La semana pasada no me fue posible acudir al blog, pues la no ficción (argumento fácil de desmontar) también impone sus reglas.
Hoy traigo dos libros que dan la espalda al verano, a esa lectura rápida y superficial que sume al lector en una carrera loca en busca de truculencias, golpes de efecto y finales sorprendentes. Hoy traigo algo mejor, volúmenes ensimismados que nos deleitan por su propio proceso creativo, porque su interés se desentiende de tramas y argumentos y se enfoca solo en el transcurso, en el trayecto, en el placer simple de la lectura, no en el desenlace o en la resolución.
Ambos volúmenes fueron ensombrecidos por éxitos más rutilantes de sus autores, pero los dos son excelentes. Ninguno de los autores necesita presentarse. Barnes –escritor algo irregular, o eso me parece- es uno de los autores británicos contemporáneos que, junto a Banville, Ishiguro, Amis o McEwan (aunque Banville es irlandés) han hecho de la literatura británica algo sólido que enfrentar al resto de literaturas europeas o a la sobrevalorada escritura norteamericana posterior al realismo sucio. El loro de Flaubert, volumen fronterizo entre la ficción y el ensayo, es su obra más ensalzada, habiéndose prodigado mucho más en el género novelístico que en el del relato corto. Sin embargo (he leído tres de sus novelas) el mejor Barnes lo he encontrado en la colección de cuentos que traigo hoy.
La segunda autora es Karen Blixen. Su nombre apenas nos suena, pero sí uno de los seudónimos que más utilizó, Isak Dinesen. Todos la identificamos con los rasgos de Meryl Streep en Memorias de África, sin duda su obra más difundida. Pero la mejor Dinesen también se encuentra en el relato breve (y no tan breve), tanto en el que se basa en su experiencia africana como en el que busca congraciarse con la tradición oral escandinava.
Desde luego, se trata de dos obras que nada tienen que ver, publicadas con más de medio siglo de distancia y con estilos que ni siquiera son comparables. Solo se asemejan en que en los dos casos se recogen once cuentos y en que son muy recomendables, aunque por distintos motivos.
La valoración de ambas recopilaciones no obedece a su calidad –repito, las dos son magníficas-, sino a la vara de medir, a la preferencia personal por una u otra forma de escribir y de contar.
Autor: J. Barnes
Título: La mesa limón
Impresión: 9,1
Es este un volumen de once cuentos inesperado, con el foco argumental alejado de los espacios comunes a los que tan frecuentemente se acude, de las perspectivas trilladas y tantas veces repetidas. Tal vez por eso sorprende y encandila desde el principio, desde el primer relato que a modo de tríptico encierra buena parte de la crítica a la clase media inglesa, con la modesta escenografía de unos pocos trazos en una barbería. El nexo de todos los relatos es la vejez y, en ocasiones, claro, su temido e infalible corolario. Sin embargo, los once cuentos nos despliegan un punto de vista particular y distinto, como si se tratara de una antología temática escrita por plumas diferentes, pero todas ellas en estado de gracia. Porque los cuentos, los once, son magníficos, no sólo en su variación temática, sino también en cuanto al tono (desde lo satírico, en Vigilancia o La de cosas que sabes, hasta construcciones fundamentalmente poéticas, como La historia de Mats Israelson o El reestreno). La voz del narrador también es diversa y enriquecedora: desde la cercanía que supone la primera persona hasta el enfoque más alejado y objetivo de la tercera persona omnisciente, aunque también esta se acerca al lector cuando la responsabilidad de narrar recae en personajes secundarios. Y por si alguna voz faltaba, también contamos con un relato epistolar, dirigido al propio autor. Y ¿cómo hablar de la vejez o de la muerte sin caer en sensiblerías baratas o en historietas lacrimógenas al uso? Pues porque el tratamiento es honesto, profundo, inteligente y ágil. Dos notas más para rendir al lector: En primer lugar, sorprende la plasticidad y el relieve en cuanto a la construcción de los personajes y, por último, hay que resaltar la homogeneidad de todos los cuentos, sin que podamos rechazar ninguno. Todos ellos son brillantes y las preferencias dependerán de cada lector. En mi caso me quedo con el último, con El silencio, en el que Barnes recrea de manera a la vez sensible y ácida la visión del arte por parte de un anciano compositor (posiblemente un Sibelius algo trastocado), cansado y hastiado: "Naturalmente, el artista es un incomprendido. Yo sólo repito, e insisto en ello: que me incomprendan correctamente". No obstante, vuelvo a repetir, todos los relatos son magníficos. En fin, toda una inesperada gozada para los amantes del cuento. – (Junio 2010)
Autor: I. Dinesen
Título: Cuentos de invierno
Impresión: 7,9
El volumen incluye once cuentos escritos –según nos dice la propia autora- en el largo invierno de 1942, invierno todavía más desapacible y tenebroso con la ocupación alemana de Dinamarca. Si alguien se acerca a este libro buscando algún eco de Memorias de África (la obra más conocida de Dinesen) que no se interne en la lectura, pues se trata de narraciones enraizadas en la tradición y en la cultura nórdica, aunque con abundantes guiños a la mitología grecorromana. Los relatos se acercan a la fábula, con moralejas procedentes del estoicismo que nace de la tierra, de un pesimismo vital que tiene algo de nocturnidad, de pesada sabiduría trágica y ancestral (véase, por ejemplo El acre del dolor). Los cuentos son, salvo alguna excepción, inspirados, magistrales algunos (Las perlas especialmente, pero también El joven del clavel o el que cierra el volumen, Un cuento consolador), medidos y planificados hasta el mínimo detalle; si bien, ya digo, su digestión se torna demasiado pesada, tal vez por su vocación de transcendencia, por esa pedagogía de la tierra que los asemeja a reelaboraciones de esas historias inquietantes y oscuras que la tradición oral ha ido transmitiendo al calor de la chimenea invernal. Los argumentos giran también alrededor de temáticas de grueso calibre: la identidad (Un cuento consolador), el estoicismo asociado al eterno retorno (La heroína), la recíproca necesidad entre amo y esclavo (los invencibles dueños de esclavos), alegorías vitales (Las perlas), etc. No obstante, también hay espacio para ficciones de corte más clásico, como ocurre con el Cuento del joven marinero o con Piter y Rosa; y claro, en un libro tan netamente nórdico no podían faltar alusiones a las enseñanzas de la historia danesa (El pez). En fin, un buen libro de cuentos, pero algo indigesto. En todo caso, ¿por qué solemos ser más exigentes con el relato que con la novela? – (Marzo 2011)
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