domingo, 27 de noviembre de 2011

En busca del tiempo perdido

El pasado viernes tuve la oportunidad de asistir a una charla de Carlos Taibo, uno de los promotores del llamado modelo del decrecimiento, conjunto de respuestas más o menos estructuradas que reivindican la sostenibilidad social y ecológica como únicos recursos a los que aferrarnos ante un capitalismo desatado que se come a sus propios hijos.
La construcción decrecentista es sugerente, pero en absoluto sólida, pues en ella convergen planteamientos sociopolíticos de distinta índole, uno de los cuales, las propuestas “slow” pretenden liberar al tiempo de las redes productivas para otorgarle una dimensión social , tejida de relaciones y de momentos alejados de la uniformidad y de la lógica productivista. La “educación lenta” (personalizada en función de los tiempos de maduración individuales) o la “comida lenta” son tal vez los ejemplos más difundidos.

Sin tener que recurrir a la literatura posmoderna, autoconsciente y descreída, desencantada con las banderas de la modernidad, construida a base de retazos, de desechos, de cultura pop y de mucha ironía, se me ocurren unos cuantos ejemplos clásicos que bien podrían ser desenterrados y reivindicados por los “slow” y, en general, por los que despotrican de un tiempo medidor, divisor dictatorial de magnitudes económicas. Traigo a continuación dos de esos ejemplos, publicados ambos aproximadamente hace siglo y medio, es decir, cuando el capitalismo, si bien ya enseñaba alguna de sus caras más tenebrosas (recuerden a Dickens) era todavía demasiado localista, con mercados financieros poco desarrollados, aún prácticamente en pañales en buena parte de Europa, como en Rusia, donde las estructuras feudales poco habían cambiado desde la edad media.



Autor: H. Melville
Título: Barthlevy el escribiente
Impresión 8,4



Nos hallamos ante uno de los cuentos clásicos norteamericanos más recordados y celebrados, aunque no por ello ha perdido su extraño interés hipnótico. Escrito a mediados del siglo XIX, se trata de uno de los primeros relatos de factura psicológica que abunda en la paranormalidad del individuo. Por esta razón, a Borges le evocaba los ambientes kafkianos inexplicados de La metamorfosis, mientras que Camus lo señala como precursor del existencialismo y Vila-Matas lo expone como ejemplo de coherencia con relación a la postura del escritor ante su obra. Supongo que algo habrá de todo eso y de otras tantas teorías, pues uno de los méritos del cuento es narrar un hecho insólito, al que únicamente al final se le encuentra vagamente una posible explicación, más como colofón retórico que como un empeño de cierre mínimamente sólido. Un abogado busca un tercer escribiente para su despacho y aparece Barthleby:

“Reveo esa figura, pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada”.

Poco después de su contratación, sin aviso previo ni razón aparente, el nuevo escribiente se niega primero a comprobar varias copias, terminando por dejar incluso la escribanía, rehusando cualquier encargo con la coletilla “preferiría no hacerlo”. El abogado trata inútilmente de que entre en razón, viéndose obligado por último a despedirlo. Pero la pasividad de Barthleby le lleva a no moverse del escritorio, con lo que terminará con los huesos en la cárcel, donde morirá de hambre, sin ruido ni resistencia, con el único empeño –como probablemente diría Vila-Matas- de desaparecer, de disolverse en silencio. Para Borges, traductor y prologuista del relato,

“Es como si Melville hubiera escrito: Basta que sea irracional un solo hombre para que otros lo sean y para que lo sea el universo. La historia universal apunta en confirmaciones de ese tenor.”

En todo caso, más allá de sus innumerables relecturas y reinterpretaciones, se trata de un cuento que hechiza en su simplicidad y que además podría ser modelo de construcción formal, con evidentes muestras de modernidad, como ocurre en el propio desenlace. – (Marzo 2010)



Autor: I. Goncharov
Título: Oblomov
Impresión: 7,3



No es fácil acercarse sin pereza ni prejuicios a la literatura del siglo XIX. Muchos de los temas recurrentes se repiten incluso ahora, pero su tratamiento es muy diferente. Así, esta novela podría enmarcarse en el realismo social característico de la narrativa rusa de mediados de siglo, influenciada todavía por la tradición romántica. Pero su valor es muy superior al de la etiqueta, habiéndose interiorizado y sedimentado incluso como un lugar común en la cultura y en la lengua rusa. Oblomov es un señor feudal (en Rusia todavía se protegía legalmente la servidumbre a mediados del siglo XIX) emigrado a la ciudad que, sin motivos aparentes, va perdiendo interés por lo que le rodea, especialmente si le requiere el más mínimo esfuerzo, lo que le lleva progresivamente a desvincularse de su mundo y de su gente, incluso de la más cercana. La desidia y la dejadez van apoderándose de él y ni su amigo Andrei (antítesis del protagonista y personificación del hombre de acción, renovador y cosmopolita, guiño evidente al occidente europeo, vital, bullicioso y dinámico) ni su prometida Olga serán capaces de reencauzar ese fatalista estigma. La construcción del protagonista, del que hay precedentes en la cultura rusa, es magistral, pues en absoluto se circunscribe a los trazos necesarios para sostener la novela, sino que se elabora poco a poco, como un buen caldo, a base de detalladas pinceladas a lo largo de más de 150 páginas. El resto de la novela es más previsible, casi un elaborado folletín como tantos otros, de 900 páginas, aunque sigue cuidando la coherencia y el relieve de los personajes, así como la verosimilitud de las situaciones planteadas. Pero su trascendencia se debe a la enorme figura del protagonista, no sólo por lo que supuso como crítica social de una clase en decadencia, improductiva y superflua, sino, sobre todo, por la genialidad de los trazos que lo definen. Por lo demás, la novela es algo indigesta y meliflua, fiel reflejo de la literatura romántica que todavía coleaba, pero la compleja singularidad de Oblomov sigue siendo comparable con los personajes más memorables de Dostoievski. – (Junio 2010)


















No hay comentarios:

Publicar un comentario