Al iniciar el año, con rauda celeridad nos recuerdan que los premios siempre vuelven, como el turrón. El primer galardón literario, decadente y en plenas rebajas, es el veterano Nadal, quizás uno de los más depauperados. Recordemos, no obstante, que se estrenó con Nada, de Carmen Laforet hace ya unas cuantas décadas y que durante su época inicial supo salir airoso de las abundantes andanadas de los sectores más rancios de la cultureta franquista.
Este año le ha tocado a un “joven desconocido” (nació en 1939), como viene siendo habitual últimamente, pues arriesgar, lo que se dice arriesgar, no va con este grupo editorial. Hace tiempo que no me he topado con la narrativa del cántabro Álvaro Pombo, aunque recuerdo haber leído su Metro de platino iridiado y, aunque mis preferencias eran otras, no me dejó en absoluto mal sabor de boca. Lo que sí he encontrado últimamente son algunas de sus excéntricas y simplonas declaraciones, tanto en el plano literario como en el político, terminando, como no podía ser de otra forma, en la candidatura de esa Amalgama populista, paródica y oportunista que es UPyD.
Para endulzarnos el paladar, me refiero ahora al premio “Otras voces, otros ámbitos” de 2011, sin duda uno de los más interesantes de la narrativa castellana, entre otras cosas porque se halla fuera del mercado. El galardón se lo entregan a la mejor obra que haya vendido menos de 3000 ejemplares, y el pasado año se lo concedieron a un volumen sorprendente y a un escritor con méritos más que sobrados, aunque con suerte esquiva en las mesas de librerías y supermercados. Por cierto, ¿se han asomado ustedes al muestrario de la sección de libros de una gran superficie durante estas navidades? Una pena.
Autor: L. Magrynia
Título: Habitación doble
Impresión: 7,1
Resulta gratificante encontrar en la narrativa española actual algunos autores que desprecian los transitados caminos del best seller y optan por una literatura personal que tampoco se escuda en modas ni en corrientes fulgurantes que mañana nadie recordará. Lo que Magrinya nos ofrece es, según sus palabras, un artefacto, eso sí, fresco y alentador, pues no es etiquetable ni siquiera para encasillar en el cajón de sastre de lo misceláneo. Los textos se agrupan en cuatro títulos, cada uno de ellos a su vez dividido en dos relatos y, como colofón, un ensayo especulativo (y como tal ensayo, para respetar los cánones, incluye más de 130 notas documentales al pie) sobre las responsabilidades del padre del "carnicero de Milwaukee", uno de esos asesinos en serie que alimentó las publicaciones truculentas de medio mundo durante unos cuantos meses. Las virtudes del volumen no son pocas, pero sin duda, de ellas, la más relevante es la construcción lingüística, de una textura diáfana, sencilla, clásica en la forma pero absolutamente posmoderna en el fondo. Como si de habitaciones dobles de hotel se tratase, tan frecuentadas que han perdido cualquier atisbo de identidad, el autor centra su foco en retazos cotidianos de existencias tan rutinarias como las de cualquiera. Unos cuantos días en la vida de una editora que va a casarse con un joven que podría ser su hijo, las reflexiones de un joven artista que acompaña a sus padres en un crucero por el Nilo, la perturbadora aparición de una desconocida en una cena de médicos, o la conversación trivial durante el trayecto en coche de un guionista con dos amigos, son algunos de los desvaídos enganches temáticos escogidos por Magrinya para desplegar un catálogo de registros que van desde las formas teatrales a una disertación sobre fútbol, de esas con las que cualquiera puede tropezar una mañana de lunes. Los relatos resultan inquietantes en su aparente esterilidad, en la cháchara ruidosa y refractaria de su burlona vulgaridad. En fin, una lectura recomendable para mantener las distancias con los volúmenes de aventuras trepidantes de los superventas del “top ten”. – (Noviembre 2011)
Y ahora, para terminar por hoy, traigo un librito leído también en 2011, que no figuraba en la lista de mis mejores lecturas del año que presentaba la semana pasada, pero que, en cualquier caso fue un descubrimiento.
Autor: F. Kongoli
Título: Bolero en la villa de los viejos
Impresión: 6,6
Fatos Kongoli es de nacionalidad albanesa, como el laureado Ismail Kadaré, si bien mucho menos conocido que este. Las diferencias de su escritura son abundantes, aunque también encontramos algunas semejanzas. Kongoli es matemático de formación y solo pudo publicar su obra tras la caída del régimen comunista, lo que contrasta con la cercanía al poder que mantuvo ocasionalmente Kadaré. Ciertamente la obra de Kongoli carece de la exquisitez de algunas de las publicaciones de Kadaré, pero es, al menos tan personal y singular como la de este. Los dos extraen sus argumentos del atormentado país que les ha tocado en suerte, pero la mirada de Kongoli es mucho más oscura, pesimista y huraña. Una joven enfermera, que se considera a sí misma adefesio, deshecho e inmundicia, es contratada por una pareja de ancianos para cuidarlos durante sus últimos años. El mundo cerrado de la mansión, junto a algunos fogonazos de la memoria de la protagonista, procedentes de sus atormentados recuerdos junto a su familia, va construyendo un mundo sencillo en apariencia, pero que hunde sus raíces en las miserias de un país tan desafortunado como olvidado de los dioses. Unos cuantos personajes secundarios (dos hijos de la pareja de ancianos que aparecen y desaparecen, la bella esposa de uno de ellos o el médico que trata habitualmente a los viejos, quien periódicamente representa una comedia que los hace rejuvenecer por unos instantes) completan un decorado sombrío, reiterativo y poco esperanzador, tan desolador como las ensoñaciones y los juegos solitarios de la protagonista. El estilo es sobrio y sencillo, hecho a base de frases cortas en las que escasean los adjetivos, narrado en una primera persona que a menudo araña al lector a través de una percepción autodestructiva e indolente, metáfora de la Albania fratricida que no ha sabido edificar un espacio de convivencia tras el larguísimo crepúsculo dictatorial. Se trata, en fin, de una narración sin grandes pretensiones, encerrada en sí misma, machacona y árida, más o menos como la desencantada y empobrecida percepción social del interesante y desconocido autor albanés. – (Diciembre 2011)
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