El título de la entrada de hoy –no puede ser de otra manera- es un verso del galardonado Transtömer, un psicólogo sueco (y ya van siete) más bien desconocido por estos lares, aunque había figurado ya en las apuestas de los Nobel de los últimos años.
Y si de apuestas hablamos, muchas de ellas sí han acertado en que este año tocaba premiar a un poeta, desde Dylan a la poesía siria, coreana o norteafricana, aunque en las quinielas también figurasen autores de narrativa: Murakami o candidatos eternos como Roth, Amos Oz o Kadaré.
Poco puedo decir de mi experiencia con Transtömer, más allá de una selección aparecida en una antología de poesía nórdica que leí hace algún tiempo y que, creo recordar, publicó la laboriosa editorial Nórdica. En todo caso, si de editores hablamos, me alegra esta ráfaga de aire fresco publicitario para las editoriales que, huyendo del mercado del best seller, apostaron por dar a conocer y por difundir el género poético. Va por ellas.
Una de las críticas que suele hacerse a la Academia sueca sobre la concesión de los galardones es que gusta de premiar otros rasgos que exceden los méritos literarios. Con algún pesar comparto la crítica, pues, algunos de los mejores escritores del siglo XX, de los que más han influido la literatura posterior, no recibieron el Nobel, también, por razones extraliterarias.
Traigo hoy dos premiados de habla inglesa, que podemos considerar políticamente correctos. La primera Tony Morrison (1993) por su compromiso feminista y por la clara denuncia del racismo que se encuentran en casi toda su obra narrativa. El segundo, William Golding (1983), es uno de esos “autores de una sola obra” (etiqueta que, por supuesto, no es cierta) obsesionado con el conflicto ético individual y con su reflejo social. Cierto es que los méritos literarios de El señor de las moscas nos hacen dudar del acierto en cuanto a la concesión del Nobel, pero más dudas provoca, cuando no abierta hilaridad, el galardón a algunos escritores españoles, especialmente a Benavente.
Autor: T. Morrison
Título: La isla de los caballeros
Impresión: 7,6
Es difícil leer una novela como ésta abstrayéndonos de quién es y qué representa la autora. El Pulitzer y el Nóbel han hecho de ella una voz icónica de la lucha de los derechos de los desiguales: mujeres y minorías étnicas fundamentalmente. La isla de los caballeros se publicó con anterioridad al espaldarazo de premios y reconocimientos masivos. Quizá por eso mantiene buena parte de la frescura que Morrison perdería posteriormente, cuando se vio obligada a defender con cada libro la encarnación del rol que le tocó representar. Por lo demás, la novela -muy bien escrita, por cierto- nos cuenta los drásticos cambios que se producen en una pequeña y paradisíaca isla caribeña cuando aparece una especie de polizón negro. La felicidad de los moradores y su fraterna complicidad con el servicio se hacen pedazos de la misma manera que se diluyen los espejismos con solo parpadear; porque la realidad es más profunda, contradictoria y potencialmente violenta de lo que muestra la apacible superficie.
«Uno tenía un pasado, la otra un futuro, y ambos sostenían en sus manos la cultura capaz de salvar la raza. Hombre negro mimado por tu mamá, ¿querrás madurar conmigo? Mujer blanca portadora de cultura, ¿a quién pertenece la cultura que llevas en tu seno?»
La arquitectura de los personajes, de sus relaciones y de la evolución que tales relaciones van experimentando está más que lograda, con un ritmo argumental calculado y fácilmente digerible por el lector.
«¿Cabía imaginar algo más despreciable que un hombre voluntariamente inocente? Difícilmente. Un hombre inocente constituye un pecado ante Dios. Es inhumano y, en consecuencia, indigno. Ningún hombre debería vivir sin absorber los pecados de sus semejantes, el aire contaminado de su inocencia, aunque por su culpa se marchitaran hileras enteras de campanillas y se desprendieran de sus enredaderas.»
Se trata en definitiva de un título más que recomendable, aunque se echen de menos de vez en cuando escenas más reales, es decir, escenas que son lo que son independientemente de lo que su teatralidad simboliza y reivindica. – (Octubre – 2009)
Autor: W. Golding
Título: El señor de las moscas
Impresión: 7,2
Tras un accidente aéreo en el que perecen todos los adultos, los únicos supervivientes en una isla desierta son niños. De forma dubitativa pero inexorable comienzan a organizarse para sobrevivir, estableciendo poco a poco normas y jerarquías, con lo que surgen también los grupos de interés, primero embrionarios y difusos, luego diferenciados y por fin enfrentados, en función de sus perspectivas aspiracionales. Esa divergencia, el inevitable encontronazo de una sociedad primitiva que al organizarse desarrolla también los mecanismos de acceso al poder, hará que se vayan perfeccionando los instrumentos ligados a la violencia, a la legítima (la del estado) y a la ilegítima, necesaria para dar estabilidad al dominio de los grupos insurgentes, que irán explorando los límites de tolerancia hasta alcanzar niveles radicalmente crueles y dramáticos en una parábola de los “efectos colaterales” de los procesos de socialización, de búsqueda y de manejo del miedo como elemento instrumental intrínsecamente unido al poder del Estado. El autor muestra la necesidad evolutiva de la diferenciación manifestada en la división social del trabajo, lo que supone –también necesariamente- la materialización de espacios de poder que son cada vez más anhelados; y todo ello a través de una historia que en todo momento mantiene la atención del lector a través de una trama que se expone y se tensa poco a poco, mediante sucesivas vueltas de tuerca, un argumento del que no saldremos indemnes. Sin embargo, el resultado final, aunque muy efectivo, no tiene ni la solidez argumental ni la fuerza expresiva como para merecer por sí solo un Nobel, pues su valor radica casi exclusivamente en su apesadumbrado mensaje ético, más que en la vertiente literaria. Además, nunca he sido muy partidario de la utilización de los niños para dar plasticidad a una trama que, en otras circunstancias, sería más rica y compleja. - (Junio 2005)
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