lunes, 21 de noviembre de 2011

Elogio de la infelicidad

Tras los alentadores y esperanzadores resultados electorales –alabado sea el pueblo español, siempre clarividente ante el tuerto y el entuerto, el mercado y el mercadillo- me encuentro algo aturdido, pero bien dispuesto a la penitencia, al propósito de enmienda, a jalear la hoguera en plaza pública de brujas y de derechos desguazados, a la demolición de lo público, a la desincentivación del gasto inútil, del despilfarro que suponen los euros improductivos (apoyos educativos, vivienda digna, cooperación con la dependencia, etcétera) y, en fin, a lapidar todo aquello que disguste al Santander, al Corte Inglés y a nuestra santa madre iglesia.

Ya digo que estoy algo aturdido y, tal vez por eso, últimamente he dejado un tanto desguarnecido el mundo de la ficción, aunque no el de la literatura, pues una de mis últimas lecturas es una recopilación De reseñas ficcionales publicadas en distintos medios por Aparicio Maydeu, sin duda un lector aventajado y audaz. El volumen, Lecturas de ficción contemporánea, es una excelente guía de lectura sobre la literatura del siglo XX, aunque se decante en exceso por la narrativa norteamericana; muy recomendable para los que quieran poner alguna distancia con las novedades editoriales más rutilantes.
Otro de los libros engullidos es menos literario, pero más sugerente y fresco entre tanto aire repetitivo y viciado. Se trata de Elogio de la infelicidad, de Emilio Lledó, que recurre al clasicismo griego para indagar sobre los primeros vestigios escritos relacionados con la autoconsciencia, constructo necesariamente anterior a cualquier elaboración social del deseo, de la necesidad, de la ética y, como un corolario movedizo y etéreo -inalcanzable espejismo de la fascinación- también de la felicidad.

Lledó nos habla de la alienación, si bien  no en su acepción moderna y hegeliana, sino que acude a Aristóteles, pero también al Banquete platónico y al mito de la ruptura, de la partición de unos seres perfectos (y por tanto esféricos) que, una vez divididos por el receloso Ceus, dieron origen al hombre: entidad escindida y enajenada, de la misma forma que le sucede a su lenguaje, que necesita del signo para referenciar. Y, claro, es esa búsqueda del otro, de la mitad perdida, la que origina, como una actualización del mito, fenómenos como el consumo, la moda o, en general, cualquier representación que se agote en su inmediata vacuidad. Lean si no:

‹‹Los seres humanos éramos, en un principio, doble de lo que somos. Seres esféricos, de extraordinario vigor, con cuatro brazos, cuatro piernas, dos órganos sexuales, dos rostros en una única cabeza. Estos extraños seres pertenecían a tres géneros: masculino, femenino y andrógino. El sol era el origen del género masculino; la luna, del femenino; y partícipe de ambos era el andrógino que existió realmente y, como afirma Platón, solo ha quedado el nombre como algo oprobioso. La forma redonda de estos extraños seres tenía que ver con los astros de los que provenían, del sol, de la tierra, de la luna. Eran, además, extraordinariamente móviles por su forma y sus miembros, estaban llenos no solo de fuerza, sino de arrogancia y talento. En algún momento debieron sentir la inutilidad de los dioses, y quisieron ponerse en su lugar. Ceus no sabía qué hacer para amainar su soberbia. Un dios, pues, caviloso, humano ya. Y un dios que, como los hombres, es también indigente. Porque si los extermina, dice, se priva de los posibles sacrificios que puedan hacerle en su honor. Ceus pensó, entonces, que lo mejor sería partirlos de arriba abajo, duplicarlos, debilitarlos. La redondez y plenitud se vuelve, así, indigencia. Cada ser no es ya sino deseo de unión con las mitades perdidas.

(...)

Platón, después de habernos mostrado que nuestra anterior naturaleza no era como la de ahora, dice de los seres humanos que, por el corte que dieron los dioses a esos seres redondos, nos hemos convertido en símbolo de hombre, y esa fractura va a hacer surgir el deseo y el amor. (...) Desde entonces y para siempre nació, en esos seres tronchados, el anhelo de lo otro, el deseo del otro. Ya no son solo las palabras las que andan perdidas por el mundo, buscando quien las ame y las sepa interpretar, sino que somos nosotros mismos, nuestra corporeidad y personalidad, nuestro ser, el que se hace visible como símbolo maltrecho, como apariencia perdida, como fenómeno que ha de ser salvado.››

Pero tampoco me he olvidado de la ficción. Ahora que los españoles nos dedicamos a refrendar con fervor la lógica del mercado, antes de que también nos desmantelen el improductivo Ministerio de cultura, tal vez no sea mala idea refugiarnos en una visión algo más poética. Entre tanto espacio cicatero y gris, ramplón y zafio, que ni siquiera ha dejado un hueco entre todo su ruido para recordar al malogrado Daniel Sada, propongo una de mis lecturas más hermosas de los últimos años.



Autor: I. Calvino
Título: Las ciudades invisibles
Impresión: 9,4



De los textos de Calvino, sobre todo de los posteriores a su narrativa neorrealista, se dice habitualmente que hay que leerlos en varias capas o mediante claves de acceso sucesivas y diferentes. En este caso ocurre lo mismo, claro, aunque es recomendable leerlo una primera vez sin más, adormeciendo la razón, dejándola a un lado y abandonándonos únicamente a la evocación de la prosa poética que inspira muchas de las acuarelas, de esas cincuenta miniaturas que nos hablan de otras tantas ciudades, o de diferentes maneras de ver la misma ciudad, o de distintas visiones fugaces y oníricas que nos remiten a mitos, a las gentes que los ritualizan, a los sueños que los hacen efímeros y a las palabras con que se nombran y que les proporcionan la consistencia y las dimensiones concretas que hacen posibles (o imaginables) los espacios urbanos desprovistos de la agresiva suciedad de la ciudad contemporánea. Kublai Kan (descendiente de Gengis) pide a Marco Polo que le describa las ciudades del vasto imperio que ha visitado mientras transmitía sus embajadas, órdenes y encargos. Únicamente con ese improbable y débil hilo argumental Marco despliega al emperador los planos multidimensionales de cincuenta urbes que clasifica en compartimentos tan hermosos como “las ciudades y la memoria”, “las ciudades y el deseo”, “las ciudades sutiles” o las ciudades y los signos, en clara referencia al estructuralismo lingüístico tan en boga durante los años sesenta y setenta. El emperador quedará hipnotizado con los relatos, aún a sabiendas de que esas ciudades no existen ni en su imperio ni en ninguna otra parte; porque las ciudades están hechas de palabras, de percepciones, de movedizos roles, de estados de ánimo, de las visiones fugitivas y cambiantes que extrae de la memoria un observador siempre diferente. Tal vez sea ésta, la imposibilidad de una comunicación objetiva y estable, la idea central de la propuesta de Calvino, aunque probablemente, el urbanista o el psicoanalista no estarían de acuerdo. ¿Cuáles son los elementos comunes que definen una ciudad? Quizás ninguno, es decir, sólo las excepciones hacen identificable a las ciudades y a cualquier otra cosa; y lo demás no son más que simplificaciones burdas que poco aportan. No es en absoluto desdeñable la vertiente imaginativa de los relatos, ni la modernidad de la propuesta literaria; aunque si algo hay que resaltar es, sin duda, la dimensión poética del volumen. En fin, una lectura hermosa y agradecida, se mire como se mire, ya sea a través de la memoria, del deseo, del espejo, de la paradoja, de la metáfora, del desaliento, de la poesía o del sueño. – (Noviembre 2010)

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