En la Comunidad de Madrid nos proponen consumir, regalar a diestro y siniestro, comprar sin motivos ni razones, pero eso sí, a cualquier hora y en cualquier sitio; en lo único que todavía no han pensado es con qué pagar tanta baratija. No se les puede culpar de falta de ideas, tal vez poco originales, pero ¿acaso no les parecen interesantes los contratos “mini” para cubrir las franjas horarias de madrugada en El corte inglés? No me sean respondones ni perezosos, que hay que levantar el país, aunque algunos lo prefiriésemos tumbado. Es lo que tiene la Navidad, ilusiones a lo grande.
Yo no quiero ser menos, pues con tanta comida de fraternidad laboral, con jefes tan simples e incultos como ocurrentes y deslenguados, con un ejército de coordinadores, directores, dinamizadores, asesores, reidores, palmeros, militares sin graduación pero con aspiraciones, sacerdotes del chiste usado, fámulos serviles, eternos perdedores, mamporreros vocacionales, tuneros frustrados y algún que otro compañero digno, ¿cómo perderse la fiesta?
Tampoco quiero olvidar mi regalo de Navidad (hasta Babelia se viste hoy de regalo navideño), de segunda o tercera mano y sin envolver, más que viejo anciano, pero muy hermoso.
Autor: D. Buzzati
Título: El desierto de los tártaros
Impresión: 9,5
¿Qué interés puede tener ahora, siete décadas después de su publicación, esta novela obsesiva, heredera directa de los torturados universos kafkianos, y predecesora del existencialismo más mordaz y desencantado? Quince años después de su primera lectura, su árido lenguaje, sus personajes sin pulir, su dramático –a la vez que irónico- simbolismo, sus aires beckettianos o su espera sin fin, me parecen hoy más frescos y reales que nunca. El volumen es magnífico más por lo que oculta (o por lo que deja entrever) que por lo que enseña, pues una lectura superficial no muestra más que una narración desértica (en el fondo y en la forma) como tantas otras. Pero ¿quién mejor que Buzzati nos ha hecho ver, de manera tan descarnada, la inutilidad de la vida, del deseo, de la espera o de la lucha? El joven teniente Giovanni Drogo es enviado a una fortificación fronteriza de importancia menor, situada entre un paisaje de cordilleras escarpadas y una zona desértica al norte, tan árida como despoblada, pero de la que emanan viejos mitos guerreros (tribus tártaras que posibilitarán la gloria militar) y nuevas esperanzas. El alejado destino es solo un paso transitorio en su carrera, un accidente irrelevante, pero el aislamiento y el desierto asumirán desde ese momento el protagonismo del relato.
“Parecía evidente que las esperanzas de antaño, las ilusiones bélicas, la espera del enemigo del norte, no habían sido sino un pretexto para dar sentido a la vida”.
Y sí, de pretextos nos habla Buzzati, de la vida que se nos escapa entre los dedos mientras construimos ilusorios castillos en el resbaladizo aire de un futuro que nunca llega, como les sucede a sus tártaros; y cuando llega… siempre es tarde. En algunos de sus cuentos el autor insiste en la misma idea, y esa es su principal aportación, construir un hermosísimo puente que acorte el camino entre las obsesiones de Kafka y las de Camus, por el que transitó con devoción y respeto, por ejemplo, el propio Coetzee, cuando medio siglo después quiso homenajear la fortaleza Bastiani en su Esperando a los bárbaros”. Pero junto a la dimensión existencial de la eterna espera, tenemos también la de frontera, a la que tanto se ha recurrido con posterioridad, a veces como mixtura, a veces como quiebra, a veces como inalcanzable mito. La que nos regala Buzzati es confín, límite, fascinación equívoca, aislamiento, ruptura y esperanza de redención. En fin, una novela escrita bajo el yugo fascista, cuando Europa se dedicaba a comerse a sus hijos, que nadie debería dejar de leer. – (Diciembre 2011)
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