Con el encabezado de la entrada de hoy no quiero referirme a la novela que hace no mucho tiempo publicó Paul Auster (Anagrama), entre otras cosas, porque no la he leído. Estaba pensando más bien en los amigos invisibles, en esos que tanto proliferan en estos días prenavideños, cargados de sorpresas y regalos, de erosionados deseos y, eso sí, de la garantía de canje en las recortadas rebajas del Corte Inglés.
Pues bien, con tres semanas de adelanto dejo aquí mi lista de deseos, por si algún amigo, aunque sea invisible, tiene a bien adornar mi Navidad. Hablo, claro de libros, pero no de los efímeros volúmenes que aprovechan estas fechas para realizar un exiguo agosto –o no tan exiguo-, y que retirarán con torcida sonrisa libreros y distribuidores una vez pasada su gloriosa epifanía.
No, no hablo de ese tipo de volúmenes. Para marcar alguna distancia, pego solo unos cuantos títulos que se publicaron por primera vez antes de que yo naciera (y de eso hace ya algunos lustros), si bien, para facilitar la tarea a los invisibles, diré que la mayoría se han reeditado recientemente, de manera que ni los renos ni las tarjetas de crédito tengan que angustiarse con las innecesarias travesías por el desierto de Buzzati.
- Arreola, Juan José: Confabulario
- Banffy, Niklós: Escrito en la pared
- Barnes, Djuna: El bosque de la noche
- Barth, John: El plantador de tabaco
- Borges, Jorge Luis: La muerte y la brújula
- Broch, Hermann: La muerte de Virgilio
- Canetti, Elias: Auto de fe
- Capek, Karel: La guerra de la salamandras
- Chaves Nogales, Manuel: A sangre y fuego
- Donoso, José: El lugar sin límites
- Gaddis, William: Los reconocimientos
- Gazdánov, Gaito: Una noche con Claire
- Ginzburg, Natalia: Léxico familiar
- Hara, Tamiki: Flores de verano
- Hartley, L. P.: El mensajero
- Hawthorne, Nathaniel: Wakefield y otros relatos
- Hedayat, Sadeq: La lechuza ciega
- Hemingway, Ernest: Cuentos
- Hernández, Felisberto: Nadie encendía las lámparas
- Hrabal, Bohumil: Lecciones de baile para mayores
- Keilson, Hans: Una comedia en tono menor
- Koestler, Arthur: Diálogo con la muerte. Testamento español
- Korolenko, Vladimir: El músico ciego
- Laxness, H.: La campana de Islandia
- Malet, Léo: Ratas de Montsouris
- Mann, Thomas: Carlota en Weimar
- Mansfield, Katherine: Fiesta en el jardín y otros cuentos
- Maupassant, Guy: Cuentos esenciales
- McCullers, Carson: El corazón es un cazador solitario
- O’Brien, Flann: La boca pobre
- Níster, Der: La familia Máshber
- Pavese, Cesare: La luna y las estrellas
- Rezzori, Gregor von: Edipo en Stalingrado
- Ribeyro, Julio Ramón: Los gallinazos sin plumas
- Roth, Henry: Llámalo sueño
- Roth, Joseph: Cipper y su padre
- Schulz, Bruno: Madurar hacia la infancia
- Spark, Muriel: Memento mori
- Tanizaki, Junichiro: Hay quien prefiere las ortigas
- Twain, Mark: Los inocentes en el extranjero (o Guía para viajeros inocentes)
- Vittorini, Elio: Conversación en Sicilia
- VV.AA.: Un siglo de cuentos rusos De Pushkin a Chejov
- Walser, Robert: Jacob Von Gunten
Y después de esta improvisada y humilde lista de bodas, sin dejar a un lado la Navidad, vuelvo ahora a sus sueños, al mercadillo de promesas y deseos que se nos ofrecen con tan dudoso gusto. Y de sueños nos habla por ejemplo, la publicidad de la lotería de Navidad; sueños que no proceden del calvinista mundo del trabajo ni del bienaventurado rendimiento del capital. Se acercan más al simbolismo de la providencia, del sortilegio y de la cábala, de la superstición numerológica y del inescrutable destino. Y si a este coctail añadimos su presagio de paz, de felicidad, de augurios virginales y de tanta bobada ñoña y estulta, el fracaso es imposible.
Y si de sueños hablamos, alguno se le ha cumplido esta semana a Nicanor Parra, el hermanísimo, y tiempo también tendrá de soñar Christa Wolf, escritora poco conocida por aquí, pero que merecería mayor atención, aunque sea ahora, de manera póstuma.
¿Quieren otro regalo? Pues si entre sueños anda el juego, les dejo con los de Kadaré, de más enjundia que los otros, que los que como fláccidos colgajos muestran sus vergüenzas adheridas al abeto navideño.
Autor: I. Kadaré
Título: El palacio de los sueños
Impresión: 8,2
La disolución de la frontera entre sueño y vigilia o la traslación de relatos y atmósferas oníricas a la realidad de los personajes han sido bases argumentales frecuentes en las tramas cinematográficas y literarias. Pero lo que Kadaré nos propone es una parábola simbólica y gótica que va más allá y que, como sucede con las narraciones de Calvino, puede leerse en varias capas o niveles de interpretación. El imperio otomano –hasta ahí se remonta el autor para sortear recelos y censuras de la Albania de Hoxha- decide recopilar los sueños de sus ciudadanos con el fin de que le sean de utilidad para que, tras su oportuna selección e interpretación, se constituyan en instrumento eficaz con el que prevenir conspiraciones que pudieran tramarse contra el Estado. Mark-Alen es un joven procedente de una antigua familia aristocrática que comienza a trabajar en el Tabir Saray, el palacio en el que se registran, ordenan, seleccionan e interpretan los sueños de todo un imperio para el sultán. El palacio, desproporcionada edificación de inacabables corredores y pasillos laberínticos, con evidentes paralelismos con los espacios burocráticos kafkianos, es un escenario oscuro, absorbente, desasosegante y hostil en el que cientos de trabajadores cenicientos van seleccionando e interpretando los sueños, a través de una estructura de filtros jerárquicos que permite elegir un único sueño semanal que llegará al sultán. El protagonista irá ascendiendo rápidamente a través de la estructura, asimilando y mimetizando con rapidez todos esos valores vacuos de la represión estatal y de la esterilidad burocrática (que se desliga de su utilidad para definirse y desarrollarse solo en clave interna) que había despreciado pocos meses atrás. El estilo de Kadaré es, como siempre, transparente, nítido y cercano a cualquier tipo de lector, incorporando registros textuales procedentes de la ficción de intriga, de la novela gótica y de los relatos históricos que insuflan tensión dosificada y creciente a la trama. El volumen es sin duda atractivo, pues el universo y los demonios personales del autor se muestran aquí en estado puro. No obstante, a diferencia de la crítica mayoritaria, no creo que sea su mejor obra, pues los matices, su característica óptica nebulosa o el expresionismo de sus texturas se muestran de manera más sugerente en algunas otras de sus publicaciones. (Noviembre 2007)
No hay comentarios:
Publicar un comentario