniciativa privada

Porque, sépalo, señor inmigrante, su problema no reside en que no tenga papeles, ni en que carezca de la ciudadanía española. Su problema, como el de los residentes en Sudán del Sur, es que usted no es ni puede ser consumidor, porque los inmigrantes con capacidad de consumo, tengan o no tengan papeles, no pasan por los centros de internamiento. La protección del consumo es una prioridad de orden público, mientras que la protección del ciudadano es de orden social, y por eso la huelga solo genera desórdenes públicos, porque estamos dejando de ser ciudadanos para convertirnos en gloriosos consumidores.

Y entre tanto ruido, esta semana nos hemos quedado sin la voz de Tabucchi, ese que decidió nacionalizarse portugués para seguir las huellas de Pessoa. De él ya había traído al blog su magnífico Nocturno hindú. También leí hace una década ese hermoso manifiesto que es Sostiene Pereira, del que no guardo recuerdo por escrito. Únicamente me queda otro de sus volúmenes, un alegato ético con valor literario menos relevante. Leo la reseña que escribí en aquel momento y me percato de que es una de las más pobres y desenfocadas de las que conservo, pero como es lo único que tengo, aquí la dejo disculpándome por anticipado ante un hipotético lector. Para tratar de enderezar el entuerto vuelvo a dejar también la impresión –breve pero más acertada- de la novela corta que le sugirió la noche india, impresión que, ya digo, había traído en una entrada anterior.



Autor: A. Tabucchi
Título: La cabeza perdida de Damasceno Monteiro
Impresión: 6,4

Un individuo decapitado es encontrado con señales de violencia en un parque público y un joven e inexperto periodista es encargado para seguir la noticia. Mientras inicia sus pesquisas conocerá a un viejo y arisco abogado que se dedica a defender causas perdidas con clientes procedentes de los estratos más bajos. Tabucchi vuelve a repetir con una novela de tono político –e intención un tanto pedagógica y moralizante- al estilo de la exitosa Sostiene Pereira. De hecho, se publicó inmediatamente después de ésta y en ocasiones, los hermosos (aunque artificiales) diálogos entre el periodista y el abogado, recuerdan demasiado a los ecos de la novela anterior, por lo que, aunque interesante y muy eficaz, el lector transitará un camino conocido y ciertamente trillado, que además no alcanza la inspiración de algunos de sus relatos cortos y, sobre todo, de la magnífica novela corta Nocturno hindú. En cualquier caso, Tabucchi nos vuelve a mostrar aquí una entrañable galería de personajes con el sello de la casa, retratos ingenuos pero sólidos y plenos de utópica ternura, sin caer por ello en blandas o fáciles sensiblerías tan al uso en la literatura actual. - (Abril 2005)



 


Autor: A: Tabucchi
Título: Nocturno hindú
Impresión: 8,5

En esta novela corta, con la que comenzó a ser reconocido internacionalmente, Tabucchi ensaya el género de viajes a través de pequeños relatos impresionistas que tienen en común la noche india, con su corolario de misterio, belleza antigua, exótica melancolía y la acidez que se desprende del absurdo surrealista de los contrastes entre el lujo amurallado de los hoteles para occidentales y la grotesca cultura de la pobreza mantenida por la paciente y sumisa estructura de castas. El argumento es difuso y vacilante, contribuyendo a esa vaga sensación de exótica melancolía que va impregnando al lector. Un viajero occidental se desplaza a La India en busca del rastro de un antiguo amigo. Las razones de la búsqueda, de la relación entre ambos, o de la permanente huída del amigo son desconocidas y están más allá del foco del relato. Sólo al final, en un juego de espejos animado por la metaficción, Tabucchi vuelve al argumento original para apuntalar la historia, aludiendo a un contexto sólo sugerido, semioculto en el imaginario de la enigmática y mórbida noche india. Mucho más relevantes son los micro relatos que van surgiendo de las visitas que el protagonista realiza a Madrás, Bombay o Goa, en las que con pocas pinceladas, nos introducimos en el hipnótico, reiterado y delirante nocturno hindú. – (Junio 2009)

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